23 junio, 2014

Tras las huellas de El Greco

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El próximo martes llega al Museo del Prado El Greco y la pintura moderna, una de las grandes citas del gran Año del pintor cretense, con motivo del IV Centenario de su muerte. Patrocinada por la Fundación BBVA, es la primera exposición que aborda su influencia en el desarrollo de la pintura de los siglos XIX y XX. Son más de cien obras, de Manet a Chagall pasando por el propio Greco, en las que segundas partes siempre fueron buenas.

Hace sólo unos días, clausuraba una de las exposiciones clave del Año Greco, El Griego de Toledo, que reunía, en un conjunto de obras nunca vistas hasta ahora, su producción en el marco histórico y social de la época. En pocos días, el Museo del Prado dará otro paso más en el estudio del pintor cretense con otra gran cita, El Greco y la pintura moderna, comisariada por Javier Barón, que rastrea, a modo de contrapunto, las huellas que sus pinturas han dejado en los artistas, la historiografía y otras instancias, aunque, sobre todo, las engarza en un análisis comparativo, cual eslabones que jalonan la “historia de los efectos” desde una estética de la recepción, con las de los artistas modernos.

El reconocimiento de El Greco se inicia a mediados del siglo XIX con el interés que despiertan sus pinturas en artistas españoles, como Fortuny y en otros creadores extranjeros desde que Manet visitara el Prado.. Desde finales de siglo, estas influencias se amplían gracias a los viajes, las estancias y visitas al Museo del Prado y Toledo por parte de artistas norteamericanos, como John Singer Sargent, Albert Pinkham Ryder y R. Henri; los ingleses P. Wyndham Lewis, Spencer Gore, David Bomberg, Henry Moore o Francis Bacon; los mexicanos Diego Rivera y José Clemente Orozco o los franceses André Masson y Nicolas de Staël. También tuvieron una acusada incidencia las copias de las pinturas de El Greco que realizaron in situ Fortuny y Madrazo, Giacometti, A. Delgado o G. Sutherland, y las que surgían tomando como modelo las reproducciones. Entre las más conocidas sobresale La dama del armiño, que será reinterpretada tanto por Cézanne como por Giacometti. Asimismo, abundaron las caracterizaciones de retratos al modo de Caballero de la mano en el pecho, como el de Santiago Rusiñol realizado por R. Pichot o el de Paul Alexander por Modigliani.

La estilización geométrica, el movimiento y los ritmos son los motivos de El Greco que atraen a los artistas

A veces, las analogías formales entre las pinturas de El Greco y de los diferentes artistas son fáciles de apreciar. Bastaría confrontar su Adoración del nombre de Jesús con el Estudio para la Resurrección de Max Beckmann, San Bernardino de Siena con El anacoreta de Zuloaga, San Sebastián con el Gitano de Robert Delaunay, La oración en el huerto con el Lacoonte con las homónimas realizada por Adriaan Korteweg, por no referirme a cómo Thomas Hart Benton y Pollock someten la Resurrección del Prado a una estilización que desvela sus ritmos o cómo lo hace Bacon a escorzos en Mujer tumbada. No menos fascinados se sentían por Toledo y las visiones pintadas por El Greco aquellos artistas que visitaban la ciudad y las emulaban. En esta imitación ocupa un lugar destacado Zuloaga, con pinturas como Toledo desde la Virgen del Valle, el Retrato de Maurice Barrés y Mis amigos, una cita de los escritores de la Generación del 98, simpatizantes del cretense, cuyo telón de fondo es la Visión de San Juan, que Zuloaga había adquirido en 1905.

También esta exposición da abundantes pistas sobre las huellas del Greco en el arte español. Desde los tempranos personajes estilizados y las cabezas al estilo de El Greco de Picasso, pasando por las obras de la Época Azul y Cubista, a las tardías interpretaciones desenfadadas y paródicas de El entierro del Conde Orgaz. Se trata de un capítulo poco explorado que llega hasta Dalí y los años 70 con las pinturas de Antonio Saura y otros artistas coetáneos. ¡De cara al futuro, merecería un análisis exhaustivo!

Intercaladas con las pinturas, se exponen las monografías con las que se inició la recepción historiográfica y las posibles improntas en los respectivos contextos. Entre las españolas, sobresalen la de Manuel Bartolomé Cossio (1908), el intérprete canónico retratado por Sorolla, miembro a su vez del Patronato de la Casa del Greco; la de Miguel Utrillo en la que se compara San Martín y el mendigo y Muchacho desnudo a caballo con Caballo y muchacho vestido de azul de Picasso. Asimismo, al lado de la de Maurice Barrès y P. Lafond (1911), resaltaría el influyente Viaje español (1910) de Meier-Graefe y El arte del Greco (1914), de H. Kehrer, en la que muestra Vista de Toledo junto a paisajes de Zuloaga, Rivera, Bomberg y Soutine.

Uno de los aciertos de la exposición es que las pinturas reunidas de El Greco no proceden únicamente del Prado, sino de importantes museos como los de Múnich, Budapest, Chicago, Nueva York, Washington y otros. Precisamente, aquellos que coleccionaron tempranamente fuera de España sus pinturas y organizaron las primeras exposiciones. En este campo jugó un papel destacado el artista Albert Pinkman Ryder, ya que a partir de 1902 promovió las adquisiciones para museos norteamericanos, inaugurando esa fascinación que todavía sienten por los grecos auténticos y, aunque no tanto, de su taller y escuela.

En la escena parisina es conocido el activismo y la fascinación de Zuloaga a favor de El Greco no sólo porque su pintura revele grandes afinidades formales con las del cretense sino por la tarea como coleccionista y divulgador de su arte desde principios del siglo XX. No en vano, en su estudio de París, La visión de la Apocalipsis pudo ser contemplada durante años por Picasso, influyendo incluso en Las Señoritas de Aviñón, y probablemente también, dada la amistad que les unía a los hermanos Stein, por los artistas norteamericanos afincados en la capital del Sena.

No obstante, la ‘grecomanía’ se consagró gracias al conocimiento de su obra por Centroeuropa. A este respecto es llamativo que, escoltado por Velázquez y Goya, estuviera representado en la Secesión XVI (1903) de Viena bajo las veladuras del impresionismo. En 1911, la Vieja Pinacoteca de Múnich le dedicó una exposición con las obras adquiridas por el coleccionista húngaro Marczell von Nemes. Más significativo todavía resulta que en la Sonderbund de Colonia (1912), la mayor exposición moderna realizada hasta entonces, El Greco fuera el único artista del pasado representado en ella, escoltado de un modo sintomático por Van Gogh y Picasso.

La mirada moderna se fijó más en aquello que repudiaban sus contemporáneos

Este reconocimiento culmina en una exaltación por parte de los miembros del grupo El Jinete Azul (Kandinsky, Franz Marc y A. Macke) con el apoyo de Bernhard Koehler, fabricante berlinés y coleccionista, cuya sobrina Elisabeth estaba casada con Macke. Precisamente, por sugerencia de este pintor, “el tío Bernhard” adquirió el San Juan Bautista que expuso en la Galería Thannhauser de Múnich, que en 1912 aparecerá confrontado en el famoso Almanaque de Der Blaue Reiter con una de las versiones de la Torre Eiffel de Robert Delaunay. Frente a la indiferencia general o el encono del mundo del arte, la sensibilidad expresionista de El Jinete Azul sintonizaba con la del cretense invocando por sorpresa un aliado inesperado: Cézanne. “Señalamos con agrado y con insistencia el caso del Greco, porque la glorificación de este gran maestro está íntimamente ligada al florecimiento de nuestras nuevas ideas artísticas… La obra de ambos representa hoy la entrada en una nueva época de la pintura… la mística construcción interior, que es el gran problema de la generación actual”, escribía Franz Marc. ¡Es una pena que no se hagan más visibles con más obras las afinidades entre ambos!

Es cierto que en su estilo “cubo-expresionismo” se detectan más las huellas formales del “padre Cézanne” que de El Greco, pero no lo es menos que este “viejo místico” impregnará no sólo las visiones cósmicas y apocalípticas celestiales, sino las más terrenales, como las de Ludwig Meidner, Javkov Steinhardt y otros expresionistas “patéticos” que aterrizan en la tierra y se zambullen en la vida conflictiva de la metrópoli moderna.

Thomas Hart Benton se encontraba en Chicago cuando el Art Institute adquirió en 1906 la Asunción de la Virgen, pero su interés hacia su pintura se despertó todavía más unos años después en París tras visitar una exposición de Zuloaga. Sin duda, algo similar les sucedió a los pintores “sincromistas” Stanton Macdonald-Wright y M. Russel. En esta línea interpretativa la estilización geométrica, el movimiento y los ritmos son los motivos de El Greco que atraen a todos ellos en las obras más abstractas o en las figurativas. Es una lástima que Benton esté únicamente presente con alguna pintura menor, ya que, como es sabido, su principal contribución se encuentra en los murales oficiales que realizó en diversas ciudades del Medio Oeste durante los años 30.

Pollock, que fue alumno de Benton, se interesó por lo murales que realizaba en California el mejicano Luis Clemente Orozco, quien a su vez estaba influenciado por la atracción grequiana de André Masson cuando se traslada a Estados Unidos. A pesar de tales mediaciones, Pollock ensayará con los ritmos figurativos y los movimientos abstractos, inspirados por El Greco, en pinturas tan conocidas como La llama y Gótico. Energías rítmicas y distorsiones figurativas que también exploraron durante los años 40 los expresionistas abstractos Cl. Still, A. Gorky y De Kooning bajo la impronta de El Greco, pero no menos bajo el hechizo de Picasso.

El reconocimiento de El Greco culmina en la exaltación del pintor por parte del grupo El Jinete Azul

En todas las obras que encontramos en esta exposición comprobamos cómo la mirada moderna se fijó más en aquello que a menudo repudiaban sus contemporáneos. Una seducción similar es la que inspira a los artistas contemporáneos reunidos por Isabel Durán en otra de las muestras importantes de este IV Centenario del Greco, Entre el cielo y la tierra, con Broto, Pierre Gonnord, Luis Gordillo, Cristina Iglesias y Carlos León entre otros, que puede verse en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid y que el próximo septiembre vendrá a la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Los motivos tanto pueden ser los ritmos agitados y los torbellinos vertiginosos como las deformaciones, el retorcimiento de los cuerpos y los escorzos de las figuras; tanto los tratamientos abstractos de las nubes y otros fenómenos de la naturaleza como los colores ácidos y las armonías disonantes. No menos seducen la gestualidad y el accionismo, por no mencionar los rostros de los personajes y el lenguaje de las manos, las transparencias de los encajes y las veladuras dispersas, si es que no las palpitaciones que insinúan la desmaterialización y acentúan las tensiones entre lo real y lo transcendente. Ambas exposiciones cursan una invitación a un viaje artístico, pródigo de aventuras que, lejos de haber alcanzado su Ítaca, y a expensas de futuras exploraciones, promete ser largo, si no interminable. A diferencia de lo que se presumía hace un siglo, con la advocación al Greco nadie pretende iniciar una nueva época, pero sí reconocer a un artista intempestivo y fuente de inspiración para recorridos impredecibles trazados por los casi inagotables registros artísticos que enarbola.

Por Simón Marchán Fiz para El Cultural