5 agosto, 2013

San Goya

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Fuendetodos vive en torno a su pintor, lejos del mundo pero cerca del siglo XXI. Un museo inacabado espera ser “el polígono cultural” de la tierra natal del artista

Goya se fue de Fuendetodos (“pueblo de mi naturaleza”) a los seis años. La casa está ahí, con su fresquera, su chimenea, el rincón probable en que su madre lo parió. El tiempo y el descuido estuvieron a punto de derribarla. Cuando los ciudadanos de aquí buscaban dinero para que no se cayera, el Gobierno español ayudaba a que se restaurara la vivienda que el artista tuvo en Burdeos. La salvaron esforzados ciudadanos, con el alcalde al frente. Ahora cada año se celebra el nacimiento del pintor. El 30 de marzo. Es “san Goya”, así lo llaman.

Goya, su sombra y su obra, reina sobre este pueblo de 150 habitantes en el que hasta que empezó la democracia municipal no había agua potable. Ahora llegas y ves molinos de luz (de Iberdrola) en los que, como si fueran gigantescas calcomanías, figuran grabados del pintor, sus disparates. Y frente al pueblo viejo se alza, todavía como una fantasmagoría, el museo moderno en el que se ubicará todo lo que ahora recuerda que Goya es un pintor contemporáneo. Es un museo del siglo XXI para un artista que gravita sobre todos los artistas que le siguieron. Y ahora no hay dinero para acabar ese museo.

San Goya de Fuendetodos. Para llegar tienes que adivinar que aquí nació uno de los grandes artistas de la historia. Un día, el alcalde fue al Ministerio de Obras Públicas para que anunciaran en la carretera la presencia próxima del lugar natal de san Goya. “El que quiere llegar se compra un mapa”, le dijeron.

Si hubiera sido francés, o inglés, dicen, aquí habría peregrinaciones. Pero san Goya, el que vislumbró los desastres de la guerra, el que retrató la corrupción, la maldad y tantos otros disparates, ha sido tratado con el desdén que España reserva para el genio incómodo. Lo llamaron loco y la Inquisición le buscó la ruina; cuando ya esos fantasmas dejaron de vivir, a Goya le siguió persiguiendo aquí la desidia de la que lo salvaron algunos quijotes. Estoy con dos, el alcalde, Joaquín Gimeno, que ejerce desde 1983, y con Paco Tomás, profesor de arte que desde hace treinta años ayuda a desarrollar todo lo que es cultura (o Goya) en Fuendetodos.

Goya nació aquí en 1746. El pintor Ignacio Zuloaga se fijó en la casa en 1913 y la rescató para la historia. La casa es la esencia de la memoria de Goya, y desde los años ochenta del siglo XX empezó a irradiar su influencia en Fuendetodos. Ahora hay un taller de grabado que prolonga la tradición del artista, y un museo del grabado, para el que muchísimos pintores españoles y extranjeros contribuyen con sus creaciones (que se venden para que se siga construyendo el museo). Ahora está expuesta la obra conjunta del escritor (y pintor) John Berger y de su hijo Yves; Berger, Günter Grass, Antonio Saura, Luis Gordillo, José Manuel Broto, Eduardo Arroyo, Rafael Canogar, Pepe Hernández, Ricardo Calero…, tantos han hecho aquí su obra, aquí la han dejado.

Ricardo Calero es un punto y aparte en esa relación. Es aragonés, de 57 años. Vino aquí a grabar y se quedó. Ahora su taller está en Fuendetodos, donde pinta, graba y sueña. Cuando nos despedimos de él, que se iba a Portugal, a plantar su nueva obra, nos contó el último sueño: fundar una librería-panadería. Lo hará. Venderá pan y libros.

Es aéreo y obstinado, mucho más chico que Goya, pero igualmente poseído por la locura del arte “como salvación de la vida”, que es algo de lo que Berger habla precisamente en aquella exposición. Miren lo que hizo Calero para contribuir con un grabado (y luego hizo otro) a la inmensa colección de Fuendetodos. Le pidieron (como a todos) un disparate. Para él, el mayor disparate que pasó desde que murió Franco fue la disparatada barbarie de ETA. Quería reflejar ese estampido cruel del tiro en la nuca. Convenció al capitán general de Aragón para que permitiera a tiradores de la Guardia Civil que perforaran con la 9mm Parabellum papeles cuyas huellas serían luego la esencia de su disparate. Obstinado y genial, como Goya: ahí está el fruto impresionante de su rabia ante el disparate de la violencia.

Ha habido más. Es el autor del grabado más largo de la historia (probablemente). En esta ocasión dejó en el suelo de Fuendetodos 264 metros de papel (los años que en 2010 habían pasado desde que nació Goya) que se fueron impregnando de las huellas de la naturaleza, para significar así los pasos que el niño Goya dio en el entorno. Una apisonadora de ocho toneladas fue el tórculo, y el pueblo entero ayudó a que su insólita creación fuera posible. Calero hizo más: plantó papel bajo las piedras en el lugar por el que probablemente se fue Goya de Fuendetodos, y ahí están esas huellas, como una visita del artista de hoy al probable lugar en el que se despidió el genio. Ahora Calero es de Fuendetodos; aquí tiene el sosiego que él cree que se fue en la cabeza de Goya.

El museo es la próxima locura. Ahora es una ambiciosa carcasa, albergará los 4.000 grabados que han ido recolectando, el taller del grabado, las distintas colecciones que dejó Goya y que ellos han ido adquiriendo o que les han sido donadas. “No es un aeropuerto sin aviones”, dice el alcalde. Es un espejo de hoy ante el pueblo del pasado, que en este día en concreto se asa de calor. Empezaron a construirlo en 2009, y hace un mes pararon. ¿Volverán? El alcalde se encoge de hombros: “No hay dinero”. Pero ellos no paran. Goya es la fuerza que los marca. La agricultura se fue yendo, la cultura viene. “El museo será el polígono cultural de Fuendetodos. Su industria”.

Ahora vienen a Fuendetodos unas 20.000 personas al año. Cuando visitamos estas piedras del futuro vuelan sobre nuestras cabezas unos buitres leonados que deben de estar buscando algún bicho de los que nos habló el biólogo Iván Blasco Ibáñez en el centro Fuendeverde, donde él explica la flora y la fauna de esta a veces ubérrima región goyesca.

En el museo del grabado, Goya le hace guiños al presente que vivió y al futuro que nos espera, pues fue, dice Calero, un adivino. Aquí hay uno de aquellos disparates en los que compendió su extrañeza ante la oscuridad de la vida, esos buitres a los que se refirió con susto: tristes presentimientos de lo que ha de acontecer. Está fechado en 1863 y representa a un hombre desolado que mira al frente. Más allá, el famoso sueño de la razón dando de sí los monstruos que acontecen. Alrededor de este espacio en el que Goya sigue viviendo a su modo, el paisaje de la región de Belchite, la travesía más feroz de la guerra, el lugar al que ahora miran los disparates y los desastres desde los molinos de luz del futuro.

Por Juan Cruz para El país