17 abril, 2013

Un pintor olvidado, objeto de la primera sentencia gallega por falsificación

A la izquierda, el pintor, y a la derecha su hijo Miguel Ángel, en la década de los sesenta.

En el salón de su casa de A Estrada, cuando su amigo Laxeiro iba de visita, los dos pintores, el célebre y el ignorado, hacían terapia colectiva. A Ángel Lemos parece ser que no le hacía mucha falta sincerarse, pero al artista de Lalín lo liberaba bastante: “Ángel, non me deixan pintar os meus nenos”, asegura una hija de Lemos, Natalia, también pintora, que le oía confesar a Laxeiro. “Lo obligaron a estar en la vanguardia para triunfar, y accedió”, describe ahora ella, “mi padre, no. Moriría sin ser conocido, pero se conocía a sí mismo y fue fiel a sus principios”. “En los años noventa, el conselleiro de Cultura \[Xesús Pérez Varela\], le dijo ‘señor Lemos, nos interesa su figura \[un republicano que en pleno frente, bajo el fuego cruzado, corrió desde las filas de Franco para cambiarse de bando\], pero esto que usted pinta es demasiado realista”. Si quería ser promocionado por la Xunta de Fraga, le aconsejaba el político, tendría que cambiar de estilo, “ir más con la moda”.

Ángel Lemos (Vigo, 1917-A Estrada, 2002) vivió una vida de novela y con su trabajo artístico sacó adelante a los ocho hijos que nacieron de sus dos matrimonios, pero no fue un pintor de éxito. Sin embargo, el suyo es el primer caso en Galicia que prospera en un juzgado de una denuncia por falsificación, presentada ante la policía nacional (Grupo de Delincuencia Organizada de A Coruña) por la familia del pintor muerto. El 14 de marzo, tras siete años de investigación, el juzgado de lo Penal número 3 de Vigo declaró culpable de un delito contra la propiedad intelectual y otro de tentativa de estafa al marchante Carlos Vila Rodríguez, gerente de las salas de arte Alpide.

En enero de 2006, el galerista estrenó el segundo de sus locales, en la calle López de Neira, con una retrospectiva del pintor, fallecido cuatro años antes. La muestra, que supuestamente era una promesa que Vila le había hecho a Lemos en los últimos años de su vida (antes de cortar su relación en 2000), se prolongó dos meses. Los cuadros, pagados al artista por el que podría entenderse como su mecenas a unas 25.000 pesetas, se pusieron a la venta, según la sentencia, a precios comprendidos entre 300.000 (1.800 euros) y 350.000 (2.100 euros). En los primeros días de la exposición, Natalia Lemos visitó la galería Alpide con su madre. Desde el primer instante ambas tuvieron la convicción de que siete de los cuadros expuestos, (Lavandeiras, Regreso del mercado, Fiesta de San Xoán, Meigas, Meigas —adornos en campaña—, En Santiago chovendo y Sendero) no eran del hombre que tantas veces habían contemplado pintar. “Me parecieron horribles. La pincelada no era la de mi padre, y esos colores él jamás los habría usado”, argumenta la hija, que aprendió pintura, como varios de sus hermanos, a la vera de Ángel Lemos.

Así que les hizo fotos allí mismo a los lienzos que le parecieron sospechosos y a los dos días buscó instantáneas de las mismas obras que conservaba en casa para “cotejar”. Dos meses después, formuló la denuncia en la policía nacional. Pasado el tiempo, no se presentó como acusación en el juicio porque “no quería recibir nada a cambio”. Como apunta el propio magistrado en la sentencia, la aspiración de la hija, únicamente, es proseguir con el trabajo de catalogación de la obra de su padre, un afán que persigue desde 2001.

A la izquierda, Ignacio Ramonet, a la derecha, Ángel Lemos, y en el centro su amigo Simeón, en Redondela, en 1933.

Natalia Lemos aspira algún día a publicar un volumen amplio que recoja la obra extensa y la vida intensa de su padre. A los 14 años, Lemos huyó con su amigo Ignacio Ramonet con el sueño de ser actores en París. A los 17, embarcó como polizón rumbo a América, pero fue descubierto, preso en Portugal y devuelto a Vigo. En Toledo cambió de frente. Después vivió escondido y fue encarcelado en Ferrol. La traición a Franco lo perseguía y, junto a las penurias de postguerra, lo empujó de nuevo a emigrar, como polizón, a Buenos Aires. Dejaba atrás esposa y cinco hijos, y no regresó hasta que murió el dictador.

El galerista, que presentó la semana pasada recurso de apelación ante el mismo juzgado, fue condenado a un año y tres meses de prisión, inhabilitado para el ejercicio de su profesión de tratante de arte por un tiempo equivalente, multado con 4.320 euros y obligado a resarcir con otros 9.000 a los hijos del artista (la segunda mujer, la argentina Viviana Geddo, murió pocos días antes de conocerse la sentencia).

Carlos Vila insiste en que la familia de Lemos tendría que estarle agradecida porque era un pintor “mediocre”, al que le hizo un catálogo y una muestra que “no merecía”, con “precios altos” para “relanzarlo” porque “había muerto”. “Me gasté un montón de dinero con él, lo mismo que con otros artistas poco conocidos por puro galleguismo, por amor a mi tierra”, defiende. “Sus cuadros tienen tan poco interés que ni siquiera he conseguido venderlos”. El comerciante de arte cuenta también que él mismo, años antes, le llevaba los lienzos a casa porque Ángel Lemos “no tenía dinero ni para eso”, y que los cuadros de la sentencia le parecieron “muy aguados”: “así no se los quería”, dice, y se los dejó “para que los retocase él mismo, con más color”. “Esta pena es de locos, me está causando unos problemas tremendos”, lamenta el galerista.

Ante el informe que elaboró en Madrid la única perito que para estos casos tiene la policía judicial, comparando los cuadros de autoría dudosa y las fotos de los lienzos originales (en paradero desconocido), el magistrado quedó “plenamente convencido” de que se trataba de falsificaciones. Durante el juicio, la especialista se ratificó en sus conclusiones. Ni los colores, ni la solución de los detalles, ni la maestría a la hora de resolver las posturas de las figuras, ni la pincelada, ni la calidad, ni tan siquiera el tamaño de algún lienzo coincidían.

Al juez no le dieron ninguna credibilidad los testigos aportados por la defensa, entre ellos un hijo del primer matrimonio de Ángel Lemos, el pintor Xavier Lemos, más conocido que su padre, del que además es cliente el galerista condenado. Tampoco valieron de nada los argumentos de Francisco de Pablos, miembro de la Academia de Belas Artes y crítico muy conocido en Vigo por tener tribuna desde hace décadas en la prensa local. En círculos artísticos de la ciudad, su criterio se ha tenido en cuenta durante años. Pero según la propia sentencia él mismo se descalificó ante este juez, Jaime Bardají, al negarse previamente a realizar el peritaje de los cuadros de Lemos para la policía, cuando esta, al inicio de la investigación, lo consultó.

Por Silvia R. Pontevedra en El País.