20 mayo, 2015

¿Son libres los museos?

gavins

Nuestro ecosistema es la iconosfera. Percibimos y entendemos la realidad a través de imágenes. Nadie duda de la centralidad de estas últimas en nuestra comprensión del mundo. Ahora bien, su importancia no radica en describir fielmente lo que nos rodea o revelar los entresijos del poder, sino en ser aquello a través de lo cual y por lo cual los poderes dirimen sus fuerzas. Como ya anticipó Hogarth en su famoso grabado de 1743, The Battle of the Pictures, el presente se caracteriza por el continuo conflicto de representaciones y apariencias.

Se diría que a estas alturas del siglo XXI ya no existe contenido o forma que resulten problemáticos a la mayoría de la gente. De hecho, a pesar de que a menudo describen figuras y ambientes míseros o situaciones que pueden resultar chocantes, algunas prácticas artísticas supuestamente críticas favorecen, en realidad, el consenso y coadyuvan a la anestesia social. En las estrategias de comunicación se calcula el escándalo al milímetro: sirve para fijar la mirada y provocar las ventas, no para cuestionar un sistema de valores dominado por el mercado.

¿Son libres los museos? ¿Existe una auténtica libertad de expresión? Los principios de gobernanza y los códigos deontológicos de entidades como el CIMAM (Comité Internacional de Museos de Arte Moderno) o el ICOM (Consejo Internacional de Museos) parecen garantizar unas normas que aseguran que cada agente desempeñe su papel con libertad: los patronos hacen de patronos y no se inmiscuyen en las decisiones académicas o curatoriales, los artistas realizan su trabajo sin coacción y el público disfruta de lo que se le ofrece en un ambiente que facilita su implicación activa, no el consumo. Bastaría con que estas máximas quedasen claramente definidas para que la institución funcionase sin cortapisas de ninguna clase.

No pocos museos, tras alcanzar altos niveles de independencia, vuelven a posiciones superadas
El CIMAM y el ICOM son organismos internacionales cuyas estructuras y funciones no difieren en naturaleza de las del resto de instituciones imaginadas por la modernidad liberal. Estas se basan en la separación de poderes y en una concepción idealista de la sociedad, ubicándose más allá de nuestra vida y fuera de la historia. El museo sería, de este modo, una especie de receptáculo neutro en el que todo lo artístico, pero sólo lo artístico o lo que en ese momento se define como tal, tendría cabida. La observancia de unas reglas de carácter universal sería la medida necesaria para sancionar su funcionamiento. Cualquier disrupción de esta lógica sólo podría deberse al mal uso que se hiciese de ella, sea porque el país que alberga estas instituciones no responde todavía a estructuras “democráticas” o porque los artistas o usuarios de las mismas no han depurado su acciones y experiencias.

Es verdad que, en los últimos años, los casos de injerencia directa en los museos han sido relativamente pocos. Pero, no es menos cierto que se ha impuesto una visión gerencial de los mismos, todo se mide en términos de cuenta de resultados. No se evalúan los proyectos artísticos por su relevancia estética o pedagógica; lo importante no son los procesos, sino la eficacia de la gestión y su capacidad para generar recursos. En consecuencia, se suele encorsetar a las instituciones públicas en un aparato burocrático complejo, que tiende a la banalidad, a preservar los procedimientos establecidos y asegurar la ortodoxia legal, no a impulsar la innovación o la capacidad para provocar desplazamientos e imaginar nuevos mundos. Y no hemos de olvidar que, a partir del 11 de septiembre del 2001, el neoliberalismo entró en una fase militarizada que originó al mismo tiempo el temor general hacia el enemigo externo y una profunda inseguridad respecto a formas agresivas de vigilancia interna.

La precariedad social y laboral provocada por la crisis de 2008 ha acentuado ese miedo y llevado a que diversos sectores del frágil sistema artístico asuman posiciones conservadoras, cuando no de auténtica autocensura, que pretende evitar cualquier cosa que ponga en peligro la subsistencia de la entidad y nuestro lugar en la misma. Las denominadas guerras culturales de los años 80 en los Estados Unidos fueron paradigmáticas en este sentido. Sabemos que bastantes museos dejaron de programar exposiciones en las que se incluyeran imágenes explícitas de sexo, críticas a la religión o determinadas posiciones políticas.

En el caso del MACBA, el director se entregó por un delito que todavía no había cometido
Toda comunidad concibe sus propias formas de organización y las ordena con el objetivo de aprehender mejor el mundo en el que vive y en torno al cual se organiza. Las instituciones responden a ideas heredadas, que sedimentan con el tiempo y condicionan nuestras formas de convivencia y relación: habitamos nuestros museos tanto como ellos nos habitan a nosotros. Pero la sociedad no es algo estático, sino agónico. Se constituye a partir de la interacción de una serie de fuerzas que antagonizan entre sí, buscan alcanzar una posición hegemónica y derrocar a un poder que, aun siendo dominante, no siempre representa a la mayoría.

Así pues, como el resto de las estructuras sociales, los museos no son instancias establecidas de una vez para siempre. Su naturaleza es también agónica. Son lugares que ocupamos con una clara voluntad de transformación. Pero, ¿se corresponden los museos con aquellos aspectos más progresistas del arte contemporáneo o se han adaptado a las presiones de un mercado más voraz cada día? ¿Responden a las demandas de la sociedad? Y si es así, ¿a qué sectores de la misma: a los que detentan el poder económico, a aquellos que mantienen el poder político o a los que aún carecen de voz? En pleno siglo XXI, el museo sigue en la encrucijada.

Es innegable que cualquier mutación real que se haga en el museo y que no vaya en la línea del statu quo requiere un gran esfuerzo y es difícil que, una vez conseguida, pueda pervivir sin más, por pura inercia. La realidad es obstinada y confirma que no pocos museos, después de alcanzar niveles críticos y de independencia muy significativos, vuelven a posiciones que parecían ya superadas. El ejemplo más reciente lo tenemos en lo sucedido en el MACBA. Han bastado una serie de acciones para demostrar que las cosas no eran tan claras como creíamos y para evidenciar los extraños vínculos que unen cultura y poder. Cuando el museo goza de autoridad su autonomía puede ser muy amplia y es el momento para proponer estructuras, dispositivos y relatos anómalos que resistan la absorción y generen espacios de libertad y antagonismo.

Posiblemente, en el caso del MACBA no haya habido presiones directas por parte de la administración o de otros miembros del patronato. No ha hecho falta. El propio director ha acabado entregándose por un delito que, en este caso, todavía no había cometido. Censurando para no ser censurado. El problema no reside tanto en la censura en sí misma, sino en que ésta es síntoma de una batalla más compleja. La solución reside en generar y estimular nuevas formas institucionales, que desde su exterioridad interpelan al propio museo, creando espacios que permitan el empoderamiento del público, la implicación activa del museo en la ciudad, el replanteamiento de los relatos oficiales y, en palabras de Edouard Glissant, un modo “oral” de entender la historia y las colecciones, que haga muy difícil su mercantilización. Esos son los retos y la fuerza del museo.

Por Manuel Borja-Villel en El Cultural.