3 marzo, 2013

Van Gogh es inocente

Agosto de 2010. En plena canícula, unos ladrones birlan ‘Las amapolas’ de Van Gogh de un solitario museo cairota. Los cacos se largan sin dejar pistas: las cámaras de seguridad, el detector de metales y los sistemas de alarma antirrobo no funcionan y el personal dormita. Es pan comido. El pillaje sonroja al régimen, que endosa el muerto al viceministro Mohsen Shaalan y otros 10 funcionarios de menor rango. Más de dos años después, el extraviado jarrón de flores amarillas y rojas del holandés aún atormenta al viceministro, un conocido pintor egipcio que relata su calvario en una exposición.

Nacido hace seis décadas en una popular barriada de El Cairo, Mohsen mordió el polvo de la cárcel durante 12 largos meses. Poco después del robo, un tribunal lo condenó por negligencia. Él, sin embargo, siempre se consideró la cabeza de turco del proceso. Un David incómodo e indiscreto contra el Goliat de una dictadura que vivía su último invierno.

Cuando robaron el lienzo extrayéndolo del marco, Mohsen había ya pecado de charlatán al dirigir su índice hacia el entonces ministro de Cultura, Faruk Hosni, íntimo de la esposa de Mubarak. El reo recordó a la prensa que desde 2008, como máximo responsable del sector de Artes Plásticas, había solicitado financiación para mejorar la precaria seguridad del museo de Arte Moderno Mahmud Jalil, una preciada pero desconocida pinacoteca cairota que cuelga en sus paredes joyas de Gauguin, Renoir, Degas, Cezanne, Monet o Rodin.

La única respuesta que recibió sonó despreocupada. Tuvo lugar durante los preparativos de la visita de una delegación de la Unesco. “Le dije: señor ministro, las cámaras de seguridad no funcionan”, cuenta Mohsen. Y su superior, un pintor de paleta abstracta que ocupó el cargo durante más de dos décadas, le replicó: “Está bien pero nadie ve si las cámaras funcionan. Hay que hacer algo con las cortinas”. Los visillos cambiaron pero las salas siguieron desarropadas. Cuando ‘Las amapolas’ y su valor, cerca de 37 millones de euros, se esfumaron. Sólo marchaban siete de las 43 cámaras.
Amapolas y gato negro

Y entonces comenzó la tortura que Mohsen narra ahora en la exposición ‘El gato negro: una experiencia en prisión’ que alberga una galería de la capital egipcia. En su periplo por distintas prisiones del país, el artista sorteó la tristeza convirtiendo su celda en estudio. “Cuando le pedí a mi hijo Ahmed que me trajera algunos folios y unos lápices no era un artista con imaginación para crear obras y montar una exposición”, reconoce. Así, sin pretensiones, surgió lo inesperado. La catarsis que se desparrama ahora por pinceladas de óleo, sobrios trazos negros o tenues acuarelas.

En casi todas, hay dos figuras que se repiten a modo de martirio: Un gato negruzco y el florero de amapolas que, tres años antes de su suicidio, Van Gogh dibujó fascinado por la obra de Adolphe Monticelli. La posición del felino, uno o trino, varía según el cuadro: a veces se escabulle entre las piernas u observa amenazante al convicto y otras acampa en su espinazo o retoza entre jueces y policías. Para Mohsen, simboliza “la injusticia, la rabia, la traición o la corrupción”. En cambio, el jarrón de flores o el cuadro vacío son la losa que arrastra quien se declara inocente. Aparecen sobre la cabeza en ‘El monje de amapola’, como decorado en ‘La maldición de la amapola’ o impreso en la indumentaria del presidiario aturdido de ‘Detenido para ser interrogado’.

El testimonio más obvio resulta también el más desgarrador: ‘Van Gogh es inocente’ es el título de uno de los cuadros al óleo. En la pintura, Mohsen revive ‘Autorretrato con oreja vendada’ en el que el genio del postimpresionismo se dibuja frente a un espejo con una gasa cubriendo la parte derecha de la cabeza tras la automutilación del lóbulo izquierdo. En lugar de la xilografía japonesa del fondo original, el artista egipcio coloca a un policía local con el traje blanco del periodo estival que lleva esposado a un hombre. Un gato negro les sigue a cierta distancia.

Por Francisco Javier Carrión en El Mundo