8 enero, 2018

Audaz robo de joyas en el Palacio Ducal de Venecia

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Un audaz robo de joyas ha sido cometido este miércoles en el Palacio Ducal de Venecia durante las horas de visita de una exposición dedicada a los Tesoros de los Mongoles y los Maharajás, ha indicado la policía italiana. “Se trata de un robo hecho por profesionales muy hábiles, con muchas capacidades”, ha explicado a la prensa el responsable de la policía de Venecia, Vito Gagliardi.

Según las autoridades, los ladrones se han llevado dos joyas de oro y platino con diamantes: un broche y dos aretes, que formaban parte de la valiosa Colección Al Thani, perteneciente a uno de los jeques de la familia real de Catar, quien ha reunido espectaculares joyas y gemas indias realizadas en los últimos cinco siglos.

Si bien las joyas robadas tienen un valor nominal de sólo 30.000 euros, se estima que su verdadero valor es de varios millones de euros, según las autoridades, que han ordenado estimaciones internacionales más precisas.

Las piezas han sido sustraídas por dos personas de una vitrina blindada conectada a un sistema de alarma de una de las salas del palacio veneciano, en la célebre plaza San Marcos, donde suelen realizarse importantes exposiciones. Los investigadores, enviados desde Roma, han explicado que los ladrones lograron retardar el sistema alarma y así abrir sin romper la vitrina para contar con unos minutos de ventaja y poder confundirse entre los visitantes de la exposición, que se clausuraba este miércoles tras cuatro meses.

Si bien no se trata de las piezas más importantes de la exposición, que incluye 270 objetos realizados durante las ricas dinastías indias, es posible que se trate de un robo por encargo, según joyeros consultados por la prensa. Algunos joyeros consideran que esas piezas no pueden salir al mercado, por lo que suelen ser desmontadas y sus piedras vendidas separadamente.

Artículo original El Mundo

Apuntes sobre el robo en el Palacio Ducal de Venecia

Por Jesús Alcantarilla, Presidente de Proctecturi

1. Un principio irreductible. La seguridad al 100% no existe, a pesar de las infalibilidades que puedan prometer algunos tecnólogos y otros gurúes.

2. La tecnología es accesible tanto para los profesionales de la seguridad como para las bandas organizadas especializadas en substracción de obras de arte. Incluso me atrevería a decir que nos llevan ventaja en ello, ya que no escatimarán recursos para lograr la consecución de un objetivo muy concreto.

3. La seguridad debe ser concebida como una inversión acorde a la criticalidad de cada una de las instituciones culturales.

4. El trabajo de “inteligencia” es ineludible para todo profesional.

5. La contravigilancia activa es primordial para minimizar las amenazas que se ciernan sobre las personas, los bienes y las infraestructuras de los centros. Especialmente la vinculada a la información de las instalaciones, de sus activos y actividades.

6. El dilema cotidiano en el que se confronta dos premisas: las necesidades reales de la vigilancia y la protección de los bienes culturales y los recursos de los que disponemos.

7. La brecha que existe entre el corto plazo, el de reacción llegado el caso de un incidente o una substracción, y el medio y largo plazo, en el que se ha de analizar y evaluar todas las posibilidades para poder diseñar un sistema de gestión de la seguridad adecuado para cada centro.

8. La prevención, la protección y la salvaguarda del patrimonio cultural debe pivotar en una “cultura de la seguridad” enfocada como “seguridad de la cultura”. Los diferentes factores, tangibles e intangibles, que concurren hacen del todo necesario que los profesionales tengamos no sólo una adecuada formación académica y técnica, sino que debemos ser capaces de interiorizar el valor simbólico de los bienes y las infraestructuras que custodiamos.

9. Las amenazas son mutables, varían en función de los factores sociales, económicos, etc.

10. Y un factor exógeno, pero no por ello de menos impacto. La influencia del tejido urbano donde esté radicado el centro. La laberíntica Venecia puede ser un cómplice involuntario a la hora de la huida, con o sin las obras robadas.