2 abril, 2013

Recuerdo de Úrculo, mi padre

Eduardo Úrculo en su taller. | Julián Jaén

Recuerdo ese lunes triste -el más doloroso de mi vida- hace ahora una década, en que recogí a mi Padre y a su esposa Vicky para llevarlos a la Residencia de Estudiantes, dónde participaba en una comida con personalidades del mundo de la cultura. Había llegado recientemente de China, tras presentar una retrospectiva que inauguró S M la Reina Doña Sofía y que había de recorrer toda Asia. Como telón de fondo, se fraguaba una magna exposición en su amada NY, tan inspiradora y presente en buena parte de su obra. Vislumbraba nuevas cumbres en su arte que, como siempre, vivía con pasión y entrega absolutas. ¡Qué maravilla era verle rebosando energía y placer!…

Nada permitía pensar que esa vida, tan creativa y reluciente, pudiera concluir de golpe, inesperadamente, pocas horas después. Hacía por entonces 46 años de aquella primera exposición en ‘El hogar del Productor’ en la Felguera(Asturias). Desde entonces han sido innumerables sus obras, exposiciones, bibliografía, premios, etc. Especialistas y teóricos del arte están sin duda más capacitados que yo para hablar de todo eso.

Invitado por este periódico para homenajear a mi Padre, pensé que yo podría aportar ciertos recuerdos personales, menos conocidos, que pudieran mostrar al hombre más allá del artista. Recorriendo mi memoria, he comprobado que esa separación de hombre y artista en el caso de mi Padre es completamente absurda. En realidad, todos los recuerdos que de él tengo están transidos de arte. La vida era para él esencialmente creación y cualquier cosa, desde un lienzo hasta una aventura nocturna o un paseo por el campo, se trasmutaban en obra de arte.

Desde muy pequeño me maravillaba su comprensión mágica de las cosas. La vida resultaba con él más semejante a los cuentos de hadas que a la vulgaridad que en las escuelas de turno me proponían. Desde la mentalidad del niño era tan “razonable” su comportamiento, que todos mis amigos querían acercarse y disfrutar de la vida que mi Padre me daba. Pero es que además, muchísimas de esas experiencias, terminaban convirtiéndose en obras privadas de arte que para él tenían tanto valor como las públicas y naturalmente para mí, mucho más.

Tengo en mi posesión varios diarios, libros y cuadros realizados por él cuando yo era niño, que plasmaban hechos y pequeñas aventuras, sucedidas inesperadamente algunas y creadas por él mismo muchas otras. Por ejemplo, un reportaje fotográfico en que, disfrazado de Supermán, vivo una aventura completa en Emilio Rubín, comunidad de artistas donde pasé mi infancia con él y con Annie, mi madre. Aquello pasó a ser después un tebeo con dibujos y ‘collages’ maravillosos, como sucedería en tantos otros casos. Por ejemplo, el libro surgido en Menorca cuando me vistió de pirata en complicidad con mi padrino Rafael Trénor, y encontré tesoros inconcebibles.

Si yo contara estas historias tal cual las recuerdo, nadie podría creerme, porque siendo sincero relataría encuentros con sirenas, con magos y meigas, descensos a cuevas secretas cogido de su mano que, hoy veo, era la mano de su portentosa imaginación. En aquel mundo de los veranos y las excursiones, todo mostraba su lado mítico. Recuerdo en los Picos de Europa, beber agua del pozo del Alemán, en la palma de la mano, como hiciera Roberto Frasinelli cuando exploraba esos picos. Cualquier amigo de Eduardo Úrculo sabrá de qué estoy hablando porque esas aventuras luego las contaba en las reuniones de la noche, mejoradas y multiplicadas por su ingenio y generosidad.

Escribo y recuerdo estas cosas en Asturias, en el Molino, en una casa preciosa y suya, absolutamente autobiográfica, que me legó y yo conservo tal cual. En la tierra que le vió nacer y en la proximidad de su hermana María del Mar, del resto de la familia y de muchos de sus amigos. Aquí es más fácil notar su presencia. Diez años después, sigue siendo un enorme placer encontrarme con ellos y oírles hablar y hablar de mi Padre, siempre con humor, admiración y cariño. No es raro que me cuenten a veces historias nuevas para mí, porque su creatividad y vitalismo, su entrega al arte, su generosa e incansable sociabilidad multiplicaron ilimitadamente el tiempo vital que en condiciones normales podría haber cabido en una edad de 64 años.

Por Yoann Úrculo en El Mundo