8 junio, 2010

Blindando el arte

“El tráfico ilícito de obras de Arte es el segundo delito más rentable de todos, sólo por detrás del tráfico de drogas”, avisa Francisco de la Fuente, director de seguridad del Museo Thyssen-Bornemisza.

Los ladrones lo saben, y en los últimos tiempos se han multiplicado los hurtos en museos que guardan lienzos de primera categoría.

El último, en el Museo de Arte Moderno de París, aún está dando que hablar. Un robo limpio, sin heridos, ni siquiera testigos, en el que un encapuchado se llevó enrollados bajo el brazo varios lienzos de autores tan cotizados como Picasso o Matisse.

El grado de profesionalización en los hurtos cada vez es mayor, y los museos no pueden quedarse atrás. Para hacer frente a este problema se ha creado Protecturi, presentada en sociedad el pasado miércoles 2 de junio como la Asociación para la Seguridad del Patrimonio Histórico. “Queremos unificar los criterios de los museos en la conservación de las obras y avanzar hacia una legislación común en Europa”, cuenta Francisco de la Fuente, que conjuga la dirección en la seguridad del Thyssen con la gestión de la vicepresidencia de la recién nacida Protecturi. Una asociación promovida “por todos los grandes museos de España”, de hecho “cada uno de los 28 socios fundadores es director de seguridad de un centro de Arte”.

A la cabeza
Protecturi es un ejemplo más de cómo la pauta de seguridad mundial en las pinacotecas se está marcando en gran medida desde España. Realmente apenas se conocen robos sonados dentro de nuestras fronteras, ciñéndose estos a “iglesias y otros lugares sin vigilancia”, cuenta De la Fuente, que reconoce sin tapujos que en cuanto a protección “estamos a la cabeza de los museos de todo el mundo”. Una de las razones de la baja siniestralidad en las instituciones artísticas está relacionada directamente con ETA: “aquí la cultura de seguridad es mucho más elevada, porque hemos tenido un problema grave con ETA y eso nos ha hecho ser más sensibles”.

Caixa Forum de Madrid es un buen ejemplo del especial cuidado que guardan este tipo de centros en lo que respecta a la custodia de las obras. En los 900 metros cuadrados de su instalación del Paseo del Prado tienen empleadas en este cometido a más de 30 personas. A lo que hay que sumar las cada vez más avanzadas medidas electrónicas y las habituales cámaras de seguridad. Sólo en el Thyssen hay instalados entre 200 y 300 dispositivos de videovigilancia. Todo este despliegue para la salvaguarda del Arte tiene un precio. Concretamente, el departamento de seguridad de un gran museo puede llevarse entre el 20 y el 30 por ciento de los gastos totales de explotación.

A pesar de toda esta dedicación, esmero y dinero invertido, el goteo de hurtos millonarios sigue sucediéndose. Y para que esto ocurra debe existir un fuerte respaldo económico que sufrague los robos de unas obras imposibles de colocar en el mercado legal.

Expertos en este campo apuntan a que detrás de estas operaciones están diversas organizaciones mafiosas. Unos grupos que valoran el arte en la medida en que puede servirles como comodín, transformando años de prisión por un lienzo robado. Además, se estima que las obras pueden estar utilizándose como atípica forma de pago. Al fin y al cabo, el arte es uno de los pocos elementos que no deprecia su valor, por mucho que baje la Bolsa.

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