26 noviembre, 2013

Solo para millonarios

1177818753_850215_0000000000_sumario_normalEmpezó comprando pinturas discretas para decorar su casa de recién casado, en México. Luego las fue sustituyendo por verdaderas obras de arte. Cuadros cuidadosamente elegidos que buscaba en galerías de arte, esculturas, muebles antiguos, libros raros. Poco a poco, la afición fue creciendo, y los óleos llenaron la casa de México y otras dos más en España. Y un día se dio cuenta de que pensaba casi más en su colección, en cómo cuidarla y ampliarla, que en sus negocios. Hasta el punto de saltar de la cama por la noche y lanzarse al salón a buscar en un lienzo, linterna en mano, la firma del artista descubierta de pronto en el catálogo. El empresario Plácido Arango -dueño del Grupo Vips-, coleccionista desde hace cincuenta años, no sabe cuándo se operó ese cambio, pero reconoce cuando reflexiona sobre los síntomas que atesorar obras de arte ya no es para él una mera afición, sino una pasión. Una pasión que se alimenta a sí misma y que puede ser obsesiva, cuando el deseo de posesión se desborda. Es un juego también, altamente competitivo, en el que se lucha porque la pieza deseada no caiga en manos de otros. Un juego en el que todos presumen de tener buen ojo, y en el que, para disfrutar, es requisito imprescindible olvidar cuanto antes los errores.

Arango no se considera un experto en arte, un erudito, sino un buen aficionado que conoce los entresijos de los circuitos artísticos. Dedica tiempo a disfrutar de sus obras, a leer libros especializados y revistas, a conversar con los expertos que le asesoran, a escuchar el dictamen de los restauradores -se fía mucho de dos en particular-, a regatear con marchantes y anticuarios. Y así ha ido engrosando poco a poco su colección de pintura, básicamente española: una de las más hermosas y estéticamente coherentes que existen en España. Obras de Goya, de El Greco, de Zurbarán, de Ribera, de Murillo, de Van der Hamer, de Pedro de Campaña, de Yepes, de Orellana, de Fortuny, de Gutiérrez Solana, de Dalí, de Miró, de Sorolla, de Tàpies, de Barceló, de Saura, y una extraordinaria de Picasso pintada en Aviñón en 1914. Piezas buscadas una a una, a las que se añaden preciadas esculturas de Henry Moore, de Louise Bourgeois, de Juan Muñoz, de Cristina Iglesias…

Arango, nacido en México, hijo de asturiano, miembro del patronato del Metropolitan Museum of Art de Nueva York (lo ha sido también del Prado), es uno de los grandes coleccionistas de arte españoles. Pero los síntomas de su pasión, en menor o mayor grado, son los mismos que presentan decenas de otros amantes del arte. La empresaria Alicia Koplowitz pasa noches en vela cuando tiene entre manos la compra de una gran obra. La galerista Helga de Alvear, dueña de una gran colección de pintura y fotografía de artistas actuales -tiene también obras de Kandinsky, de Marx Ernst, y un dibujo de Picasso-, dedica los fines de semana a documentarse sobre los artistas que más le interesan, leyendo revistas especializadas. Juan Abelló vive pendiente de su museo particular, disperso en cinco casas, y a la menor duda sobre el estado de sus joyas convoca a los restauradores.

Así son los coleccionistas. Gente que cuenta con un equipo dedicado a archivar los expedientes de sus cuadros, elaborar el catálogo, colocar los lienzos en el mejor emplazamiento, restaurarlos, asesorar al comprador…, porque el arte con mayúsculas es una disciplina difícil, que requiere preparación profesional. Luego está el olfato, la osadía, el amor al riesgo, y la capacidad económica exigida para afrontar un lujo de tales proporciones. Pero hay arte para todos los bolsillos, protesta Helga de Alvear. “Yo no tengo segunda residencia, ni yate, ni un gran coche. Compro obras de arte, es cuestión de elegir”. A juzgar por el auge de ferias y subastas de arte, son cada vez más los que piensan como ella. La afición aumenta también a medida que crecen las cuentas bancarias, en una España próspera, llena de nuevos millonarios gracias al boom inmobiliario.

En el plazo de unos pocos años, este país se ha convertido en un mercado importante para las casas de subastas. Christie’s, que organizó en 2004 su primera subasta en Madrid, vendió obras por valor de 15 millones de euros en la última, de octubre pasado.

Por Arco pasa la mayoría de los coleccionistas grandes, medianos y pequeños. Y compran arte a raudales. Cada uno según sus gustos y su nivel. Helga de Alvear disfruta descubriendo artistas jóvenes, pero no se plantea siquiera la posibilidad de poseer un greco, un goya o una escultura de Henry Moore. Tampoco Pilar Citoler, dentista de profesión y dueña de una notable colección de arte contemporáneo. Ni Fernando Meana, abogado que posee importantes obras de artistas actuales. Son conscientes de la imposibilidad de llegar al nivel de los Arango, Abelló, Koplowitz, March o Várez Fisa, que atesoran obras valoradas en muchos millones de euros por las aseguradoras, fuertemente protegidas y cuidadas con mimo en las respectivas mansiones. Un grupo que forma parte del restringido club de los grandes coleccionistas internacionales, en el que apenas caben dos centenares de socios, según la revista especializada Artnews.

José Luis Várez, quizá el más hermético en un colectivo obsesionado con la discreción, es un coleccionista nato que hace años vendió al Estado las piezas de cerámica griega y romana que había ido juntando. Es dueño de un velázquez y ha comprado mucha pintura antigua española en el extranjero.

1177818753_850215_0000000001_sumario_normalNo menos herméticos y reservados son los banqueros mallorquines Juan y Carlos March, dueños de excelentes colecciones; lo mismo que el financiero Juan Abelló y las hermanas Alicia y Esther Koplowitz. Sus colecciones no son accesibles al público, pero salen de casa cada vez más, porque es difícil resistirse a las constantes peticiones de préstamo de museos y galerías. Juan Abelló está dispuesto a cederlas con la condición de que no tengan que cruzar el Atlántico. No es que el avión le asuste, pero un desplazamiento tan largo le intranquiliza. En caso de accidente, el dinero del seguro nunca podría resarcirle de la pérdida.

Arango considera el préstamo casi una obligación. No hay que mantener la colección cautiva. El coleccionista comienza su carrera alentado por una especie de codicia, cree él, llevado por el deseo de poseer con total plenitud la obra, pero acaba siendo desprendido. Por eso mucha gente ha visto su célebre dalí Violetas imperiales, de 1938, una fecha todavía espléndida en la producción del artista. Una obra que viajó al Guggenheim de Nueva York en 2006, formando parte de la exposición de pintura española De El Greco a Picasso. Y alguno de los mejores bodegones que posee se exhibió en la National Gallery de Londres, a mediados de los años noventa, en la muestra Spanish still life. En octubre pasado, Arango cedió una selección de sus obras de los siglos XVI al XIX al Museo de Bellas Artes de Oviedo.

Su larga experiencia le permite manejarse con soltura entre los grandes marchantes. Sabe que el gran riesgo a la hora de comprar pintura antigua es su estado de conservación, algo que no se ve a simple vista. Y que puede resultar fatal, porque convierte a la pintura en algo frágil, y la deprecia. Pero no sólo influye el tiempo. Artistas del siglo XX como Jackson Pollock o Marx Rothko cuidaban poco la calidad de la pintura que utilizaban.

A Arango le gusta revisar una y otra vez la obra gráfica que ha ido adquiriendo: grabados, litografías, aguafuertes. Pero nunca habla de lo que ha pagado por sus tesoros. Ni por la pintura religiosa que cuelga de los muros de su casa. Inmaculadas de Murillo y monjes de Zurbarán, que no alcanzan en el mercado internacional la misma cotización que la pintura civil. Sólo los bodegones, un arte supuestamente menor, escapó en España del rigor de la contrarreforma, y hoy se cotizan más que los santos. “Entre colgar una crucifixión y un bodegón en el salón de tu casa, ¿quién dudaría?”, dice un experto.

Casi ningún coleccionista está cómodo hablando de precios y cotizaciones. Pero el mercado manda. La última adquisición de Juan Abelló, un impactante tríptico de Francis Bacon, costó 25 millones de euros. Es una pintura enorme, un fogonazo de luz naranja sobre el que se desplazan figuras retorcidas. Abelló es un gran amante del pintor atormentado, del que ya poseía una obra, un pequeño tríptico de 1975. Hace unos años pagó casi diez millones de euros por una bailarina de Degas que adorna su despacho en el palacete de Torreal, la compañía inversora que preside. Hay cuadros de Barceló, Miró, Tàpies, de José María Sicilia, paisajes del Madrid barroco, de autores anónimos, tapices, una preciosa colección de dibujos del siglo XVII, y el fabuloso bacon. Obras que valen mucho más que la sede de la financiera, comprada a los árabes por algo más de 17 millones de euros.

Si artistas de menor reputación se cotizan tanto, ¿cuánto puede valer entonces el velázquez de Várez Fisa, un retrato imponente del conde-duque de Olivares casi idéntico al que posee la Hispanic Society of America? Por sorprendente que parezca, la última obra del genio sevillano que se subastó en el mercado, en 1999, Santa Rufina, se adjudicó por unos ocho millones de euros. Una suma muy baja si se considera que, en 2003, el Museo del Prado pagó 23 millones de euros por El barbero del Papa, también de Velázquez. “Lo que se subasta no es tanto una firma de prestigio como una obra determinada. Por eso los precios oscilan muchísimo dentro de la producción de un artista”, comenta un experto de Christie’s. Sólo eso explica que en la subasta organizada por esta firma británica en Nueva York el pasado noviembre, obras de Gustav Klimt y Kirchner rondaran los 40 millones de dólares (30 millones de euros), frente a algún cuadro de Picasso, vendido por menos de la mitad. La moda y la obra mandan. Todavía resulta difícil digerir las sumas pagadas por Number five, de Pollock, y Woman III, de Willem de Kooning: nada menos que 140 y 136 millones de dólares, respectivamente (107 y 104 millones de euros).

Son precios excepcionales, que no pueden tomarse como pauta absoluta del valor de mercado de un artista. No vale lo mismo una obra menor de Goya que La condesa de Chinchón, que el Museo del Prado compró en 2000 por 4.000 millones de pesetas (unos 24 millones de euros). El cuadro, fechado en 1800, es casi tan hermoso como Maja y celestina en el balcón, propiedad de Alicia Koplowitz. Su dueña pagó religiosamente el precio de mercado por esta joya. Un precio reducido al ser inexportable.

1177818753_850215_0000000002_sumario_normalAlicia Koplowitz y su hermana Esther son incondicionales admiradoras del pintor aragonés. Dos de los 17 cuadros robados del domicilio madrileño de Esther Koplowitz, en agosto de 2001 (todos fueron recuperados meses después), eran goyas. El episodio permitió confirmar que la mayor de las Koplowitz atesoraba obras maestras, entre ellas El columpio, del genio aragonés.

La afición de las dos hermanas tiene origen familiar. Su primera pieza fue la colección de 12 tablas de enconchados, heredada de sus padres, de la que sólo existen otras dos muestras en el mundo, una en Argentina y otra en el Museo de América. Son tablas que representan escenas de la conquista de América y fueron realizadas en el siglo XVII.

Alicia ha llegado más lejos en su afición por el arte. Y ha reunido un importante patrimonio. Conoce a fondo la historia de los cuadros que compra, y la de los artistas que los pintaron. Dedica no menos de 12 horas a la semana a atender esta pasión que la está llevando a ser un nombre de referencia en ese mundo. Forma parte del patronato de Christie’s y hace unos meses entró en el del Prado, lo que le causa una enorme satisfacción y orgullo. En su mansión de Madrid tiene varios goyas; un bellísimo picasso, de 1906, con un valor no inferior a los 10 millones de euros; lienzos de Egon Schiele, Gustav Klimt, Marx Rothko y Kees van Dogen. Tuvo un bacon, pero lo vendió en cuanto pudo, incapaz de convivir con una obra tan perturbadora. No se arrepiente. Sí lamenta, en cambio, no haberse hecho aún con un miró. No se trata, por supuesto, de atesorar firmas famosas. Como dice Helga de Alvear, “si sólo compras nombres estás perdida, porque el mejor artista tiene obras menores”.

A Koplowitz le interesa la obra, no sólo el artista; el lienzo que conmueve. Cuando se trata de pintura antigua, desconfía de la producción final del artista, porque muchos pintores recurrían a su taller, y se lo piensa mucho antes de dar el paso y comprar una pieza importante. No siempre acierta, pero la empresaria madrileña -a sus 53 años, la mujer más rica de España, según los datos recopilados por la revista Forbes-, que admira a Bill Gates y dedica parte de su dinero y de su tiempo a ejercer la filantropía, tiene a veces grandes golpes de éxito. Compró cuadros de Francesco Guardi, un pintor italiano del siglo XVIII que se cotiza al alza. En diciembre pasado se vendió un guardi en Londres por cerca de cinco millones de euros. Koplowitz tiene también esculturas de Giacometti, de Louise Bourgeois y una espectacular obra de Richard Serra: una enorme mole de hierro, delicada y ondulante como el casco de un barco, encajada en el jardín. Para fijarla hubo que reforzar el suelo.

La empresaria se siente orgullosa de haber contribuido con sus compras a que mucha pintura española no haya salido del país. También Arango, Várez Fisa y Abelló han hecho un esfuerzo por devolver a España parte del arte que se creó aquí y fue sacado ilegalmente al extranjero por sus dueños, o sencillamente formó parte del botín de invasores pasados. Nadie puede negarles ese mérito. Aunque escandalicen las cifras fabulosas que son capaces de pagar por un cuadro, existe la posibilidad de que un día en un futuro, estén al alcance de todos. A fin de cuentas, las obras del Museo del Prado son fruto del coleccionismo. Lo mismo que las del Thyssen Bornemizsa, el Picasso de Barcelona y tantos otros museos. El coleccionista, como piensa Plácido Arango, puede ser codicioso al atesorar las obras con las que sueña, pero al final, se vuelve desprendido. Capaz de compartir.

Del caos del IVA a la falta de incentivos fiscales

NO ES CASUAL que las grandes colecciones de arte privado estén en Estados Unidos. Además de ser el país con mayor número de multimillonarios, la legislación incentiva con importantes desgravaciones fiscales a los que compran obras de arte. España sería algo así como el reverso de la medalla. Aquí las desgravaciones brillan por su ausencia y los que compran cuadros fuera se ven obligados a pagar derechos de importación. “Y luego está el IVA, que en cada país es distinto. Aquí es el 16%, mientras en Alemania es sólo el 7%. Eso Bruselas tiene que unificarlo”, se queja Helga de Alvear. Por eso, durante años, “la gente compraba con dinero negro, a escondidas, sin una factura, sin un papel”, dice esta galerista. Así ocurren cosas curiosas. “Intentan hacer un catálogo razonado de José Guerrero y no pueden porque nadie sabe dónde están las obras ni quién las ha comprado”, añade.
No es el caso de los grandes coleccionistas, de los que compran legalmente obras con su correspondiente expediente, y pagan los impuestos de rigor. Pero, aun así, lo normal es que mantengan la mayor reserva sobre los precios de su adquisición, incluso sobre su colección. Sin alicientes fiscales es difícil competir con los magnates estadounidenses, con los rusos o con los chinos, que despuntan con fuerza como grandes competidores en el mercado del arte. Dentro de Europa, Alemania y Suiza ofrecen condiciones algo más favorables a los coleccionistas. Suiza es un caso especial. Un país pequeño que ha dado extraordinarios fondos artísticos, como el del galerista Beyeler.

La solución para los españoles que han reunido importantes firmas es, cada vez más, crear una fundación. Una fórmula que permite desgravar y facilita las adquisiciones, además de mantener las obras unidas y ligadas al nombre del propietario. La colección de Helga de Alvear, integrada por unas 2.000, muchas de ellas instalaciones y vídeos, irá a parar al futuro Centro de Artes Visuales y Fundación Helga de Alvear que se está construyendo en Cáceres. Un lugar que estará listo en 2010, que no se limitará a ser un contenedor museístico de esa colección, sino un centro vivo abierto a exposiciones, conferencias y espectáculos. También Pilar Citoler, dueña de más de 600 obras (la mayoría guardadas en un almacén), está preparando una fundación que vele por ellas. Algo que ya han hecho muchos otros coleccionistas, entre ellos Joaquín Rivero, de la inmobiliaria Metrovacesa, que posee magníficas obras; el catalán Josep Suñol Soler, cofundador de la inmobiliaria Habitat, y Francisco Daurella, dueño de numerosos cuadros de pintura española de los años sesenta y setenta.

Mario Rotllant, que posee una de las mejores colecciones de fotografía en España, creó también hace unos años una entidad para agruparla, la Fundación Fotocolectania.

 

por LOLA GALÁN, EL PAÍS