4 enero, 2016

San Lorenzo de El Escorial estrena palacio borbónico

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Son 18 lujosas estancias de finales del siglo XVIII, la mayor parte de las cuales han permanecido vedadas al público durante siete años.

El monasterio de San Lorenzo de El Escorial acaba de reabrir al público el denominado palacio de los Borbones. Se trata de una serie de 18 lujosas estancias de finales del siglo XVIII, la mayor parte de las cuales han permanecido vedadas al público durante los últimos siete años por hallarse en restauración y reacomodo. Se abre así un escenario deslumbrante, que contrasta con el rigor tectónico de la mole monumental escurialense, definida por el poeta como “máquina colosal de piedra y sueño”.

La zona palaciega recién reabierta se despliega por la primera planta del ala nororiental del edificio, explica la conservadora de Patrimonio Nacional Almudena Pérez de Tudela. Tras recorrer el área de la morada de los Austrias, la visita del palacio comienza por la escalera imperial trazada por el arquitecto neoclásico Juan de Villanueva en 1792 para facilitar el acceso de los monarcas al palacio; prosigue por una enfilada de suntuosas estancias en forma de U destinadas a la alta representación regia, entre las que destacan el Comedor de Gala y un Salón de Embajadores.

Tras un oratorio presidido por un lienzo de Lucas Jordán, se accede al Salón Pompeyano, tapizado con telas en la estela iconográfica de los descubrimientos arqueológicos de Pompeya y Herculano bajo el reinado de Carlos de Borbón, antes de reinar como Carlos III en España; antecámaras, sala de música, capilla, comedor y dormitorio del rey; dormitorio, tocador, baño y sala de costura de la reina, culminan en el Salón de Recepciones.

Hoy, este circuito interior recién reabierto queda integrado en la visita general al monasterio, que puede recorrerse ahora de forma libre, sin guía y sin añadidura tarifaria. La incorporación del palacio al recorrido corrige un trayecto cronológicamente desordenado, a partir de ahora adecuado desde un punto de vista secuencial y narrativo, pues arranca ya desde los monarcas de la dinastía de Austria (siglos XVI y XVII), en la zona central y meridional del monasterio, hasta los de la Casa de Borbón (a partir del siglo XVIII), en el ala septentrional.

Villanueva dotó al palacio de una impronta neoclásica muy respetuosa con la traza clasicista otorgada dos siglos antes al monasterio por su predecesor, Juan de Herrera, arquitecto de Felipe II. Sin embargo, puertas adentro del palacio de los Borbones, la antigua y sobria ornamentación adoptada por aquel, con suelos de barro cocido, arrimaderos y zócalos de cerámica blanquiazul, más paredes semidesnudas, por orden de Carlos III se vio sustituida por una decoración profusa, rica y suntuosa: surgieron así mullidas alfombras; sillerías y consolas de maderas nobles, obra del ebanista Ángel Maeso; relojes suntuosos, mimados por Carlos IV; tapices con cartones pintados por Francisco de Goya, por su suegro Bayeu y José del Castillo; arañas de cristal de La Granja; molduras estofadas de oro; plafones de estucos polícromos, en cuya exuberante abundancia cabe deleitarse.

En el mobiliario y los ornamentos borbónicos cabe descubrir una secuencia de estilos que abarca desde el neoclásico puro al rococó, más el neoegipcio, el estilo imperio y el neogótico. Se desvanece así la rigurosa escenificación del poder vigente durante el reinado de los Austrias, para dar paso a un relato cortesano, cromático, abierto y pluriforme.

Por Rafael Fraguas para El País