8 enero, 2014

Un raro autodidacta

33882_1El caso del Greco es uno de los más peculiares para analizar el arduo camino que un pintor de su tiempo tenía que recorrer desde la condición de artesano a la de artista. Perteneció a una familia de confesión ortodoxa dedicada al comercio marítimo cuyos miembros, como el resto de habitantes de Creta, eran súbditos de la República de Venecia, en cuya administración trabajaron algunos familiares del pintor. En el interior de la isla abundaba el pastoreo y la agricultura además de cierto comercio artesanal, mientras las actividades relacionadas con la pesca se desarrollaban en la costa. Se ha supuesto que recibió una formación humanística que incluía el estudio del griego, el latín y el italiano pero, sin embargo, y aunque sea seguro que habló y escribió griego y que hablaría dialecto veneciano, no parece que aprendiera latín. Lo más probable es que no tuviera recursos para financiarse una formación esmerada y que, por contra, sólo aprendiera primeras letras y matemáticas elementales.

Hay que considerar que una educación humanística tampoco le serviría de mucho para ejercer su oficio de pintor como se entendía en Creta durante su juventud, para lo que lo único preceptivo era aplicar las fórmulas de representación de la pintura de iconos, luego más bien habría que suponerle una cultura autodidacta y no por lo que vivió en su isla natal, que no fue mucho ya que se trasladó a Italia con 26 años, sino por lo que le tocó vivir y cómo le tocó vivir en Venecia y en Roma.

A Venecia debió de llegar en 1567. Tras la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1452, la ciudad sufrió una profunda crisis económica que se agravaría con el tiempo aunque, al calor de la Universidad de Padua y de la reconversión agraria que la aristocracia promovió en sus propiedades de la terraferma, siguió siendo un destacadísimo foco cultural en el que, además, la imprenta había alcanzado un nivel difícilmente parangonable. Son muchas las especulaciones sobre el cambio que la pintura del Greco experimentó tras su llegada y aún son numerosas las dudas sobre con quién contactó en la ciudad y con quién culminó su formación. A pesar de lo dicho tradicionalmente, es probable que no tuviera una relación profesional con Tiziano y, de hecho, las pinturas que hizo en Italia tienen mayor afinidad con las de Tintoretto y los Bassano, aunque tampoco quepa establecer una relación de discipulado. Fueron muchas las dificultades que un pintor como el Greco pudo encontrar al intentar prosperar en el ambiente artístico veneciano que, conservador y artesanal, se basaba en la preponderancia del taller familiar y del gremio y concebía el arte como una empresa que enmaridaba a oficiales y aprendices y todos subordinados a las directrices del maestro, circunstancias que mal se avendrían con el individualismo del Greco.

No hay noticia de que formara parte de tal ambiente y sólo han podido elaborarse hipótesis más o menos acertadas; además, a tenor de las obras que se le atribuyen y que podrían fecharse en esa época veneciana, cabe sospechar una ausencia casi total de clientela veneciana. El Greco, en Venecia, tenía poco que ofrecer, pero probablemente hizo un esfuerzo titánico por ponerse al día para dominar el lenguaje de la pintura y la teoría artística occidental mediante una labor autodidacta intensísima en la que no solo fueron importantes las pinturas que pudo ver, sino también los libros que pudo leer para asimilar las doctrinas artísticas en boga, paliar sus carencias y adaptarse al entourage artístico en que pretendió medrar.

Era un lugar común en la época considerar que el conocimiento de las “letras” y el contacto directo o a través de la lectura con personas letradas eran muy beneficiosos para un pintor. Desde este punto de vista, es posible que el Greco conociera a miembros de familias tan importantes como los Calbo, los Michiel o, sobre todo, los Grimani y que, personalmente o más bien a través de sus obras, se relacionara con algunos de los hombres más cultos del momento como Daniele Barbaro o Andrea Palladio, contactos que se acentuarían en la Roma papal. Cuando el Greco llegó a la ciudad hacia 1570 aún coleaban las consecuencias del Concilio de Trento, que supuso la escisión de la cristiandad y que acabaría también repercutiendo en las artes que, desde entonces, hubieron de ponerse al servicio de la Iglesia católica.

El 16 de noviembre de ese año el miniaturista Giulio Clovio pidió al cardenal Alejandro Farnesio, uno de los protagonistas de la Contrarreforma, que concediera una estancia en su palacio romano a “un joven candiota discípulo de Tiziano, que a mi juicio parece raro en la pintura”. El cardenal atendió los ruegos de Clovio y el Greco pudo presenciar y participar en los debates del más alto calado que se daban entre intelectuales del entorno de Farnesio como su bibliotecario Fulvio Orsini, el arquitecto Vignola y un grupo de españoles entre los que despuntaban Alfonso y Pedro Chacón, quizá Benito Arias Montano o Luis de Castilla, quien le procuraría los primeros encargos en España. Aún así, el Greco, en Roma, debió ser considerado también como un pintor arcaico que, por lo demás, era un fanático del color y del estudio de la naturaleza, considerados aspectos superficiales en el contexto artístico romano. Por si fuera poco, era un foráneo extraño y pretencioso, y acabaron echándolo del palacio en 1572 aunque todavía no se conozca el motivo concreto de su expulsión. En todo caso, el pundonor autodidacta del Greco debió de enfatizarse al amparo de la corte Farnesio, máxime si era consciente, como debía serlo, de que entonces tenía ya 30 años.

Algunos de los integrantes de ese círculo le convencerían para que se mudara a España con la promesa de que encontraría una situación profesional provechosa. Son conocidos los relativos fracasos del Greco ante Felipe II y el cabildo toledano, pero lo cierto es que llegó a Toledo con 37 años y allí permaneció hasta el final de sus días, pues Toledo era entonces Sede Primada de las Españas, es decir, primera entre los arzobispados hispánicos y segunda más rica después de la de Roma y, como tal, la ciudad más importante del país incluso por encima de Madrid, donde Felipe II había establecido su corte de forma permanente en 1561. No en vano trabajo tuvo por demás, aunque muriera casi pobre, y congenió con algunos eruditos como los hermanos Antonio y Diego de Covarrubias, Pedro Salazar de Mendoza, Hortensio Félix Paravicino y, acaso, Góngora, más otros pocos que supieron apreciar su rara pintura, hasta que falleció el 7 de abril de 1614 a los 73 años.

Entre los bienes que dejó había 130 libros que probablemente comenzó a adquirir cuando llegó a Venecia y cayó en la cuenta de que tenía que ponerse al día en el dominio de la pintura, harto distinta a como la había concebido hasta entonces. Siguió comprando libros en Roma y su biblioteca no dejó de crecer hasta el final de su vida en Toledo. Lo que destaca en ella es su variedad lingüística y temática, pues tenía libros en griego, italiano y “de romance” y, además de algunos libros relacionados con las artes, sobre todo de arquitectura, clásicos antiguos como Homero, Aristóteles, Flavio Josefo, Jenofonte, Luciano, Plutarco o Esopo, y modernos como Petrarca o Ariosto, junto con textos de santos como Justino, Dionisio, Juan Crisóstomo o Basilio, hagiografías y los decretos del Concilio de Trento, libros que consideraría esenciales para representar los asuntos religiosos con decoro. Entre todos los volúmenes destacan dos: la edición del tratado de arquitectura de Vitruvio que Daniele Barbaro publicó en 1556 y la segunda edición de las Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos de Giorgio Vasari, publicada en 1568. En sus márgenes el Greco fue anotando las reflexiones que la lectura le motivaba y en ellas cabe atisbar a un artista culto y preocupado por el alcance teórico y las maravillas de la pintura, que juzgaba como una “ciencia especulativa”, pero sobre todo a un artista seguro de unas convicciones a las que había llegado con su propio estudio y su trabajo.

No puede extrañarnos que él mismo se considerara un extravagante y que en ciudades tan dispares como Candia, Venecia, Roma, Madrid o Toledo, siempre proyectara de sí mismo una imagen de artista singular o, por decirlo con sus propias palabras, se mostrara como uno de esos hombres eminentes “que no se hallan sino rara vez”.

 

 

JOSÉ RIELLO, EL CULTURAL