6 marzo, 2013

Relámpago Basquiat

He buscado el rastro de Jean Michel Basquiat en los diarios de Andy Warhol porque acabo de ver en la galería Gagosian de Chelsea una exposición formidable de sesenta obras suyas.

En septiembre de 1983, cuando aún no había cumplido veintitrés años y ya era una estrella de la pintura, Jean-Michel Basquiat le dijo a Andy Warholque tenía miedo de no durar más que un fogonazo de la moda, “a flash in the pan”. Menos de tres años antes pintaba grafitis por las paredes del Soho y los corredores del metro y medio mendigaba intentando vender por la calle postales que dibujaba él mismo. Su padre era haitiano, su madre puertorriqueña. Durante toda su breve vida Basquiat mantuvo la actitud algo pendenciera de un hijo del gueto, pero en realidad se había criado en un hogar de clase media de Brooklyn, y si en ocasiones, antes de hacerse conocido, tuvo que dormir en los bancos de Washington Square fue porque a los quince años había abandonado el instituto y la casa familiar.

Andy Warhol recordaba haberlo visto rondando por las calles del Village, y como lo encontraba tan guapo había llegado a darle propinas de hasta 10 dólares por alguna de sus postales. El detalle económico es importante: en sus diarios, Warhol deja una constancia tan meticulosa de lo que le ha costado cada viaje en taxi como de las celebridades a las que ha encontrado en una fiesta. Sus anotaciones intermitentes sobre la carrera en ascenso de Basquiat incluyen casi siempre lo que el pintor joven al que conoció pidiendo por la calle gasta en vino francés y en champán francés cuando lo lleva a una cena de celebración de su cumpleaños en los mejores restaurantes de Nueva York, donde los camareros lo miran siempre con alarma a pesar del dinero que reparte a puñados, sacándolo de los bolsillos de sus trajes de Armani. En Le Cirque, un día de mayo de 1985, el siempre económico Warhol anota que Basquiat, sin mirar siquiera la carta de vinos, ha pedido la botella más cara de todas. No cuesta imaginar la escena: el sommelierobsequioso y también desconcertado, inclinándose mucho, no pudiendo evitar miradas de soslayo hacia ese negro alto y de pelambre en erupción que viste con una mezcla inaceptable de elegancia y abandono, que lleva un traje y una camisa de seda manchados de pintura y tiene la mirada perdida y la sonrisa vaga de un yonqui.

He buscado el rastro de Jean Michel Basquiat en los diarios de Andy Warhol porque acabo de ver en la galería Gagosian de Chelsea una exposición formidable de sesenta obras suyas, pinturas casi todo, unos cuantos dibujos. En los ochenta, Basquiat era la pura vanguardia, lo definitivamente nuevo: a una distancia de tres décadas, uno lo ve ya como parte de una tradición a la que no le quedaba mucho tiempo de vida, al menos en los dictados de esa moda tan voluble como la moda indumentaria en que se ha convertido el mundo del arte. Ahora vemos estos cuadros y nos damos cuenta de hasta qué punto pertenecen a la historia de la pintura, cuando la pintura importaba todavía. Al gran Robert Hughes le parecía que Basquiat había sido un principiante ingenioso malogrado por los halagos del éxito, y que su prestigio no duraría mucho, a pesar de que coleccionistas y galeristas pusieran todo su empeño en aumentar el valor de todo lo que habían invertido en él. Paseando por los espacios inmensos, entre las paredes blancas de la galería Gagosian, los mejores cuadros de Basquiat estallaban delante de mí con todo el poderío de la gran pintura ya clásica de la mitad del siglo pasado: los brochazos de color de De Kooning, las acumulaciones visuales de Rauschenberg, las caligrafías fantásticas de Cy Twombly, los monigotes furiosos de Dubuffet. Con un filo de ira más agudo que el de Keith Haring, con mucho más talento que el ampuloso Julian Schnabel, Jean-Michel Basquiat se regocijaba visiblemente en la materialidad y en los gestos de la pintura. No hay ni una línea en sus cuadros que no lleve la marca de la urgencia con la que debió de trazarse. Sobre el lienzo se ven los resultados de un asalto en el que parece que nunca dejó de actuar la misma prisa del grafitero por terminar un dibujo antes de ser sorprendido. Palabras, nombres, insultos, crudos órganos sexuales, conjuros, figuras de pájaros o de brujos, coronas reales, coronas de espinas, están dibujados sobre la tela o sobre la base de la pintura misma como inscripciones en la puerta de un retrete público. Hay un cuadro entero pintado en una puerta, en una puerta de verdad, con sus goznes bien visibles, como recién arrancados. Hay un bloque redondo de aglomerado como de dos metros de diámetro, pintado de negro, con dos círculos sinuosos en el interior, como las rayas de un antiguo vinilo, y casi en el centro el título de una de las grandes canciones de Charlie Parker: Now’s the Time.

 

Algo de la energía nerviosa del bebop irradia de esta pintura, sobre todo esas largas líneas que se prolongan como a punto de quebrarse y que debajo de su apariencia de crudeza contienen un apasionado virtuosismo. La hambrienta vitalidad universal de Jean-Michel Basquiat le recuerda a uno la de Charlie Parker: la prisa anfetamínica por disfrutarlo todo y aprenderlo todo, por la comida, la bebida, el sexo, las drogas, la música, los viajes. Sonaba el teléfono en casa de Warhol a las siete de la mañana y era Basquiat que lo llamaba desde Los Ángeles o Estocolmo o Mallorca porque estaba en un hotel y no podía dormir, porque llevaba cuatro días despierto sin pausa. Warhol le notaba que estaba bajo los efectos de la heroína porque de pronto lo veía perderse en inesperadas lentitudes: el 29 de noviembre de 1984 Basquiat se inclinó para atarse los cordones de un zapato y permaneció en esa posición durante cinco minutos. Su apartamento en el Soho olía como una pocilga y por los rincones había billetes de cien dólares arrugados como bolas de papel. Uno tropezaba en el desorden y podía acabar pisando un cuadro todavía húmedo. Llamaba por teléfono diciendo que se iba a presentar al cabo de unos minutos y no llegaba nunca. Un día de 1986 sonó el teléfono a la deshora habitual en casa de Warhol y era Basquiat que estaba en Costa de Marfil y quería hablarle de los trozos de carne llenos de moscas que acababa de ver en un mercado callejero.

Uno busca su nombre en la proliferación casi de guía telefónica de los diarios de Warhol y según avanza en la lectura teme el momento en el que aparezca la anotación de su muerte. La gente moría muy rápido en aquel Nueva York de los primeros años del crack y del sida. Pero fue Warhol, el hipocondriaco, el observador frígido de las pasiones de los otros, el que se marchó antes. La última anotación del diario es del 14 febrero de 1987. Unos meses atrás Warhol y Basquiat estuvieron juntos en un concierto de Miles Davis. El 20 de febrero Warhol murió en el hospital después de una operación de próstata. Cuando Basquiat murió, de sobredosis, en agosto de 1988, tenía 27 años.

Por Antonio Muñoz Molina para El País