6 febrero, 2014

Apolo y Dafne

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Autor: Gian Lorenzo Bernini
Cronología: 1622 – 1625
Técnica: Esculpido en mármol
Localización: Galería Borghese (Roma)

Considerado el maestro indiscutible del Barroco Italiano Lorenzo Bernini, polifacético y de personalidad arrolladora marcará con su sello personal una etapa excepcional de la historia del arte.

Un genio creador que revolucionó su época y prueba de ello es que hoy en día con la simple contemplación de sus obras podemos llegar a sentir y comprender un estilo que influyó a todos sus contemporáneos, perdurando en el tiempo y revolucionando el arte de la escultura más allá de las fronteras italianas.
A principios del siglo XVII el estilo barroco acampaba a sus anchas por toda Europa, pero será Italia y sobre todo Roma uno de los focos más influyentes para su creación y desarrollo. Allí nacía y se imponía un nuevo modo de crear, donde las artes se renovaban continuamente, y la novedad y la revolución eran constantes. A ella llegaban artistas de toda Europa intercambiaban ideas y experiencias, y se dejaban seducir por el estilo que allí se respiraba.

Y de esta manera el Barroco exuberante, imponente, teatral, expresivo y dinámico se imponía en la ciudad buscando un único fin, lograr la integración de todas las artes, para alcanzar la unidad y la interrelación de un arte global. Encontrando en la increíble figura de Bernini el máximo exponente de esta corriente integradora.

Al maestro italiano se le considera el creador de la Roma barroca, en un momento en el que la ciudad italiana se distinguía por defenderse como la capital de las artes, al mismo tiempo que era la fiel representante del poder papal y la abundancia de la contrarreforma. Fue en este centro artístico donde un joven Bernini encontró su sitio y se proclamó como el gran maestro que todos querían imitar. Aunque napolitano de nacimiento fue romano de adopción, si por algo se caracterizó fue por la fuerza de su personalidad artística múltiple, destacando en todos los terrenos artísticos como escultor, pintor, arquitecto o decorador urbano.

Poseía un talento innato que no pasaría desapercibido para las ricas familias italianas y lo que fue aun más importante a los ojos de los pontífices, siendo durante setenta años el artista predilecto en siete pontificados. Con ellos no sólo se glorificó sino que fue el propio maestro el que impuso su gusto, algo nada fácil en una ciudad dominada por el carácter impositivo de los papas y la Iglesia.

Gracias a la libertad que gozaba no tuvo impedimento para variar el urbanismo de la ciudad. Dividiéndola a través de siete vías, la decoró con sus fuentes, trazó suntuosos palacios e ideó planos de iglesias con una opulenta decoración. Sin olvidar la que fue su obra más trascendental la concepción de la Plaza de San Pedro del Vaticano, una obra integradora y llena de simbolismo cristiano.

Pero la historia de este genio había comenzado mucho antes, en una niñez unida al mundo artístico y donde un precoz Lorenzo destacó por sus dotes para la escultura. Un talento, una fuerza y un prodigio que muy pronto le hicieron destacar. Y es que fue con la disciplina de la escultura donde nos hizo vibrar, adaptándola al resto de sus artes y representando a la perfección los gustos y el estilo de una época.

Gian Lorenzo Bernini había nacido en 1598 en Nápoles, su padre era Pietro Bernini, un escultor toscano de talento, que se movía dentro del estilo del manierismo tardío. Cuando Lorenzo contaba con tan sólo seis años, toda la familia se trasladó a Roma, ya que su padre se iría a trabajar bajo la protección del cardenal Scipione Borghese.

Desde un principio el padre se convirtió en su maestro, pero precipitadamente el hijo superó al maestro, revelándose el enorme talento del niño. Aunque Lorenzo con el paso del tiempo nunca olvidaría sus primeras enseñanzas. Con el adquirió el respeto absoluto por la escultura helenística, las fuentes de la antigüedad, y con él también aprendería la organización de un taller colectivo y la unificación de un proyecto arquitectónico con la iconografía, la escultura y la pintura. A partir de las aportaciones paternas, y el haber vivido en el mundo artístico desde la cuna, unido a su prodigiosa capacidad hicieron que el maestro italiano tempranamente creará su propio estilo y sorprendiese a todo el que le rodeaba.

Una de sus grandes bazas es que gozaba de una destreza inusual para trabajar el mármol, logrando un realismo exuberante, el cual se magnificaba cuando se trataba de trasmitir expresiones del rostro. Llegando a ser un innovador en su época en lo relativo a la textura de la piel y las sombras.
Conscientemente fue apartándose de la manera de Miguel Ángel, rompió con el manierismo tardío y creó una concepción radicalmente distinta de la escultura. Dejándose influir por el mundo clásico, adoptándolo como referente y transformándolo perfectamente a sus necesidades.

Su talento innato se mostró desde los inicios de su prometedora carreara, elementos como el intenso dramatismo, la grandiosidad y la búsqueda de efectos escenográficos están ya presentes en sus primeras creaciones. Caracterizándose por una intensidad dramática y una increíble fuerza dinámica ejecutada mediante un tratamiento exquisito del mármol.

Su arte evolucionó a lo largo de su carrera con la ayuda que le aportaron todos sus mecenas y patronos y utilizando los diferentes materiales con los que se sintió realmente cómodo. En sus inicios su gran aliado fue el material del mármol, el que esculpía con tal destreza que alcanzaba la sensación de una piel blanda y transparente poseedora de una sutileza inconcebible sobre la que resbalaba la luz.

A principios de la década de los años veinte a Bernini le llegaría su consagración, el Cardenal Borghese, lo convertía en su protegido y le hacía el encargo de cuatro grupos escultóricos basados en temas mitológicos, era el principio de una imparable carrera. El maestro partía de los cánones clásicos sin embargo, su estilo muestra una evolución apareciendo por primera vez la fuerza de la creatividad del artista.

En estas composiciones plasmaba el momento culminante del drama, mostrando la gracia y la expresión de los personajes. Aunque lo que realmente fascinó fue la naturalidad, el virtuosismo fusionado con el efecto de materialidad y claroscuro. A lo que se unía un elemento que resultaba novedoso la relación de las esculturas con el espacio que las rodeaba, para ser vistas desde múltiples puntos de vista.

Uno de los grupos quizás más delicado sería el de Apolo y Dafne, que el maestro italiano lo realizó cuando contaba con 24 años, y en el que se traduce con una increíble perfección la fábula recogida en las “Metamorfosis” de Ovidio, en el que se muestra el mito griego del amor imposible. Dafne era una ninfa hija del dios-río Peneo. El dios Apolo amaba a Dafne, pero ella no le correspondía. Apolo llevo su amor hasta la obsesión persiguiendo a Dafne, la ninfa desesperada rogó a su padre, que la transformase para poder escapar de esa obsesión. Cuando Apolo estaba a punto de alcanzarla, su petición fue escuchada, y al momento la joven comenzó a convertirse en un laurel y el dios sólo llego a estrechar entre sus brazos un tronco inanimado.

Bernini no sólo elige el momento crucial de la escena, el instante en el que se juntan los cuerpos y comienza la transformación, sino que con gran realismo muestra un contraste de actitudes, reproduciendo a la perfección el grito de horror de Dafne y el rostro sorprendido de Apolo, que ve como ante sus ojos su bella amada se convierte en laurel. Mientras ella inconsciente ante su cambio sigue corriendo desesperada al tiempo que sus pies comienzan a echar raíces, en sus manos han crecido ramas frondosas y una corteza rígida empieza a envolver su cuerpo. El maestro lo muestra con una impecable sutileza y veracidad, es como si fuese capaz de parar el tiempo, un perfecto instante congelado de acción pero repleto de vida.

Muestra el dinamismo de Apolo frente a la paralización de Dafne, al mismo tiempo que nos deleita con el magnífico acabado, al mostrar la suave piel de la ninfa frente a la áspera textura del tronco. De esta manera el mármol se convierte en carne y vegetación de forma natural. El material pétreo se mueve, se retuerce, entrelaza los cuerpos. Con un asombroso virtuosismo técnico logra un acabado nacarado, casi transparente, trabajándolo como si fuera cera, como si no hubiese sido moldeado a través de los golpes de la maza.

En lo que se refiere a la composición está creada a través de diagonales, que alcanza gran dinamismo al sumarse al propio movimiento de los paños y cabellos arrastrados por la inercia. Pura acción llena de tensión y fuerza. Una composición abierta, en la que los brazos extendidos y proyectados hacia el exterior crean un movimiento envolvente mientras que los cuerpos casi se fusionan en uno sólo.

Pero no nos podemos olvidar de otro de los elementos que caracterizó su obra que sería el protagonismo de la luz, parta él fue un elemento primordial ya que le atraía por su potencial dramático. Y contaba con ella para trabajar la apariencia de los cuerpos, así pulía algunas zonas para que la luz las acariciase. Y con todo ello añadía una carga importante de sensualidad, que era otra de las notas a destacar de su estilo, seguramente influido por la obra de Miguel Ángel.

Bernini combina de forma sutil, la belleza idealizada de lo clásico con el movimiento barroco, rompe el estatismo renacentista con la libre expresión de sentimientos. Y añade la innovación de acercar al espectador, haciendo que partícipe de la acción.

En esta pieza están presentes muchos de los elementos que serán cruciales para crear el vocabulario escultórico del maestro, Apolo y Dafne están inspirados en modelos de la antigüedad pero la idealización clásica es rota por la representación del movimiento, el realismo de la expresión o el tratamiento matérico, junto al uso expresivo de la luz.

Su fuerza, el realismo de las expresiones, el movimiento de los cuerpos y el agitar de los paños hacían que sus esculturas fuesen únicas, logrando que sus obras se convirtieran en la mezcla perfecta de movimiento y sentimiento, en definitiva piezas llenas de vida.

Obras que hoy en día siguen sorprendiendo al espectador por su perfección y frescura y que hicieron que Bernini nunca fuese cuestionado en vida y tampoco tras su muerte. Prueba de ello es que la influencia de su estilo se mantendría dos siglos después de su fallecimiento. Y no es de extrañar porque nadie como él ha logrado dar vida y naturalidad al frío y sólido mármol, mientras que el instante de realidad que recrean sus piezas nos atrapan de lleno porque sencillamente uno no puede dejar de contemplarlas y descubrirlas en cada uno de sus detalles.

Por Laura País Belin.