30 noviembre, 2011

¿Trabajar duro o trabajar bien? por Carmen Alba

Cuentan que, en el tiempo de los titanes, el esfuerzo era requisito fundamental para alcanzar los  laureles, siempre efímeros. Apenas conseguidos, se cernía sobre ellos un nuevo reto, una nueva maldición, o un nuevo juego de dioses aburridos y tiránicos, que les obligaban a superar el anterior.

img_articuloSupongo que en alguna parte de nuestras mentes aún resuenan los gritos del esfuerzo de Prometeo, y nuestra deuda eterna frente al inmenso regalo del fuego prendido en la rama del malvavisco… Pero eso lo dejaremos para mejor ocasión…

Hoy, un amigo me ha hecho llegar un post en el que se podía leer “Ley única de la ética profesional. Work hard and be a nice people”. Trabaja duro y sé buena gente. Y he dedicado unos minutos a reflexionar sobre el mensaje, que parece haberse convertido –para algunos cuando no para muchos- en una desiderata, al tiempo que amenaza, de estos tiempos.

Sin embargo, creo que el “work hard” de los pioneros de todas los tiempo, culturas y circunstancias,  más que con la ética del trabajo está vinculado a la moral del trabajo. Si se me permite,  prefiero utilizar el  término “Trabajar bien”. 

“Trabajar bien” considero que permite validar en tiempo real cuáles son las actitudes, las habilidades, los  conocimientos, las proyecciones y los entornos más adecuados para alcanzar la sostenibilidad, la viabilidad, sin obviar la ecología, de cualquier proyecto, profesional y personal. Diría que “bien” enfoca la dirección y el rumbo –incluso el ritmo-, y sienta las bases de mejorabilidad  de futuros escenarios más adecuadamente que un enfoque potencialmente “endurecedor”, –que evoca más la potencia-. 

Obviamente, en determinadas circunstancias hay que trabajar no duro, sino muy, incluso muy muy duro… Pero creo que sería oportuno orillar el durísimamente, ya que este patrimonio les pertenece –por desgracia-  a  la realidad cotidiana de tantos millones de personas que sobreviven en paupérrimas y exiguas condiciones laborales, si esta acepción se me permite, la de “condiciones laborales”.

Sin embargo, “trabajar duro” no necesariamente ha de estar recompensado con unos resultados adecuados. Es más, diría que el acento no está en la acción –y objetivo al tiempo-  sino en el procedimiento, en el sudor más que en el fin, en el deseo de  linealidad frente al desasosiego de las bifurcaciones. Creo, sin ser una experta en cuestiones filosóficas, sociológicas ni antropológicas, -sólo soy una storyteller- que la dureza está circunscrita a entornos y resistencias de ultrasupervivencia, a experiencias extremas o voluntades titánicas –cuando demiúrgicas-, o a espectáculos de masas, donde nada es lo que parece, aunque también lo sea. Paradojas de los sistemas complejos no lineales.

El esfuerzo como mantra supone un gasto elevado de recursos, físicos, mentales, sociales, económicos, no siempre justificados. Incluso pueden llegar a poner en peligro a los espacios –reales, sociales y mentales- y a sus habitantes. No puedo evitar recordar el ejemplo de “trabajo duro, intenso y extensivo” llevado a cabo por amplios sectores, y no exclusivamente productivos,  de todo el orbe  para obviar la realidad y presentarla como un escenario de humo densificado e hipnótico. 

Dicho todo ello, quiero mostrar mi más profundo agradecimiento y reconocimiento a todas aquellos seres humanos –constructores de sistemas sociales- que nos han precedido, –creo recordar que algunos científicos apuntas a 8000 generaciones-  y que gracias a su esfuerzo y resistencia frente a los elementos y los elementales, fueron capaces de generar sistemas y espacios donde el valor añadido es un referente, cuando no cimiento, social.

Volviendo a mitologías, el pequeño Yoda dijo…

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