24 marzo, 2015

Un museo virtual para hacer frente al Estado Islámico

Si el objetivo del Estado Islámico (EI) era acabar con la memoria del pasado, está consiguiendo todo lo contrario. El ominoso vídeo en el que varios de sus miembros destruían a mazazos las estatuas y bajorrelieves del Museo de Mosul ha desatado una inusitada movilización en internet de arqueólogos, historiadores y otros especialistas para salvar, o al menos documentar, el patrimonio que cae en manos de esas huestes. En uno de los gestos de resistencia más ambiciosos, un grupo de expertos en digitalización del acervo cultural se ha propuesto restaurar virtualmente las piezas del museo de esa ciudad iraquí. Otros coordinan redes sobre el terreno para obtener testimonios gráficos del destrozo que desde entonces se ha extendido a varios yacimientos arqueológicos.

“Es una respuesta directa a la destrucción del patrimonio por parte de los extremistas”, declara Marinos Ioannides, coordinador del Proyecto Mosul. “Si obtenemos suficientes fotografías o imágenes escaneadas, podemos reconstruir los artefactos, crear copias digitales que sirvan tanto para identificar los que han sido robados como para dejar testimonio de los destruidos”, explica este ingeniero.

Matthew Vincent y ‎Chance Coughenour, dos de los becarios de la Red de Formación para el Patrimonio Cultural Digital de la Comisión Europea que dirige Ioannides, le propusieron la idea al ver la destrucción del Museo de Mosul.

El vídeo circuló como la pólvora en las redes sociales. Pero mientras la mayoría de los usuarios se limitaba a reenviarlo, los estudiosos se afanaban por corroborar la información. La lista de correo IraqCrisis, que gestiona Charles E. Jones de la Universidad de Chicago, empezó a echar humo. Uno de sus integrantes pedía paciencia mientras sacaba pantallazos para que el resto pudiera analizar los detalles sin dar mayor tráfico a la infame grabación. Otros buscaban en sus archivos imágenes del museo y de las excavaciones de las que procedían las piezas destruidas, para ayudar a identificarlas con precisión.

“Con una gran congoja, adjunto nuevas fotos de Hatra, Nimrod, Nínive y la tumba de Jonás, tomadas entre 2008 y 2010”, compartía Suzanne E. Bott, directora de proyectos para Irak y Afganistán del Instituto Drachman, en Arizona. En su nota, Bott agradecía la cooperación de otros colegas, en especial de aquellos que están “sobre el terreno y corren peligro para mantenernos informados”.

Ioannides vio una oportunidad para que la veintena de jóvenes investigadores del programa que dirige adquieran un compromiso público. Pero además, buscan implicar mediante crowdsourcing a expertos y aficionados para obtener el material gráfico y los datos necesarios. En pocos días, 800.000 personas han visitado la página del proyecto y ya se han ofrecido voluntarios para ayudar en la identificación de piezas, la informática o el tratamiento de las imágenes.

Son todas reacciones surgidas de la pasión personal más que del deber profesional. La mayoría de quienes aportan datos a la lista, comparten enlaces o comparan cuidadosamente detalles para identificar las piezas afectadas, han estado antes en los yacimientos de los que proceden, como parte de un equipo internacional o como meros visitantes.

“Mi primera excavación fue en Nimrod; luego también participé en varias misiones a Hatra antes de la guerra de 2003”, recuerda por teléfono Alessandra Peruzzetto, la arqueóloga que dirige el programa de Oriente Próximo del World Monuments Fund (WMF). “Los especialistas internacionales no hemos podido volver debido a la inseguridad”, admite con pena.

WMF, que desde 1965 se dedica a la protección del patrimonio, sigue trabajando con los iraquíes en la región de Kurdistán y en el sur de Irak, pero Peruzzetto no tiene constancia de que quede ningún arqueólogo en Hatra, Nimrod o los otros sitios de la zona bajo control del EI.

“La Dirección de Antigüedades de Bagdad aún tiene algún contacto con gente de la zona, pero resulta peligroso hablar con ellos y además la conexión telefónica es muy mala”, explica.

De esas dificultades sabe mucho Isber Sabrine, un arqueólogo sirio residente en Girona que hace dos años fundó Heritage for Peace para “salvaguardar el patrimonio cultural durante los conflictos armados y que sirva después durante la reconciliación y la paz”. Sabrine, que antes de trasladarse a España para ampliar estudios trabajó como guía en su país, ha utilizado esos contactos para establecer un sistema de alertas. Unas 150 personas informan desde el terreno de los daños que detectan, documentándolos con fotos. Pero a diferencia de los Monuments Men popularizados por el cine, no cuentan con respaldo militar para darles cobertura.

“Resulta peligroso, pero la gente es muy sacrificada, quiere ayudar para proteger su patrimonio, algunos son expertos que trabajaban para la Dirección de Antigüedades y Museos, otros simples ciudadanos”, explica Sabrine.

Su proyecto cuenta con una veintena de voluntarios en ocho países para analizar la información, preparar las listas de daños que difunden y, sobre todo, enseñar a la gente qué se puede hacer para proteger los lugares arqueológicos.

“Trabajamos con todo el mundo, el Gobierno y la oposición, pero no estamos en la zona del EI”, admite sin ocultar su frustración. De hecho, el año pasado lograron sentar juntos a los dos lados del conflicto en una conferencia en Santander. Ahora preparan un seminario sobre la importancia de preservar el patrimonio dirigido a los clérigos de los tribunales islámicos. Pero eso requiere financiación. “Todos somos voluntarios, necesitamos ayuda”, señala Sabrine.

No son los únicos proyectos en marcha. Hay muchas organizaciones trabajando, aunque según apunta alguno de los consultados, falta coordinación y cada uno trabaja a su manera. “Debería ocuparse la UNESCO, pero su burocracia es muy lenta”, se queja un interlocutor que pide no ser identificado.

Por Ángeles Espinosa en El País.