24 septiembre, 2014

Sorolla, otro dios en el fervor de Nueva York

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Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia, 1863-Cercedilla, 1923) fue una torrentera humana. Aquel muchachito huérfano, criado por su tío cerrajero, se convirtió en una figura internacional antes de cumplir los 40 años. A finales del siglo XIX, el pintor había acumulado una obra, un prestigio y un caudal de críticas fabulosas como no se había conocido en España.

Fue una referencia. Quizá el primer creador que se puso de moda a la manera en que ya configuraría sus modas el siglo XX. Y se aupó a la cumbre con una obra que, aún hoy, sigue manteniendo intacto un cierto desafío. ¿Es un virtuoso o un pintor profundo? ¿Hasta qué punto es una cosa compatible con la otra? Sorolla, después de muerto, ha luchado contra muchas cosas: el olvido, el chovinismo, el desprecio, los prejuicios…

El Museo del Prado le dedicó una exposición antológica en la que dio cuenta que, con el tiempo, había ganado peso. Demostró también que seguidores había tenido muchos, pero malos. Y cauterizó la herida del pintor del folclore que le habían dejado abierta. Con esa misma voluntad, la Fundación Mapfre (Paseo de Recoletos, 23) regresa ahora a Sorolla con una propuesta que incide en la abundancia de registros del artista valenciano a través de una muestra, abierta hasta el 11 de enero con el título de ‘Sorolla y EEUU’, que reúne 150 piezas para dar cuenta de su aventura americana entre los años 1909 y 1911. Una investigación de Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del pintor, que tiene casi rematado el catálogo razonado donde documenta casi 4.000 obras.

Esta cita es el testimonio de esa proyección triunfal que vivió el artista en EEUU, donde comenzó exportando estampas de consumo rápido con temas españoles y acabó injertando nuevos registros en su pintura. “Sorolla fue acogido en Norteamérica con auténtica devoción, mucho más que los impresionistas. Y, al mismo tiempo, fue uno de los protagonistas del cambio de gusto de la sociedad estadounidense. De la alta sociedad, que pronto apreció su trabajo. Principalmente, con los retratos al aire libre”, sostiene Pablo Jiménez, director de la Fundación Mapfre.

Su primer mecenas fue Archer M. Huntington, un millonario fascinado por la cultura española que en 1904 fundó la Hispanic Society de Nueva York, para la que le encargó los murales de ‘Visión de España’. Allí presentó Sorolla su primera exposición en Manhattan después de triunfar en París y Londres. Fue un acontecimiento extraordinario: 160.000 visitantes y más de 20.000 catálogos despachados.

A Huntington se sumaron con igual entusiasmo otros poderosos: desde la familia Morgan al presidente William Howard Taft o a Louis Comfort Tiffany (hijo del fundador de la mítica joyería). A todos ellos, y a los principales museos y colecciones estadounidenses, vendió obras fundamentales de su etapa de madurez, que se reúnen por primera vez en esta exposición.

Boston, Chicago, San Luis y Búfalo fueron sus otras dos plazas. Y más allá de las piezas importantes (y también de los retratos relamidos que tuvo que atender), hay sitio aquí para un Sorolla íntimo, dibujante convulso, que todo lo registra a lápiz en las cartas de los restaurantes en los que comía y en los tarjetones de los hoteles en los que se hospedaba. Siempre dentro del vigor del lujo. Son estampas de ciudad y circunstancia que demuestran el poderoso dibujo de Sorolla y el rotundo uso de las sombras y las perspectivas.

Algunas obras, como ‘El bote blanco’. ‘Jávea’ o los retratos de Alfonso XIII con uniforme de húsares o el de W. H. Taft dan cuenta del pulso febril de un pintor que es uno de los iconos del hecho de la pintura como un ejercicio físico directo. Definitivamente, Sorolla es uno de esos creadores que para ser gozados no requieren demasiadas explicaciones. Eso lo debilitó, pero eso mismo es también parte de su fuerza intacta.
Itinerario de un triunfo

Un niño distinto. A los cinco años, Joaquín Sorolla ya demostraba unas dotes singulares para el dibujo. Y en la adolescencia, irremediablemente, ya se confeccionó como pintor, cuando compartía estudio con Benlliure y Pinazo. Europa. En 1885 viaja a París con su amigo Pedro Gil. Allí descubre a los impresionistas, que propiciaron variaciones en su temática y su estilo. Por entonces vivía una temporada en Roma.En 1900 fue reconocido en París por su cuadro ‘Triste herencia’. América. El reconocimiento internacional que fue amasando en París le sirvió de lanzadera para afianzar su firma en EEUU, donde en 1909 realizó su primera exposición en la Hispanic Society de Nueva York, por donde pasaron 160.000 personas en pocos meses.

Por Antonio Lucas en El Mundo.