30 abril, 2015

Viaje virtual a la ‘cueva de los sueños olvidados’

rupestre

Hace 36.000 años, nuestros antepasados crearon en las paredes de una cueva situada en un acantilado a las afueras de lo que hoy es la localidad francesa de Vallon-Pont-D’Arc unas pinturas únicas, que llevan toda la eternidad congeladas en ese lugar, como si no hubiera pasado el tiempo. Esta cueva de los sueños olvidados, como la llamó el cineasta Werner Herzog en el documental que le dedicó a esta increíble joya antropológica, es la catedral francesa del arte rupestre. Ha permanecido intacta durante decenas de milenios, desde que hace unos 21.000 años un desprendimiento clausurara su entrada y hasta que el 18 de diciembre de 1994 tres espeleólogos aficionados encabezado por Jean-Marie Chauvet se toparon con ella.

La gruta, bautizada como cueva de Chauvet en honor a su descubridor, es un lugar absolutamente excepcional. No es sólo que albergue algunas de las pinturas rupestres más antiguas del mundo o éstas se encuentren en un increíble estado de conservación. Es que además la cantidad de dibujos que encierra es inmensa: nada menos que un millar, de las cuales 425 son figuras de animales. El bestiario representado incluye 14 especies animales diferentes, desde osos, rinocerontes, mamuts, bisontes o panteras hasta búhos. Por no hablar de la indudable calidad artística de esas pinturas, de su fortísima carga visual.

Sólo hay un problema: esa cueva, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en julio pasado, no se puede visitar. Está cerrada a cal y canto desde hace 20 años, cuando el Ministerio de Cultura francés ordenó clausurarla al comprobar que las visitas la estaban deteriorando.

Pero, desde ayer, es posible volver a estremecerse de emoción ante las pinturas de la cueva de Chauvet que sin poner en peligro su supervivencia. A sólo tres kilómetros de donde se encuentra la original, la cueva ha sido replicada al más mínimo detalle. Se ha realizado una copia absolutamente idéntica, un clon perfecto. Todo se ha reproducido exactamente igual, al milímetro. Las estalactitas, las concentraciones calcáreas, los cristales, la rugosidad de las paredes, el agua que resbala por algunas piedras, las 52 tipos distintos de roca, los agujeros, los arañazos dejados en la piedra calcárea por los zarpazos de los osos que hibernaban en ella, los 550 huesos de esos animales… Y, por supuesto, las pinturas rupestres.

«Sí, es idéntica», asegura sacando pecho David Huguet, director del equipo científico que ha calcado la cueva de Chauvet, una cueva que originalmente estaba habitada por osos de las cavernas (Ursus spelaeus), una especie de enorme tamaño que se extinguió hace 28.000 años. Hasta las huellas de esos animales que aún se encuentran en la cueva original han sido reproducidas con obsesiva fidelidad. Como por motivos de conservación las huellas de la cueva original no podían usarse para sacar el molde, el equipo ha recurrido a unas huellas de osos de cavernas encontradas en Alaska.

Los 8.200 metros cuadrados que en total se extiende la réplica de la cueva han sido realizados en resina y cemento, utilizando las más modernas tecnologías pero echando también mano de la sabiduría y pericia de artesanos y artistas. El pintor mallorquín Miquel Barceló, conocido por pintar muchas de sus obras directamente con los dedos, ha asesorado por ejemplo a los responsables de reproducir las pinturas rupestres. Los Homo sapiens que pintaron la cueva de Chauvet no conocían siquiera los metales: pintaban con carbón, con arcilla roja, empleando sus manos o usando tampones realizados con material vegetal, haciendo incisiones en la roca con la ayuda de piedras afiladas.

Entramos en la réplica exactamente en el mismo punto en que arrancaría nuestra visita si estuviéramos en la cueva original. La única diferencia es que a la auténtica se accede bajando una escalera y a su clon, atravesando una puerta. El interior es impresionante… No sólo todo es idéntico a la cueva original, sino que la atmósfera también ha sido minuciosamente reproducida. Reina el silencio, hace frío, se siente en la piel la humedad y la luz es muy tenue, como si fueran las antorchas de los hombres del paleolítico las que iluminaran el lugar. Todo está calculado para estimular los cinco sentidos de los visitantes, para ayudarles en ese viaje en el tiempo y provocarles las mismas emociones que sentiría si visitaran la cueva auténtica.

Por eso, para lograr que quienes vengan a este lugar sientan un escalofrío de emoción recorriéndoles la espina dorsal, la visitas se realizan en grupos de 25 personas (es imprescindible reservar), con guías que más que hablar susurran y que piden silencio antes de entrar en esta especie de santuario del Paleolítico que se espera que visiten al año unas 400.000 personas. De hecho, ya hay cerca de 100.000 reservas.

rinoceronte

El caso es que hace 36.000 años, este lugar era muy distinto. No existía el maravillosos bosque Mediterráneo que ahora inunda de verde toda la zona. En aquel entonces reinaba la era glacial y el paisaje era desolador. «Era más o menos como Siberia en la actualidad», sintetiza David Huguet. Apenas había árboles, lo que más abundaba eran los hierbajos. Y aunque no había hielo, hacía un frío atroz: en invierno la temperatura rondaba los 20 grados bajo cero.

Los científicos creen que aquellos sapiens eligieron esta cueva para realizar sus pinturas por dos motivos: su proximidad a esa increíble obra de arte de la naturaleza que es el Pont d’Arc (un majestuoso puente natural de 54 metros de altura sobre el río Ardèche) y porque había sido una cueva de osos. «No sabemos qué relación tenían con los osos de las cavernas, pero era una relación especial. La prueba es que en todos los dibujos en los que aparecen osos ese animal está sólo, sin otros animales alrededor. Y además a los osos, y sólo a los osos, los pintaban siempre sin ojos. Ese tratamiento singular sin duda esconde una simbología, sólo que no sabemos descifrarla», nos cuenta Huguet.

«No tenemos las claves para entender los signos pintados en la cueva. Pero todos los dibujos tienen un sentido espiritual. No son pinturas que documenten la vida diaria, como lo demuestra el que en ningún momento se represente el sol, la luna, ríos, los árboles… Las pinturas sólo muestran animales y unos pocos detalles de la anatomía humana». Quienes realizaron estos dibujos aprovechaban los volúmenes de las paredes para dar profundidad a sus pinturas. Los investigadores creen que no los hacían al azar en esta o aquella pared. Era una decisión meditada, fruto de un proceso intelectual. Al fin y al cabo su capacidades cognitivas y emocionales eran muy similares a las nuestras. Eran sapiens como nosotros, sólo que vivían en la era prehistórica. «La mayor diferencia con nosotros era su relación con la naturaleza. Vivían completamente inmersos en ella, y compartían su vida con los animales».

Las comparación con Altamira resulta inevitable. «Por supuesto, fuimos a visitar la réplica de Altamira antes de realizar la réplica de la cueva de Chauvet. Nos ayudó, pero aquí hemos ido un paso más allá, hemos logrado un efecto mucho más real», sentencia Huguet, quien no oculta su sorpresa ante la decisión de reabrir la cueva original de Cantabria a los visitantes, por muy limitados que sean y en grupos de cinco personas.

«Es una decisión política, porque no creo que científicamente se pueda sostener. Yo no conozco con precisión el estado de conservación de Altamira, pero está claro que la presencia humana provoca daños en una cueva. Una cueva que ha estado cerrada durante mucho tiempo desarrolla su propia atmósfera, crea su propio equilibrio químico. Y la presencia de seres humanos perturba esa atmósfera de equilibrio. Abrir al público representa el mayor peligro al que se puede enfrentar una cueva, incluso si son visitas limitadas. Los daños que la presencia humana puede generar en una cueva pueden tardar décadas en solventarse, y a veces son irreparables. Es un medio muy frágil. Por eso mismo hemos decidido no abrir al público la cueva original de Chauvet y crear esta réplica».

Por Irene Hernández en El Mundo.