22 febrero, 2011

Reflexiones a la Historia de España (Episodio I)

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Figura_1Para un gran número de personas, los historiadores somos unos personajes más o menos cultos que miran el pasado y narran acontecimientos curiosos y pintorescos que han acaecido hace mucho tiempo. Sin embargo no es esa, ni la única ni la más importante función que desarrollamos.

Hacer ver lo que ocurrió, o al menos una verdad de lo que pudo pasar, no es simplemente exponer una sucesión de hechos, sino que se debe partir de unas causas que dieron origen a unos efectos, que son en realidad la historia en si, que tuvieron unas consecuencias sociales, económicas, políticas, militares, etc. Por lo tanto el historiador ejerce una importante función pedagógica de tipo social, la de enseñar los defectos del pasado para que no vuelvan a suceder.

Se dice que la historia se repite, y es bastante cierto, porque los poderes públicos no quieren mirarse en su espejo y erradicar las causas que dieron origen a hechos desastrosos de consecuencias claramente perniciosas para la sociedad.

Figura_2La historia marca la identidad de un pueblo. Sin embargo no hay una sola historia, sino muchas, la que cada historiador quiera narrar, porque prefijando su buena fe, las fuentes de las que bebe están normalmente manipuladas, de tal forma que extrae una verdad histórica, no siendo por supuesto la verdad absoluta que en todos los casos es inescrutable. Históricamente existen varias verdades, la que hemos denominado absoluta, que es tal como se han desarrollado los acontecimientos, pero que queda inmediatamente oscurecida, porque sobre ellos, sus contemporáneos escriben lo que piensan que ha pasado, siendo fuentes histórica tergiversadas, porque la cuentan de acuerdo con sus puntos de vista, sujetas por tanto a la propia subjetividad, según sea el protagonismo o la incidencia que sobre ellos ha tenido lo que ha ocurrido. Por ejemplo ante una batalla, tanto el vencedor como el derrotado, cuentan sus propias verdades, pero el primero intentará magnificar su triunfo, conseguido a través de múltiples sacrificios y en la acertada disposición de los medios puestos en juego, el derrotado por su parte, intentará justificarse, de tal forma que explicará que la derrota fue debida a cuestiones que manifiestamente las llevaron a ello y que era extrínsecas a su propia personalidad, indicando además que las consecuencias no fueron mayores gracias a su habilidad. Por su parte sobre el mismo hecho hablan distintas personas que han sido protagonistas o meros espectadores, todos ellos con ciertas afinidades con el vencedor o el derrotado, por lo que tampoco pueden considerarse objetivas. Por último hablan de los hechos, personas protagonistas, pero a un nivel tan bajo que su apreciación sobre lo acontecido es tan parcial que solamente puede exponer los sufrimientos, desventuras o felicidades que ha podido contemplar en su pequeña faceta. Aunque el ejemplo se ha expuesto para fuentes escritas, las mismas apreciaciones se podrían dar para otro tipo de fuentes.

Figura_3La historia también adolece de un gran defecto: que consideramos como verdades históricas, sin posibilidad de revisión, a determinadas formas de ver los hechos. Por ejemplo, don Benito Pérez Galdós ha narrado nuestro siglo XIX en sus Episodios Nacionales de tal forma que nadie puede pensar que el Cádiz sitiado de su novela “Cádiz” no es como él lo ha expuesto, pudiéndose decir lo mismo con respecto a otros episodios que le fueron más contemporáneos como “Luchana”, “Prim”, etc. A casi ningún historiador se le pasaría por la cabeza no nombrar como “Reconquista” los ochocientos años que transcurren entre el 711 y 1492, considerándolo como la gesta por excelencia de los españoles, por la cual a base de tesón y valentía fueron recuperando los territorios que antaño pertenecían a los cristianos, pero ¿no son demasiados años de reconquista 800? Otra cuestión para hablar es de la tan traída unidad de España tras el casamiento de Isabel y Fernando, cuando tanto para uno como para otro el resultado de su política de casamiento fue un completo fracaso, porque ellos lo que pretendían era la unidad de la península, cosa que no se consiguió, permaneciendo ajenas a ella los reinos de Portugal y Navarra, incorporándose éste último mediante conquista, ya fallecida Isabel I de Castilla.

No solamente se tergiversa la historia por lo expuesto anteriormente, sino que también los poderes políticos obligan a la manipulación histórica, existiendo historiadores que bien de buena o mala fe se prestan a la superchería. No hay más que ver el espectáculo del gobierno vasco rindiendo homenaje a Sancho III el Mayor, rey de Navarra y considerado “emperador cristiano de España”, como primer rey euskaldun, plasmándose como tal en los libros de textos de los escolares de dicha comunidad autónoma y explicado, me imagino con palabras convincentes, por los profesores de historia.

Figura_4La singularidad del problema vasco ha incrementado la repercusión mediática del hecho, pero no es el único caso, sino que todas las comunidades autónomas españolas, en un afán de acentuar sus diferencias, en crearse una identidad, que solamente puede hacerse disponiendo de su propia historia, han magnificado hechos o personas vinculadas a su región, como si lo acaecido en ella hubiera tenido una autonomía histórica respecto a los demás territorios que comprenden la geografía española.

Se ha dicho que la historia es la identidad de un pueblo, pero ¿Cómo puede identificarse cuando la historia que le llega es tergiversada, manipulada y además no es uniforme a todo el conjunto de ese pueblo?

Desde hace centurias España vive inmersa en la búsqueda de su identidad histórica, acentuándose en estos día de principios del tercer milenio cuando hay intelectuales-políticos que hablan de la relación de Cataluña y País Vasco con España, como si las primeras no formara parte de la segunda. España es constantemente objeto de controversia, no solamente en la actualidad, sino a lo largo de los siglos, al menos desde la segunda mitad del siglo XVII.

Desde estos Recuadros de la Historia, que conformarán sucesivos episodios de la Historia de España, se va a intentar efectuar una síntesis de la historia española, por supuesto no se pretende que sea la verdadera, ya que en caso contrario no seríamos consecuentes con los postulados que se preconizan, sino que es una más, pero que en buena medida podría dar respuesta a esas fuerzas centrífugas de las regiones españolas, y a la prontitud con la que lograron su independencia las repúblicas hermanas, antaño “hijas de las Españas”, de América.

Figuras:

Figura 1: Cuadro existente en el Museo del Prado, de Leonardo Alenza y Nieto, que tiene como escena a un veterano contando sus aventuras. Así se ve el autor de estos recuadros, veterano coronel e historiador.
Figura 2: Cuadro del Museo del Prado, de Juan Carreño de Miranda, pintor que fue del último rey de la casa de Austria, Carlos II, un espécimen de la degeneración de una raza al casarse familiares entre sí, durante centurias.
Figura 3: Cuadro del Museo del Prado, de Dióscoro Puebla, plasmando una escena desgarradora de la vida del Cid Campeador, en el ultraje a sus hijas.
Figura 4: Cuadro existente en el Museo de Pontevedra, de Gregorio Ferro, describiéndose la última vez que España tuvo resonancia en el contexto internacional. La ha vuelto a tener en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI.

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