13 agosto, 2013

Un grabado oculto bajo un bordado

Grabado oculto

La casualidad es fuente de inesperados hallazgos. Es el caso del registrado recientemente en la localidad de Arganda del Rey, al Este de Madrid. Allí, Teresa Giménez Milano, perteneciente a una familia enraizada en la localidad agrícola desde hace décadas, se propuso cambiar el marco de un bello bordado sobre papel que decoraba su vivienda. Así lo relata Raquel Novero, doctora en Historia del Arte, encargada por el Ayuntamiento de Arganda del Rey de elaborar el inventario patrimonial de bienes culturales existente en la villa oriental madrileña. “El bordado representaba un pavo real”, cuenta Raquel. “Estaba cosido sobre una cuartilla de papel. La primera sorpresa fue que el papel se mostraba bordado por ambas caras con el mismo dibujo del ave regia, pero en distintos colores”.

La segunda sorpresa hincaba sus raíces en la historia del Arte: “Allí, debajo del bastidor que sellaba el bordado, surgió un grabado fechado en el año 1802, que representaba la primera imagen de la Virgen de la Soledad, venerada desde el siglo XVI en Arganda del Rey”. Aquella talla, cuya única representación gráfica ha sido hallada casualmente ahora, fue destruida por la soldadesca napoleónica en 1808, durante la ocupación francesa. A partir de 1810, fue otra la talla venerada por la cofradía de la Soledad de Arganda, que fue esculpida por José Ginés. De ahí el valor que muchos lugareños atribuyen al hallazgo, que ha sido posible por la combinación caprichosa de la casualidad, el conocimiento histórico y la sensibilidad artística.

El grabado, de los denominados de madera dulce sobre plancha, reflejaba la talla en madera de roble surgida del formón de Gaspar Becerra y Padilla (Baeza, 1520-Madrid, 1568). Este pintor y escultor formado en Italia en el círculo de Miguel Ángel Buonarrotti, adscrito a la corte de Felipe II, fue autor del retablo más importante de la episcopal Astorga, así como el devorado por el fuego en 1862 , que ornamentaba la iglesia del convento madrileño de las Descalzas Reales. Fue precisamente Isabel de Valois, esposa de Felipe II, quien encargara al manierista Becerra la talla en madera de la imagen de la Virgen de la Soledad que Isabel tenía sobre su mesilla de noche y que había traído consigo en el ajuar con el que vino a desposarse con el Rey de España en Guadalajara en 1560.

Por mediación del confesor de las damas regias Simón Ruiz, Gaspar accedió al encargo, pero de las tres tallas que hizo para la ocasión, únicamente satisfizo a su empleadora la tercera, cuya hechura culminada con éxito vino precedida por un sueño del escultor: Becerra contaba que tras haber realizado insatisfactoriamente las dos tallas anteriores, tuvo un sueño en el cual un tronco de roble que crepitaba en el fuego de una chimenea se encaró con él y le pidió que esculpiera la imagen mariana sobre su propio maderamen. Así lo hizo.

La imagen, una vez culminada, adquirió gran belleza. Al poco fue regalada por la reina al convento de los frailes mínimos o de la Victoria, que Felipe II había mandado fundar en las inmediaciones de la Puerta del Sol, sobre un predio cercano a la hoy carrera de San Jerónimo. De las otras dos tallas de la Virgen de la Soledad, una de ellas, a través de Francisco de Valbuena, hermano de un fraile del convento de Mínimos, fue a dar a Arganda del Rey, de donde era vecino. El embajador ante la Corte de Felipe II, Hans Khevenhüller, enterrado en la iglesia de los Jerónimos de Madrid, tuvo una finca enfrente de la iglesia de San Juan Bautista, en Arganda del Rey, donde se veneraba la imagen mariana tallada por Becerra, que años después pasaría a una ermita situada hoy en la avenida del Ejército. Un libro de 1852 da cuenta de los estragos causados por las tropas napoleónicas en la ermita donde se veneraba la imagen virginal esculpida por Gaspar Becerra, que fue pasto de las llamas y reducida a ceniza en un acto denunciado como sacrílego.

Por suerte para la historia del Arte, el fuego, que persiguió algunas de las mejores obras del excelso Gaspar Becerra, no logró borrar la memoria de aquella obra suya que ahora, gracias al impulso de la propietaria Teresa Giménez, al estudio de la doctora Raquel Novero y a los esfuerzos del archivero municipal Julio Cerdá —que documentó el descubrimiento— ha logrado pervivir e integrarse en el rico patrimonio artístico de la localidad oriental madrileña. Además, la cofradía de la Virgen de la Soledad, patrona de Arganda, que según su hermano Mayor, Manuel Fuertes, cuenta con 2.800 cofrades de ambos sexos, tendrá el 8 de septiembre, durante su fiesta anual, un motivo más para festejar su conmemoración.

Por Rafael Fraguas en El País.