9 junio, 2014

Virgen en una iglesia

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Autor: Jan van Eyck
Cronología: Hacia 1426
Técnica: Óleo sobre tabla
Localización: Staatliche Museen, Berlín

Los novedosos descubrimientos realizados por los artistas italianos y flamencos en la primera mitad del siglo XV, llevaron a una gran revolución en toda Europa. Pintores y mecenas estaban fascinados con la idea de que por primera vez el arte ya no sólo servía para plasmar temas sagrados, sino que también podría reflejar fragmentos de la realidad. Fue un momento en el que diferentes artistas y en lugares distintos, comenzaron a experimentar y lograr nuevos efectos y soluciones sorprendentes. Y este nuevo espíritu de renovación y aventura que se mantuvo durante todo el siglo, fue la prueba más clara para mostrar la verdadera ruptura con el arte del Medievo.

Mientras que en Italia el Renacimiento y sus nuevas teorías sobre la representación de la realidad comenzaban a cambiar el rumbo del arte. Paralelamente el arte de los primitivos flamencos que se desarrollaba principalmente en los Países Bajos apostaba por un fuerte realismo, llevado a sus cotas más altas en el ámbito de la pintura.

Es importante tener en cuenta el contexto en que se desarrolló este nuevo estilo, ya que los pintores flamencos vivían en un mundo urbano, con alta densidad de población, dedicada en su mayor parte al comercio. El dinero abundaba y el afán de ostentación también, por lo que existía un clima propicio para que los encargos artísticos fuesen fuera del ámbito de la iglesia y de la aristocracia.

Brujas se convirtió en el principal centro comercial del centro europeo, una ciudad en pleno esplendor, donde vivía una importante burguesía local con destacado poder económico, que muy pronto constituyó una clientela fija para los primitivos flamencos. Por eso muchas veces las obras son de pequeño formato, más apropiadas para adornar estancias hogareñas que para templos o palacios. Obras que tenían unas características muy determinadas, ya que estos pintores supieron fundir en sus creaciones la tradición gótica con la sensibilidad renacentista. En el manejo de la luz y la pasión por el paisaje y la arquitectura se adelantaron a los pintores renacentistas. Mientras que las figuras estáticas, casi siempre dispuestas frontalmente y con escasa relación con el espacio. Y el predominio de los detalles sobre el conjunto nos sitúa en la última etapa del gótico.

Pero siempre sobresalían por su minuciosidad, ya que fueron concebidas para ser contempladas de cerca. Por eso, los pintores se recreaban en la representación de los detalles más mínimos.

Sin olvidar que una de sus características más importantes fue la utilización de la técnica del óleo sobre tabla, logrando con ella una mayor riqueza y enriquecimiento de los colores. Pero no sólo eso, sino que esta técnica era la que les permitía una precisión increíble, obteniendo un detallismo y una luminosidad hasta entonces inalcanzadas.

De entre todos los artistas que formaron esta escuela destaca la figura de Jan van Eyck, que no sólo fue uno de los maestros que ayudó a implantar el estilo flamenco sino que también abrió un novedoso capítulo en el mundo del arte.

Estamos ante un pintor célebre y trabajador incansable, en su momento pocos artistas le pudieron hacer sombra en cuanto a su increíble destreza técnica, y aunque hoy en día sigue siendo uno de los grandes pilares de la historia del arte no se ha llegado a tener mucha información sobre los inicios de su vida y su aprendizaje.

Los primeros datos biográficos sobre él, se tienen a partir de 1422 cuando comienza a trabajar al servicio de su mecenas el duque de Borgoña, Felipe el Bueno, por lo que vivirá en Flandes durante tres años. En 1425 sería nombrado por el duque “pintor de corte” y bajo su protección desempeñó importantes misiones diplomáticas en los reinos de Castilla y Portugal.

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A partir de 1430 se instalaría definitivamente en Brujas, logrando ya en este momento una clientela fiel y cercana aunque no muy numerosa. De hecho, no se conservan muchos datos sobre obras encargadas a Jan van Eyck por parte de sus patronos, el conde de Holanda y el duque de Borgoña. Casi todas las obras catalogadas del artista serán encargos de comerciantes, altos funcionarios y clérigos a título particular.

A lo anterior, también podemos añadir que – aun siendo un artista conocido y de gran perfección técnica – su arte se caracterizaba al mismo tiempo por ser conceptual y compleja, por lo que fue muy apreciado en su época por quienes poseían una formación intelectual, quizás por ello en su momento no llegó a ser un artista de excesiva popularidad.

Maestro prodigioso, capaz de reproducir el menor de los detalles de sus composiciones con la misma precisión que los elementos más destacados de cada obra. Su vida no fue larga y su obra no es muy extensa, trabajó todos los géneros, pero sería realmente en el retrato donde destacaría. Sobresalía de otros maestros, por retratar los rostros con toda objetividad sin tomar partido y con el paso del tiempo se ha llegado a decir que fue uno de los artistas que contribuyó a configurar el retrato moderno.

Si por algo suele destacar su figura fue por ser el gran maestro de la técnica de la pintura al óleo, incluso durante mucho tiempo se pensó que fue su inventor. Y aunque esto no fue así, desde luego fue el artista que llevó hasta las cotas más altas su utilización. Asombrando con ella a todos sus contemporáneos.

Lo que buscaba Van Eyck era una técnica nueva para la preparación de los colores antes de ejecutar la tabla, y esa fue la técnica de pintura al óleo. En aquella época los colores no se compraban en cajas ni en tubos, sino que ellos mismos se preparaban sus propios pigmentos, la mayoría provenían de plantas o animales, después éstos se reducían a polvo, molidos a través de dos piedras. Y antes de usar dicho polvo se le unía un líquido para crear una especie de pasta. Durante mucho tiempo sobre todo en la Edad Media el elemento que se utilizaba en esta mezcla era el huevo, había dado increíbles resultados, sin embargo secaba muy pronto y no daba mucha opción al retoque.

Van Eyck, empeñado siempre en mejorar, buscaba otra fórmula que le permitiera trabajar más lentamente, con mayor exactitud. Y que el color le permitiese alcanzar transiciones suaves fundiendo unos colores con otros y lograr tonos casi transparentes para aplicarlos con capas. Y, de esta manera, poder realzar las partes más luminosas de sus composiciones y dotarlas de una exactitud en el detalle casi milagrosa.

Todas estas libertades las logró gracias a la pintura al óleo, en la que el aglutinante para mezclar los pigmentos sería el aceite. A través de la técnica de la veladura, el óleo le dejaba conseguir toda una variabilidad de tonos, al igual que su pintura se hacía más precisa y cuidada. Permitiéndole también mostrar el aspecto cambiante de la luz.

Prueba de todo ello es esta pequeña tabla, de tan sólo 32 x 14 cm, dedicada a la figura de La Virgen. Que, aunque de proporciones reducidas, impacta al espectador por su minuciosidad y perfección.

Por la posición de la Virgen, un poco descentrada, mirando hacia la derecha del marco, ha hecho pensar que la tabla formaba parte de un díptico, y que en el otro lado se encontraría el donante o cliente que encargó la obra.

Como es habitual en él, representa el edificio con una precisión de arquitecto, la iglesia está inundada de luz, filtrada por las vidrieras, reflejándose en montantes y pavimentos. Su habilidad en el manejo de la luz era espectacular, ya que era capaz de recrear la propia luz, que entra por las ventanas, y está presente en la obra de tal forma que fluye por el espacio como el propio aire.

Uno de los elementos que más llama la atención es la composición utilizada por el maestro fue la combinación de la figura femenina de la Virgen con la perfecta arquitectura gótica de la iglesia donde está encerrada. Y es que la desproporción es evidente, deliberada y simbólica. Ya que, la cabeza de la Virgen, llega casi a alcanzar el arranque de las bóvedas. Se sabe que esta elección fue algo premeditado por parte del artista, que de esta forma trataba de identificar la figura monumental de María con la bellísima arquitectura gótica.

Esta identificación se basa en que María es el templo que albergó a Dios y en muchas pinturas de Van Eyck, María sustituye al altar en las iglesias. En este caso la Virgen aparece como Mater Ecclesiae, identificándose con la Iglesia misma. Por ello, tanto la arquitectura como la luz tienen una función simbólica, aludiendo a la santidad de la Virgen.

No nos podemos olvidar que era algo característico del maestro el acompañar siempre sus obras con mensajes simbólicos. Por ello completa el mensaje, al llenar la arquitectura de la iglesia de alusiones a la Virgen, así el fondo en el trascoro, está adornado con relieves sobre la vida de María, como la Anunciación o la Coronación. Y la atmósfera celeste de la representación está reforzada por el coro de ángeles que se vislumbra delante del altar.

Una de sus dotes más llamativas del pintor es, que era capaz de imitar de manera convincente cualquier textura. Para ello trabajaba con extraordinaria paciencia cada uno de los pigmentos al óleo, a veces utilizaba una especie de plumillas finísimas que le permitían introducir todo lujo de detalles que en ocasiones sólo eran apreciables a través de lentes. Y, en otros momentos, no dudaba en utilizar la punta de sus dedos para alcanzar el acabado que buscaba.

Este tratamiento de las texturas lo podemos apreciar en la figura de la Virgen, la sensación de la pesadez de su manto, y la clara diferencia cromática de los azules, rojos y pequeños toques de dorado que nos llevan casi a imaginarnos su dulce tacto. Mientras, su piel clara destaca por su delicadeza y sus cabellos sobresalen por su realismo y ligereza.

Van Eyck es definido por muchos como un maestro del microcosmos. La mayor parte de sus obras no supera el medio metro de altura, pero su maestría técnica y el universo de detalles que aparecen en ellas reflejan una riqueza de simbolismo y trascendencia que lo han convertido en uno de los grandes genios de la historia del arte y un modelo a seguir por numerosas generaciones.

Por Laura Pais Belin.