19 junio, 2014

Trastevere, la Roma más castiza

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Hoy en día, hay mucha Roma todavía al oeste del Tíber, muchos barrios, incluido el Vaticano. Aun así, para los romanos, Trastevere, que literalmente significa «tras el Tíber», sigue siendo aquel asentamiento etrusco donde se instalaron sirios y judíos en el Imperio Romano y que, después de albergar durante siglos a la clase obrera de la capital de los estados pontificios, se ha convertido en el último reducto de la Roma más castiza.

Música callejera en las terrazas.

Sus límites lo marcan la colina del Gianícolo, que muchos lo consideran parte del barrio, y el río Tíber, entre los puentes del Príncipe Amadeo. Es allí donde comienza el barrio tradicional del Borgo que antecede al Vaticano propiamente dicho y el del Sublicio, al sur, a la altura de Porta Portese. En realidad, hay muchos Trastevere y cada uno con su personalidad propia. El más conocido, turístico y pintoresco es el que se encuentra al oeste del Viale di Trastevere, la columna vertebral del barrio.

Allí, por la mañana, la actividad se centra en la Piazza San Cosimato, todavía famosa por su mercado de abastos donde parece que nada hubiese cambiado desde hace siglos y con tiendas de siempre como la Drogheria Innocenzi. Es un buen sitio para escuchar el auténtico dialecto romano y descubrir cómo son esos hombres y mujeres (los trasteverini) que dicen proceder de los mismos etruscos.

El dialecto romano

Hacia el mediodía la actividad se traslada alrededor de la iglesia de Santa María in Trastevere, cuyos orígenes se remontan al siglo XII, tiempo del que se conservan magníficos mosaicos aunque su fachada ya es de finales del siglo XVII y refleja el estilo de Carlo Fontana. Desde los años 50 del pasado siglo, la zona se ha llenado de bares y restaurantes que al principio atraían sobre todo a artistas e intelectuales pero que han terminado dando paso a turistas buscando esa Roma de postal con calles adoquinadas y aire medieval que han visto tantas veces en el cine. Para ellos se ha habilitado un mercadillo en la Piazza Sant’Egidio, donde también se puede visitar el curioso Museo di Roma in Trastevere.

A medida que avanza el día, el bullicio se mueve a otras callejuelas cuajadas de bares, incluso al otro lado del Viale di Trastevere, para terminar, ya de madrugada, en Piazza Trilussa. Más allá de la Porta Settimiana (una de las pocas puertas medievales que se conservan a este lado del río) comienza otro Trastevere más tranquilo, elegante y señorial. Es el que mira al Tíber desde el entorno de Via de la Lungara y donde muchos nobles y cardenales de los estados pontificios se hicieron construir espléndidas villas. Como el Palazzo Corsini, que hoy ocupa la Galleria Nazionale d’Arte Antica, una de las grandes pinacotecas romanas. En su día, albergó a personajes tan carismáticos como la reina Cristina de Suecia o a la familia que le ha dado su actual nombre.
Vistas de Il Gianicolo.

También se puede visitar la Villa Farnesina, que se hizo construir Agostino Chigi, el banquero del Papa Julio II, y que todavía conserva maravillosos frescos nada menos que de Rafael quien, por cierto, aprovechaba el encargo para visitar a su amante, la famosa Fornarina, que vivía en una casa más modesta no lejos de allí. Muchos de estos palacios y monasterios fueron construidos en el entorno del actual Jardín Botánico y la colina que ahora se identifica con Il Gianicolo, donde no hay que perderse el Tempietto de Bramante, en el interior de San Pietro in Montorio, una de las obras capitales del Renacimiento italiano que, curiosamente, se encuentra bajo la custodia el estado español.

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Ambiente original

Pero aún hay otro Trastevere al este de la avenida o Largo que lleva su nombre. Es mucho más tranquila menos turística y aunque comienzan a instalarse algunos artistas que, a su vez, atraen a galerías de arte, todavía conserva su ambiente original. Quedan muchos artesanos, abundan los típicos colmados y los hornos de pan donde se hacen todo tipo de pizzas.

Interior del Jardín Botánico.

Tampoco faltan monumentos, como San Franscesco a Ripa, donde todavía se puede ver la celda donde se alojó san Francisco de Asís cuando vino a Roma en 1299, o la tumba del gran pintor metafísico Giorgio de Chirico. A nivel artístico, la obra más importante es la muy sensual escultura que Gian Lorenzo Bernini le dedicó a la beata Ludovica Albertoni.

Otra joya es la iglesia de Santa Cecilia in Trastevere, construida sobre una antigua basílica del siglo V y que conserva restos de los que, para muchos, son los mejores frescos del siglo XIII de Roma. Más allá, aparece Porta Portese, que daba paso al gran puerto de Ripa, donde se encontraban los astilleros pontificios y sus principales almacenes portuarios. Allí se celebra todos los domingos desde las seis de la mañana a las dos de la tarde el mercadillo más grande y emblemático de Italia.

Por Javier Mazorra en Ocho Leguas.