17 junio, 2015

San Petersburgo

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Conocida como “La Venecia del norte”, “la capital cultural de Rusia” o “el museo al aire libre”. San Petersburgo inconfundible por su perfecta armonía y gran belleza se convierte en el destino imprescindible para los amantes del arte y la cultura.

La ciudad que se creó hace más de tres siglos como ” la ventana a Europa”, hoy en día se define como una ventana abierta a todo el mundo, en la que se cruzan la historia y la actualidad. Conservadora del gran patrimonio histórico y cultural de la humanidad y, al mismo tiempo, dinámica y moderna, siempre dispuesta a estar orientada hacia el futuro.

Majestuosa y firme se presenta al visitante como una de las ciudades más bellas del mundo. Desde sus orígenes buscó ser una ciudad moderna, pero no dejó de mostrar las huellas de las diferentes épocas históricas. Manteniendo siempre su propio espíritu que hoy en día la siguen haciendo inconfundible. Ya que aunque tan sólo tenga una vida de poca más de trescientos años, está cargada de historia, tradición y misterio.

La gloriosa ciudad imperial de Pedro el Grande y la dinastía de los Romanov, fue fundada en 1703 bajo el reinado del emperador Pedro I, asegurando que Rusia tendría la salida al mar de Suecia, abriéndose hacia Europa, y reforzando la presencia del país en esa región.

Desde el principio el emperador tenía clara su idea, fundar no sólo una ciudad, sino una idea de ciudad: la moderna capital que, como creía el zar, necesitaba Rusia. Y así fue construida. Pero con un esfuerzo increíble, puesto que el lugar elegido era imposible, una zona pantanosa y gélida que sufría de los vientos del norte y las inundaciones.

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Aunque esto no se convirtió en un impedimento para el emperador que logró levantar una imponente ciudad, en la que con el paso del tiempo cada piedra se convertiría en historia.

Pedro I se inspiraría en Venecia y Ámsterdam prohibiendo la construcción de puentes permanentes sobre el río Neva y promoviendo el desarrollo de canales en las calles. De esta manera San Petersburgo se definió como una ciudad medio terrestre y medio acuática. El agua es uno de sus elementos primordiales. Una ciudad que se levantó sobre 42 islas, sobre una red de ríos y canales. Con un entramado de numerosas vías fluviales y un amplio abanico de magníficos puentes que enlazaban las islas.

Para todo ello no dudo en contar con los mejores arquitectos e ingenieros de toda Rusia, pero a ellos se unirían representantes de otros países como Italia, Francia, Inglaterra, Holanda o Suiza, dejando su propia huella en la ciudad. De ahí que podamos apreciar la influencia de la arquitectura italiana en el siglo XVIII y en menor grado de la francesa.

Uno de sus maravillosos encantos es contemplar el armónico y original perfil de la ciudad. Su horizonte está dominado por las agudas flechas doradas que despuntan sobre el frío cielo del norte desde la fortaleza de San Pedro y San Pablo, construida antes que la propia ciudad. Y desde el imponente edificio del Almirantazgo, símbolo del poder marítimo y militar del país, situado en la orilla meridional del río Neva, lugar donde terminan las principales avenidas.

Con un inigualable encanto el bronce oxidado de las cúpulas proyecta sobre el casco histórico el recuerdo de los tiempos pasados, recreando una atmósfera que parece que ha logrado parar el tiempo.

Junto al Almirantazgo, siguiendo la orilla del río, se encuentra la fachada del grandioso Hermitage, antigua residencia de los zares, incluyendo el “Palacio de Invierno”, hoy convertido en uno de los mayores museos del mundo que encierra en sus salones y vitrinas cerca de 3 millones de obras de arte, expuestas en más de 400 salas. Sin olvidarnos que no muy lejos se alza la imponente cúpula, rodeada de campanarios, de la catedral de San Isaac, el mayor monumento religioso de la ciudad, capaz de acoger a catorce mil fieles.

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La ciudad de los majestuosos palacios aristocráticos y templos, de impresionantes monumentos y famosos museos es también la ciudad de hermosos parques, rincones escondidos en plazas y calles, y románticos canales e innumerables puentes con bellas barandillas caladas.

Por eso San Petersburgo tiene mucho más. Basta con pasear a lo largo del canal Moika para descubrir el palacio de los príncipes Yusupov, un peculiar palacio, en el que se puede ver el sótano donde fue asesinado el famoso místico y favorito de los últimos zares rusos Grigory Rasputín. O perderse por una de las orillas del canal Griboedov, encajonado entre casas pero que nos da una nueva perspectiva, dejándonos atravesar una de las zonas más recogidas y silenciosas de la ciudad, hasta llegar al popular barrio que se extiende en torno de la plaza del Heno, habitado por pequeños comerciantes, empleados y artesanos.

O caminar a lo largo del malecón de Pedro, frente a la Escuela de Marina, donde se halla serenamente atracado el crucero “Aurora”, el barco que inició la Revolución de Octubre con un cañonazo sobre Palacio de Invierno. O disfrutar del fenómeno de las famosas “noches blancas” en mayo y junio, jornadas en las cuales el sol nunca se pone del todo, y a las doce de la noche podrás seguir disfrutando de esta hermosa ciudad, de sus canales y paseos, de sus numerosos restaurantes y bares a plena luz del día.

Y en las noches de verano no te olvides pasear por el malecón del río Neva y contemplar cómo se levantan los puentes. Lo hacen para dejar pasar a los barcos mercantes pero se ha llegado a convertir en un auténtico espectáculo para el visitante.

Por todo ello, hoy San Petersburgo, como antes, sigue siendo la capital cultural de Rusia. “La ciudad inventada, la más fantástica y premeditada del mundo”, como la definía el gran escritor ruso Fiodor Dostoievski. Te espera en el noroeste del país, en la costa del mar Báltico. Envuelta en las brumas de invierno o iluminada por el sol de medianoche en verano, pero siempre dispuesta a acogerte y sorprender.

 

Por Laura País Belín