16 noviembre, 2016

Sale a la luz una misteriosa obra de Frida Kahlo que se creía perdida

This undated image provided by Sotheby's shows a rediscovered painting by Frida Kahlo that is going to auction on Nov. 22, 2016, in New York. The 1929 portrait, "Niña con collar" or "Girl with necklace," will be part of Sotheby's Latin American art sale. (Sotheby's via AP)

Sotheby’s en Nueva York subasta ‘Niña con collar’ por 1,3 millones de euros

Frida Kahlo es misterio. La artista que nunca muere. Su imagen, su obra, su época renacen cada día con la viralidad de un icono pop. Todo se sabe de ella y nada es suficiente. La aguda curiosidad que despierta la pintora mexicana (Coyoacán 1907-1954) se alimenta de una estética que ha demostrado ser invulnerable al tiempo. En Kahlo, vida y arte se funden. Y nunca dejan de surgir sorpresas. Hace un año fueron las cartas de su amante español, hoy es un cuadro suyo rescatado del olvido. Un óleo de 1929 que se creía desaparecido y que ha vuelto a la luz de la mano de la casa de subastas Sotheby’s, en Nueva York.

La obra, que saldrá a la venta por 1,5 millones de dólares, invita al pasado. Fue pintada el mismo año de su boda con el muralista mexicano Diego Rivera (1886-1957). Frida tenía 22 años. Su vida empezaba a remontar. De niña había sufrido una severa poliomielitis que le dejó minada la pierna derecha. Luego, en un accidente de autobús, se había quebrado la columna y una barra le atravesó la vagina. Rota por dentro y por fuera, recompuso su existencia pieza a pieza. Primero fue la pintura, después el amor a Rivera. Él advirtió su talento y le indicó un camino que ella superó con creces. Fue en la fase inicial de su relación con Rivera cuando se gestó Niña con collar.

El óleo está inconcluso, pero ya posee la fuerza primordial que caracteriza a Kahlo. La figura humana, una niña indígena, centra la atención y pulveriza la geometría del espacio. Todo se vuelca en ella. Ni siquiera la exaltación del color –rojo, índigo y verde- puede con el volcán de sus ojos negros. Ojos que miran al espectador y también al porvenir de la artista.

Los especialistas aventuran que el cuadro fue dejado sin acabar porque en él Kahlo halló una fuente de inspiración permanente, un retrato de sí misma. No en la figura, pero sí en los trazos básicos de su obra futura. La pose frontal, las cejas, el collar, los enormes aros y hasta la presencia estática y absorbente del personaje son un anticipo de sus más célebres óleos. “La pintura tuvo un significado especial para ella, a lo largo del tiempo fue el punto de partida para muchos de sus autorretratos; demostró ser una primavera de ideas de lo que iba a venir”, señala el experto Salomon Grimberg.

El cuadro, de 57 centímetros por 46, durmió durante décadas en el olvido. Su existencia sólo era conocida por las fotografías de Lola Álvarez Bravo (1907-1993), íntima del círculo de Rivera, y una de las grandes retratistas de los años dorados mexicanos. Pero de su paradero nada se sabía. Era un enigma que ahora ha empezado a esclarecerse y que, como todo en el universo Kahlo, será devorado con avidez. “Con ella queremos lo imposible: saber siempre más, queremos saber todo y cada cosa sobre esa mujer que se dio luz a sí misma”, indica Grimberg.

La reconstrucción ofrecida por Sotheby’s es parca. Obra germinal, acompañó a Frida durante toda su vida como un imán. Tras su muerte, Rivera se la entregó a una mujer, no identificada por Sotheby’s, que había ayudado a la artista en su estudio. La nueva dueña la guardó en su vivienda de California todo este tiempo y, pasados los 90 años, la ha decidido vender. Su precio de partida puede ser superado con facilidad. En mayo, el cuadro Dos desnudos en el bosque (La tierra misma) fue comprado por 8.500.000 dólares (unos 7,5 millones de euros), cuando había salido por 5 millones.

El estado de conservación de Niña con collar, según la casa de subastas, es excelente. Durante seis décadas, el óleo permaneció en una zona oscura, alejada de la luz. Sus colores siguen frescos. También su impacto. Esos ojos negros que miran de frente al futuro.

Consulta el artículo original por Jan Martínez Ahrens para El País