16 diciembre, 2016

Retrato de Ker – Xavier Roussel

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Autor: Édouard Vuillard
Título: Retrato de Ker – Xavier Roussel
Cronología: 1936
Técnica: Pintura a la cola sobre papel montado en lienzo
Localización: Musée d´Art Moderne de la Ville de París, París.

Cuando nos acercamos a todas las obras de Édouard Vuillard descubrimos que en ellas se respira la armonía cercana y acogedora que reina entre un grupo de buenos amigos o familiares y es que, en verdad, el artista encontró en su entorno más cercano el gran tema de expresión durante toda su carrera y mantuvo la frescura de la instantánea íntima, tomando como referente en todo momento su mundo más próximo.

Quizá por eso no es de extrañar que con el paso del tiempo llegase a afirmar de forma rotunda que él no hacía retratos sino que “pintaba a la gente en su entorno”.
La relación con su madre, sus amigos, sus musas e incluso sus propios mecenas formaron parte de su círculo más próximo y querido y de forma natural se convirtieron, sin querer, en el centro y encanto de toda su obra.

Desde el inicio de su vida era algo a lo que parecía estar predestinado, Vuillard nacía en Cuiseaux, un pequeño pueblo francés en 1868. Con nueve años se trasladó a París, donde la madre abrirá un taller de corsetería y costura que le permitió sacar adelante a su familia tras la temprana muerte de su marido.

Aquel taller se convirtió en la vida del pintor, un micro mundo que para el artista fue su constante fuerte de inspiración; un lugar marcado por la intimidad y el ritmo tranquilo de aquel universo sin sobresaltos.

Nunca se llegó a casar y vivió con su madre hasta que ella fallece en 1928, pero aquel universo relajado, familiar y delicado nunca se desprendió de sus composiciones.
En los últimos años del siglo XIX, tras abandonar la tradición familiar de hacer carrera militar, comienza a asistir a clases en la Académie Julián, un lugar lleno de libertad y donde encuentra la sólida amistad de Bonnard y Sérusier.

Al fin en 1888 logró ser admitido en L’Ecole des Beaux-Arts, pero desde el principio sintió que se asfixiaba, ya que la rigidez de la Academia le agobiaba; por ello un año más tarde decide dejarla y unirse al grupo nabi formado por sus antiguos compañeros de la Academia Julián, agrupados en torno a la figura de Maurice Denis.

De esta manera aquella buena amistad sobre todo con Bonard se materializaba en la formación del grupo de los nabis, “los profetas”, una nueva generación que se sentían seguidores de la influencia del maestro postimpresionista Paul Gauguin y de los pintores japonistas que defendían que el color era la vía más poderosa para transmitir los sentimientos. Para ellos, la observación directa de la naturaleza perdía importancia y la reducción de las formas y colores eran llevadas al límite.

Su vinculación con el grupo y sobre todo su estrecha relación con Maurice Denis llevan a Vuillard a crear un nuevo lenguaje pictórico, pero sin renunciar en ningún momento a inspirarse en ambiente íntimo y cotidiano, algo que siempre sería la esencia de toda su obra. Con la influencia de la estampa de japonesa y la obra de Gauguin crea un nueva concepción en su pintura, simplificando el dibujo, utilizando una paleta reducida de colores planos, donde desaparece la profundidad y el modelado, logrando de esta manera la perfecta síntesis modernista.

En realidad Vuillard estuvo dentro del grupo poco tiempo pero desde entonces ya se dejó seducir por la intimidad del retrato, un género en el que alcanzó un estilo propio y el grado de virtuoso. Siempre acompañado de una manera particular de abordar el lienzo a través de la mancha, logrando que la forma quedase plenamente subordinada al color, el detalle y la materia.

Tiempo después amplió su formación viajando por toda Europa: Florencia, Milán, Venecia, España y finalmente Londres. Tras el periplo europeo decidió presentar varias de sus obras en el Salón de París de 1890, pero la crítica sería tan negativa que le enfadado y aseguró que no volvería a participar ante el jurado del Salón.

Sin abandonar su estilo continua pintando mientras que comienza una relación intensa con el mundo del teatro simbolista. La ilustración de los folletos, pintar los decorados e incluso el diseño del vestuario, logran ser parte importante de su actividad creativa. Y no sólo eso, sino que afianzó su amistad con los editores de una destacada revista, los hermanos Natanson, lo que le proporcionó los primeros encargos para la realización de sus series de paneles decorativos y muy buenas relaciones para el mecenazgo de su obra.

Y es que aunque Vuillard se caracterizaba por tener un carácter reservado, no era un hombre solitario. De manera natural y debido al desarrollo de su carrera comienza a relacionarse íntimamente con la burguesía más refinada del momento, amistades que se mantuvieron a lo largo de toda su vida.

A partir de 1900 se aleja del grupo de los nabis, su estilo tendió hacia un mayor naturalismo pero sus interiores con figuras permanecen como una constante. Sin embargo, algo había cambiado y todo era mucho más relajado, pausado y sensual en sus composiciones. Ahora los personajes serenamente se sintetizan con el espacio.

El cambio al nuevo siglo XX también coincide con el cambio de su entorno más próximo, acercándose directamente a la galería Bernheim – Jeune, una de las más destacadas de París y unida al arte impresionista. El matrimonio Hessel será su nuevo mecenas, proporcionándole exposiciones periódicas, nueva clientela y el redescubrimiento del impresionismo, lo que hace que sus composiciones ganen en luz y espacio.

Se transformó sin querer en el cronista involuntario de una época – mientras que el arte contemporáneo se iba configurando devorando el tiempo – Vuillard se mantenía conscientemente inmóvil, siendo fiel al mundo que le rodeaba y a su forma de crear.

A partir de 1932 el retrato es el claro protagonista de su obra. Era el retratista preferido de la burguesía refinada y la alta aristocracia, de gustos más conservadores, los cuales se sentían más cómodos ante el estilo más convencional del maestro frente a las nuevas vanguardias.

Para ello no dudará en ampliar el repertorio temático de su obra, incluso el espacio de sus composiciones, donde se abren ventanas por donde se cuela la luz natural. Sencillamente, el maestro francés, decide pintar el tiempo que pasa a través de los personajes de la sociedad parisina, una realidad cotidiana mostrada por la mirada atenta del pintor. Y porque en cada una de sus obras manifestaba su intención de captar la personalidad del personaje recreando su entorno.

Si hay retratos que destacan en esta época son los retratos de sus mejores amigos, en los que el pintor despliega todo su encanto y en los que realmente se aprecia cómo era capaz de transmitir el mundo interior del retratado. Todos estos rasgos los podemos apreciar el retrato de fiel amigo y cuñado Ker – Xavier Roussel, una obra que pertenece a una serie de retratos que Vuillard aborda al final de su vida y en la que rinde homenaje a sus amigos y a su propia vocación de pintor, retratos llenos de fuerza que tardó ocho años en realizar.

Roussel se nos presenta sentado de espaldas a un lienzo y en medio de un gran taller, y aunque no aparece pintando, todo en el cuadro nos habla de su faceta de pintor. Sobresale el carácter descriptivo del interior representado pero al mismo tiempo no impide la profundidad ni la sensibilidad del retrato. Eso sí, en primer término nos coloca de manera consciente la paleta de su amigo, la que realmente esconde los secretos de su pintura, ya que a un pintor se le conoce por su paleta.

En cuanto a la técnica es capaz de crear a través de puntos y manchas de color una composición íntima, serena, que cobra vida cuando las manchas nos descubren al personaje. Se sirvió reiteradamente de la pintura a la cola, como es este caso, le atraía este material porque debido la falta de aceite, la pintura adquiere un aspecto mate y tonalidad suave que se aproxima a las texturas y acabados que se consiguen con el fresco. Su técnica en sus inicios se podría relacionar con el impresionismo por sus cortas pinceladas, sus luces reflejadas y sus superficies discontinuas. Sin embargo más tarde su pincelada se transformó y era mucho más controlada, alargada y repetitiva.

El periodo final de su carrera se centrará en todo un repertorio muy personal de retratos de la alta sociedad y su círculo de amigos más cercanos. A través de ellos nos revela la forma de ser de la sociedad de entreguerras, un mundo curioso que se aferraba a disfrutar de la alegría de vivir, como si aquel mundo nunca pudiese llegar a volver a quebrarse.

Pero tristemente eso no iba a suceder y en 1940, atemorizado por el avance alemán, el maestro francés abandona Francia y se traslada a la costa de Bretaña y ese mismo año fallece. Dos años después de que el Musée des Arts Décoratifs celebrase una exposición retrospectiva de su obra.

En toda su obra siempre se respiraba la seguridad, el calor y la naturalidad de la intimidad doméstica. Él se sentía cómodo pintando en tonos más oscuros y empastados que otros compañeros. Se acercaba a las imágenes del natural pero ejecutadas de memoria, había una despreocupación consciente por las figuras y el dibujo, para así poder llegar a transmitir en sus lienzos los misterios sinceros de la vida cotidiana en el interior burgués. Vuillard llega a recrear una atmósfera cerrada, casi agobiante, llena elementos decorativos que invaden el espacio, y aun así despierta en el espectador una atracción por el detalle, por querer descubrir más. Los personajes se confunden con los muebles, se camuflan en los interiores tapizados y cubiertos de alfombras y objetos, pero aun así mantienen un magnetismo de realidad cercana que nos lleva a querer saber más del retratado.

Por Laura Pais Belín