6 octubre, 2014

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En mayo de 1943, Antoine de Saint-Exupéry conoció en un tren de Orán a Argel a una enfermera francesa de 23 años que trabajaba para la Cruz Roja. El escritor, recién llegado de Nueva York, iba a unirse a la fuerza área y en ese viaje se quedó prendado de la joven, que estaba casada con un soldado y hacía poco caso al autor. Saint-Exupéry empezó a escribirle cartas con dibujos de El principito, que utilizó como portavoz de su último amor, despechado y obsesivo.

«Perdone que la moleste, sólo quería decir hola», escribe en un bocadillo que sale de uno de los dibujos del personaje que actualmente conserva el Museo de Cartas y Manuscritos de París y que puede hoy contemplarse.

«Nunca está ahí cuando la llamas. Tampoco vuelve por la noche. Nunca llama. Me estoy enfadando con ella», dice el protagonista del libro que Saint-Exupéry acababa de publicar en Estados Unidos (la única edición que él llegaría a conocer). En otra ilustración que le envía a la amada sin nombre, el Principito aparece escribiendo una misiva que dice: «Y no está nada bien no llamarme nunca ni visitarme porque no soy tan olvidadizo y me gustaría…». Un pájaro a su lado le anima a que mande la carta.

Las cartas, que aparecieron en una subasta en 2007, son las últimas de amor que escribió el autor antes de desaparecer en un vuelo de reconocimiento que despegó de Córcega el 31 de julio de 1944. En ellas, expresa impaciencia, pero también placer, como si la última fascinación de un hombre enamoradizo hubiera merecido la pena.

«Los cuentos de hadas son así. Nos despertamos una mañana. Decidimos: ‘Sólo fue un cuento de hadas’. Nos reímos de nosotros mismos. Pero por dentro no estamos riendo. Sabemos demasiado bien que los cuentos de hadas son la única verdad en la vida», escribe Saint-Exupéry con su letra pequeña y sus renglones algo torcidos hacia arriba.

Ésta es una de las 113 cartas de amor que exhibe hasta el 15 de febrero el Museo de Cartas y Manuscritos en su exposición Je n’ai rien à te dire sinon que je t’aime (No tengo nada más que decirte aparte de que te quiero). La frase que da título a la muestra es con la que empieza un sábado de una mañana de 1889 la carta de letra vertical y ordenada con líneas muy juntas del escritor Léon Bloy. La misiva está dirigida a su novia y futura mujer, la danesa Jeanne Molbech. Una flecha roja con tres plumas al final señala hacia la siguiente página, uno de los detalles que se descubren en la exploración de la correspondencia ajena más íntima.

«Cualquier lector de una carta que no es para él se convierte en destinatario. Ésa es la magia del género epistolar. Al estar escrita en un estilo directo, una carta implica siempre a quien la descifra», explica Gérard Lhéritier, el director del museo, que ya tiene un archivo de 136.000 cartas y otros manuscritos. El lugar, que tiene un centro gemelo en Bruselas, es obra de Lhéritier, que empezó en una empresa especializada en la compraventa de manuscritos, Aristophil. Entre sus tesoros, está el manifiesto del surrealismo de André Breton, el borrador de la teoría de la relatividad de Albert Einstein o el certificado de matrimonio de Napoleón Bonaparte y Josefina.

La pasión de Lhéritier por los manuscritos empezó con una carta de 1870 que encontró en una tienda de viejo en 1985 y compró por 500 francos como regalo de cumpleaños para su hijo. Aquella misiva era de Victor Hugo, uno de los grandes aficionados al correo. El escritor aconsejaba «buscar las cartas» para conocer la personalidad de alguien porque ahí estaban «las marcas de su corazón y de su vida».

El museo tiene abundantes fondos de cartas de amor, según explica la comisaria de esta exposición, Estelle Gaudry. «Quería dedicar una muestra a este sentimiento universal, misterioso y frágil que es el amor y presentar la mayor parte de aspectos del amor», explica a EL MUNDO. Todas las cartas provienen de colecciones del museo y lo difícil para la especialista ha sido escoger. «He elegido a propósito escritos apasionados, a veces poéticos y a veces algo más torpes, pero siempre con un cierto encanto», dice Gaudry, que también busca exponer «la ligereza» de los autores, vulnerables al amor.

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Merodeando entre cartas, a menudo el espectador se encuentra en mitad de una larga conversación, como la de Victor Hugo y la actriz Juliette Drouet, que le envió a su amado más de 20.000 cartas, al menos una al día, entre 1833 y 1883, el año en que ella murió. La pareja se conoció en una representación de Lucrecia Borgia cuando ella tenía 27 años y él 31. Entonces empezaron una aventura que duraría cinco décadas.

Cada 17 de febrero festejaban su primera relación sexual con una carta de homenaje, incluso aunque estuvieran a pocos metros. En una de esas misivas de celebración, en 1847, Hugo escribió: «En el corazón nunca hay arrugas. El amor no es solamente la vida, el amor es la juventud». Entonces el poeta, novelista y dramaturgo estaba a punto de cumplir 45 años. «El amor es más que vivir», decía en el recuerdo de aquella noche. «Mi vida está toda en ti», le respondía Juliette. El escritor hizo que sus personajes de Los miserables Cosette y Marius también tuvieran su primera noche de amor un 17 de febrero.

Juliette apenas salía de casa sin el escritor y era consciente de la manera en que el amor había condicionado y arruinado su vida. «¿Acaso no me amas? ¿Acaso no te necesito? ¿Acaso no está tu vida tan ligada a la mía como la mía a la tuya?… Te perdono todo el daño que me has hecho», escribía ella en 1851.

Aunque él estaba casado y tenía hijos, Juliette dejó su carrera de actriz para dedicarse en exclusiva al escritor como secretaria, acompañante de viajes y amante a ratos. Le siguió hasta en el exilio, cuando Napoleón III desterró al intelectual a la isla de Jersey por oponerse al golpe de Estado. En su nota más breve, Hugo escribe a su amante en aquellos años de aislamiento: «Donde tú estás no hay exilio».

«Muchas de las cartas me conmueven porque son emotivas y descubren la personalidad íntima de los autores de las cartas», explica la comisaria Gaudry. Una de sus favoritas es la declaración del diplomático y novelista Romain Gary: «Recuerda que si te quiero como mujer es también porque te quiero como hombre… Tú siempre serás la más bella de esa palabra, mi mujer». «A menudo las declaraciones más bellas son las más simples», dice la comisaria. Otra de sus favoritas es una carta del poeta René Char, que dice: «Te amo, te amo, te llevo en mí, te amo. ¿Quién te está hablando? Un hombre que ha nacido, de la vida a la muerte de amor, del amor nuevo, del amor infinito, más antiguo y más frío que la tierra donde te llevé. Mi I, te amo, te amo, cada letra de mi amor es un pueblo innumerable».

Este museo, en la orilla izquierda del Sena, conserva algunas piezas únicas de amores rotos, como una de las pocas cartas del pianista Frédéric Chopin a la novelista George Sand que no fue destruida tras la separación de la pareja. También están las cartas que la escritora se intercambiaba con su colega escritor Alfred de Musset, que la exaltaba no sólo como amante, sino como «camarada sincera y leal». O las de letra perfecta y líneas estrictamente rectas con que el zar Alejandro II se declaraba a su amada. Lo hacía en francés, en San Petersburgo, donde los aristócratas eran francófilos y francófonos. También está la que en marzo de 1796 Napoleón Bonaparte le mandó a Josefina, a quien llama «dolce amore», con un par de tachones y un espacio entre líneas más grande de lo habitual para la época.

Las cartas cambian físicamente con el paso del tiempo. Las cuartillas del siglo XIX, de líneas muy juntas y encabezados simples con el día de la semana y la hora a la que están escritas, dan paso a las hojas recortadas de cuadernos o de un bloc con la marca de un hotel o un restaurante. En un trozo de papel con margen rojo, Jean-Paul Sartre escribía en los años 30 y 40 cartas para declarar el amor «con todas las fuerzas» a varias mujeres.

A partir de los años 50 del siglo pasado, la letra se hace más grande, el interlineado crece y la trayectoria de las líneas es más irregular, como la de las cartas de Brigitte Bardot, en diagonal hacia arriba con letras muy abiertas.

El estilo también es más claro y sexual. Las cartas de la cantante Edith Piaf al ciclista Louis Gérardin, conocido como Toto, hablan del «bonito culo» y los «maravillosos muslos» del deportista. «Ningún hombre me ha poseído como tú.Te ammmmmmmmmmmmo», escribe Piaf en 1952 con todas esas letras m.

La cantante, que ya estaba hundida por la adicción al alcohol y las drogas y trataba de recuperarse de la muerte del boxeador Marcel Cerdan, prometía en aquellas declaraciones «cambiar su vida» y no beber nunca más. Ella no lo hizo y el ciclista tampoco dejó a su mujer. La formalidad se cambia por la ironía y un tono coloquial.

En 1965, Mick Jagger escribe en papel de un hotel de Helsinki a Tish Ladden, una joven que había conocido en un programa de televisión cuando ella trabajaba para un pinchadiscos famoso entonces y el cantante empezaba a ser una estrella con el tour de Satisfaction. «Pienso en ti a menudo, la mayoría del tiempo», le dice a Ladden, que subastó las cartas el año pasado en Sotheby’s.

El cantante británico también intenta hacerla reír en aquellas cartas escritas por la noche en medio del tour y con alguna copa de más: «Estoy a 150 kilómetros de Rusia. Demasiado cerca como para decir que soy americano». En la misiva, Jagger cuenta cómo en el avión hacia Helsinki se había divertido provocando a una pasajera estadounidense con lo que pretendía ser un chiste: «Lyndon Johnson es un gánster», le había dicho. Ella, escandalizada: «No, no lo es, ¡es nuestro presidente!». «Ya tienen la frase de la semana», escribe Jagger con letra titubeante. Su carta de amor termina con una postdata: «Demasiado vodka».

Por María Ramírez en El Mundo.