25 septiembre, 2015

Van Gogh grita Munch

vangogh

A la entrada, dos retratos reciben a los visitantes. Ojos enfebrecidos, las paletas ardientes de pintura en la mano. Autoretratos que vomitan color dan paso a paisajes de sentimientos y ensoñaciones de brocha gorda que impactan de la primera a la última de las salas. De Oslo a Saint-Remy, el Museo Van Gogh de Ámsterdam se convirtió anoche en un galpón de turbaciones. Simbolismo de rojos, azules, verdes y ocres, pinceladas amargas en una confrontación de locura.

Un centenar largo de obras, algunas no expuestas desde hace muchos años, componen la exposición Munch: Van Gogh, que fue inaugurada ayer en el Museo Van Gogh de Ámsterdam. Es la traca final de las celebraciones del año consagrado al artista holandés. Frente a frente, los máximos apóstoles del expresionismo viven aquí un nuevo capítulo de la cita que empezaron hace meses en la capital noruega.

Mucho se ha especulado sobre el posible encuentro de ambos genios. Es posible que se conocieran, no en vano frecuentaron en París los mismos amigos durante los mismos años. Era el momento de la zarabanda impresionista. Como dos esponjas, se empaparon del impacto de la temática de Toulouse Lautrec, del uso del color y la luz de Monet, experimentaron con el puntillismo que les enseñó Pisarro, alucinaron con las innovadoras composiciones de Caillebotte, se sintieron atrapados, en fin, de las maneras de Gauguin, que fue más influyó sobre ambos. para darle contexto a este asunto, en la muestra se incluyen obras de varios de ellos.

Una influencia bestial, aunque tal vez no tanto como la religión que atenazó al abrumado jovencito Munch, apresado por el sentimiento de un padre pío como pocos y unas hermanas enfermizas y melancólicas. La misma religión que transmitió su padre a Vincent y que le hizo dar sermones en la iglesia de Ramsgate: “Me sentía como quien desde una oscura cueva sale a plena luz”, reconoció a su atribulado hermano Theo en una de sus inmortales cartas.

Un paralelismo que tuvo la expresión más gráfica en los desarreglos mentales de ambos, con paradas obligadas en sanatorios como Saint-Paul-de-Mausole y el Jacobsen de Copenhague, en sus soledades a muerte y en sus ansias de pintar a degüello, como si siempre vivieran su última noche. Paralelismo que exhiben las confrontaciones que propone la muestra. ¿No son acaso las mismas estrellas las de La noche estrellada (Munch) que las que brillan en La noche estrellada del Ródano (Van Gogh)? ¿No utilizarían ambos los mismos tubos de óleo para pintar La casa amarilla el primero y La enredadera de Virgina roja el segundo?

Pinceladas de sombra, puñetazos de color en los que permanece enganchado el temperamento de ambos. Similitudes y desconsuelos que dieron fuerza a los pinceles de estos héroes del desasosiego en una exposición que deja sin aliento. Cómo es posible que dos vidas tan separadas resultasen así de paralelas si se miran las pistas que destilan los cuadros reunidos para la ocasión.

En este punto sacan músculos los jefes del Museo Van Gogh. “Varias de estas obras maestras que hoy cuelgan aquí no han pasado por la exposición previa de Oslo, cerrada hace solo unos días”, explicó Asel Rüger director del Museo. Es el caso de Los girasoles y El dormitorio. También de cuadros tan rutilantes como Retrato de Patience Escalier, Entrada del parque público de Arlés, La Berceuse y El puente Trinquetaille, todas procedentes de colecciones privadas. Y de El Grito, por supuesto, la obra de Munch que por fin cuelga en el museo de Ámsterdam como si la hubiese pintado el genio holandés, algo que muchos siempre han creído.
Renovación ambiciosa

Comentaba hace unos días Vincent William Van Gogh, sobrino nieto del artista, sus recuerdos de la casa familiar. Cuadros originales de su antepasado del calado de Los girasoles y Almendro en flor, colgados de las paredes, estaban expuestos a las frecuentes batallas de almohadas que emprendía con sus hermanos. No se llegaba a tanto en las antiguas instalaciones del Museo Vann Gogh, la segunda atracción turística de la ciudad, pero estaba claro que habían quedado desfasadas ante la afluencia de la marea humana. El aumento de público de los últimos años junto con los recientes cambios de los vecinos Rijsmuseum y Museo Stedelijk, habían hecho inevitable una reforma que la inauguración de Munch: Van Gogh va a hacer su mejor portavoz.

Concebida por Kisho Kurokawa y desarrollada por el estudio de Jans van Heeswijk, un enorme cilindro de cristal recibe a los visitantes. Tras el muro transparente, el amplio vestíbulo al que se accede por una escalera y un ascensor también de vidrio. Se ha conseguido aumentar de esta manera la superficie del edificio 800 metros cuadrados, dando cabida a una flamante nueva tienda que ya vende 500 nuevos objetos y recuerdos vangoghianos. También se ha reabierto la nueva ala de exposiciones temporales, diseñada así mismo por Kurokawa, cuyas obras se han prolongado durante los últimos tres años.

“La mejora en los accesos y el mayor espacio nos permite ofrecer a nuestros visitantes una bienvenida más cálida que antes. Estos accesos permite que todas las instituciones culturales se abran a la plaza de los Museos”, ha señalado el director del Museo, Axel Rüger. Las obras se han prolongado durante los últimos 17 meses y han supuesto un desembolso de 20 millones de euros que han salido de los recursos propios del museo, así como de aportaciones de particulares, fundaciones, agencias gubernamentales y empresas.

Por A. Merino en El Mundo.