21 julio, 2015

Van der Weyden regresa a El Escorial

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Tres lágrimas. Una cruz. Tres figuras. Con su composición, guiada por un vigoroso impulso creador, el artista flamenco Rogier van der Weyden (Tournai, 1399-Bruselas, 1464) pintó El Calvario, uno de los óleos trascendentales de la Historia de la Pintura universal, al decir de los principales críticos de Arte. Gurriatos, madrileños y forasteros pueden deleitarse en su serena contemplación hasta diciembre en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Allí, adonde la tabla sacra regresa ahora, ha permanecido 400 años hasta hace apenas un lustro. Entre 2011 y 2015 fue restaurado por Loreto Arranz y José de la Fuente de las heridas causadas por la humedad y el incendio monacal de 1671, gracias a la pericia de ambos especialistas, de Patrimonio Nacional y del Museo del Prado respectivamente. La obra formó parte de una reciente exposición en el Prado sobre el pintor de Tournai, autor asimismo de su inmortal Descendimiento.

En El Calvario, Rogier van der Weyden describió plásticamente el tránsito de la Edad Media al Renacimiento en el Norte europeo. Lo hizo sobre una tabla de madera del mar Báltico, de 3,25 metros por 1,94 metros de anchura, sobre un bastidor de trece cuarteles de roble para soportar sobre él una representación de la crucifixión de Cristo con tres figuras de tamaño natural; untó pues sus pinceles en pigmentos de cromática radiante; ideó un misterioso artificio para iluminar colores y sombras; y, al cabo, representó a Cristo en la cruz, flanqueado por su madre, María y por Juan, su discípulo favorito, con una emoción insólita: de ella dan testimonio las tres lágrimas que posó sobre las mejillas del Profeta muerto, junto a la madre abatida y el discípulo amado preludiando en su semblante la doble resurrección, mesiánica y renacentista, que adivina.

Rogier van der Weyden consiguió -y El Calvario lo muestra- que de sus figuras aflorara una misteriosa luz interior, cargada de poesía, desconocida hasta entonces -se cree que la obra fue pintada a partir de 1457-: logró tal efecto gracias a una base de pintura blanca sobre la que asentaba luego los colores; además, tras dejar secar el óleo, perfilaba las sombras gracias a un aglutinante traslúcido, con una imprimación propia, que transparentaba las formas: paños, telas y carnaciones cobraron por su mano humana geometría, adquiriendo sus pinturas aspecto escultórico, tridimensional, pero signado por una sentimentalidad que acompañaría ya, desde entonces, el pulcro arte de los pintores flamencos.

La exposición explica en tres salas, a base de audiovisuales y cartelas, los estudios a base de rayos ultravioleta, dendrocronológicos, radiológicos, y reflectográficos acometidos en la restauración de El Calvario, cuyo desenlace ha permitido a la tabla recobrar su curvatura natural, protegerla con un sistema de muelles aplicado a un nuevo bastidor y a su paleta devolverle, mediante una reintegración reversible, la magnificencia cromática que brindó a la obra. Pese a ser identificado su autor, durante décadas, con el Maestro de Flémalle, estudios recientes confirman que el de Flémalle no fue otro que Roberto Campin, mentor de su excelso discípulo Roger van der Weyden, orgullo del Arte flamenco, hoy, en San Lorenzo de El Escorial, al alcance de las miradas más ávidas de belleza, pasión y equilibrio.

El Calvario. Rogier van der Weyden (1399-1464) De 10 a 20.00, todos los días, salvo lunes. Entrada: 10 euros. Miércoles y jueves de 5 a 7 de la tarde, gratis. Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Por Rafael Fraguas en El País.