19 mayo, 2014

Recobrar a Sabatini

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Las obras que la Concejalía de Hacienda realiza en el llamado pabellón de los Vargas, situado en el acceso principal de la Casa de Campo y frente al puente del Rey sobre el Manzanares, conciernen arquitectónicamente al palacete renacentista recreado en 1776, en clave neoclasicista, por el gran arquitecto Francesco Sabatini (Palermo, 1722-Madrid, 1797). Son una ocasión única para recobrar la impronta en un edificio madrileño de quien fuera el arquitecto de la Puerta de Alcalá y coautor del Palacio Real. Así lo advierte Luis de Vicente, portavoz de la plataforma Salvemos la Casa de Campo, que desde hace años reclama atajar el deterioro interno del histórico edificio mediante la intervención del Ayuntamiento, propietario de la Casa de Campo desde su entrega por la República en 1931, y que allí mantuvo durante varias décadas y hasta hace seis años el Instituto Municipal de Deportes.

“Es una oportunidad de oro para recobrar una importante obra de un arquitecto tan estrechamente vinculado a Madrid que, en la propia Casa de Campo, edificó hitos singulares como la Faisanera, el acueducto, el puente de la Culebra o las rejas de los arroyos”, señala De Vicente.
Fuentes de la Concejalía de Hacienda, que rige la actuación, precisan sin embargo que las obras “consisten en un mero revoco de las fachadas y las cubiertas, dentro de un plan municipal de mantenimiento del patrimonio”. El presupuesto asignado es de 300.000 euros, según otras fuentes. El arqueólogo Manuel Silvestre participa en la actuación, ya que la Comisión de Patrimonio, mixta entre el Ayuntamiento y el Gobierno de la Comunidad de Madrid, que supervisa las obras, recomendó el estudio arqueológico previo.

La actuación ahora en marcha consiste, de momento, en levantar al completo un denso enfoscado exterior que cubría las cuatro fachadas del edificio, reconstruido por Sabatini en ladrillo rojo y dotado de dos plantas. Se sabe que un falso cuerpo central fue añadido y elevado sobre las cubiertas en una actuación acometida en 1967 por el arquitecto municipal Herrero Palacios. Entonces, fue cambiada la geometría de la cubierta y su estructura de madera, sustituida por otra metálica.

Miembros de Salvemos la Casa de Campo, plataforma integrada en Madrid, Ciudadanía y Patrimonio, así como representantes municipales del PSOE e Izquierda Unida visitaron recientemente el interior del pabellón y comprobaron allí el atascamiento de sus bajantes, con el consiguiente efecto de tan grave anomalía sobre las estructuras edificadas. La humedad es elevada, dada la proximidad del enclave al río Manzanares y la cercanía de la capa freática a la cota del suelo. Los visitantes desconocen si, a largo plazo, la actuación municipal sobre el pabellón implicará una remodelación del conjunto de edificios y jardines que rodea al pabellón o bien se persigue tan solo un mero maquillaje con miras preelectorales, lo cual implicaría, a juicio de De Vicente, “desperdiciar una oportunidad única desde el punto de vista de la recuperación patrimonial de un edificio del gran arquitecto y militar palermitano”.

El completo andamiaje del edificio permite suponer que se trata de una actuación municipal de mayor alcance pues, años atrás, siendo Esperanza Aguirre responsable municipal de Cultura, se barajó ya, en un plan específico, recuperar la personalidad renacentista y neoclásica del conjunto de edificios y jardines que rodean la estancia, como revela un dibujo de la época, firmado por el pintor cortesano F. Castello. En su cuadro figura el palacete, rodeado de jardines con estatua áulica.

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Empero, aquella iniciativa se abandonó posteriormente. Sin embargo, las fuentes municipales consultadas se ciñen a lo dicho, que explica la actuación como “de mero mantenimiento” para impedir el deterioro de un Bien de Interés Cultural como lo es el palacete. Las catas que se efectúan sobre el enfoscado permiten ya averiguar detalles de la construcción de Sabatini, señaladamente dinteles, arcos anteriormente sellados y óculos.

El pabellón de los Vargas perteneció, según varios tratadistas, a este linaje madrileño de origen altomedieval al que se asocia, en la persona de Iván de Vargas, con el patronazgo de San Isidro en el siglo XI. En tal linaje figuró cinco siglos después Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia y promotor de la construcción de la bellísima Capilla del Obispo, en la plaza de la Paja. El padre del dignatario eclesiástico, Francisco de Vargas, fue consejero áulico de Carlos I, de quien procede la frase “averígüelo Vargas”, ya que el emperador le consultaba a él todo; el consejero encargó en 1519 a Antonio de Madrid la construcción del pabellón madrileño que, pese a su origen como cazadero, con el tiempo se vería flanqueado por otras construcciones y ajardinamientos.

Un nieto de Francisco de Vargas, de nombre Fadrique, fue quien en 1560 vendió la heredad campestre a Felipe II, aunque otras fuentes históricamente menos documentadas aseguran que su titular lo era entonces Gaspar de Quiroga, arzobispo de Toledo.

El severo monarca nacido en Valladolid, quien decidiera establecer la capital hispana en Madrid en 1561, asentó en el pabellón, situado en el acceso oriental de la Casa de Campo hoy frente al puente del Rey, una residencia campestre que quiso estuviera cercana al Alcázar de los Austrias, fortaleza que ardió durante ocho días en 1735 y que fue precursora del Palacio Real.

Una historia intensa

1519. Francisco Vargas, consejero áulico de Carlos I, encomienda al arquitecto Antonio de Madrid la construcción del pabellón de caza en un predio que será luego la Casa de Campo.

1560. Fadrique de Vargas vende el predio y el pabellón a Felipe II, que un año después establecerá en Madrid la capital de España. Allí atesora su colección de arte.

1767. Francisco Sabatini, arquitecto de Carlos III, reconstruye el pabellón con un diseño neoclásico.

1808. José Bonaparte se instala allí con una amante por temor a un atentado.

1967. Herrero Palacios interviene en el edificio al que añade un remate central y revoca su fachada con un enfoscado.

La residencia rural, de estilo renacentista, se vio circundada además por unas grutas de recreo con fontines, estatuaria y laberintos, cuya construcción encomendó a Juan Bautista de Toledo, arquitecto del monasterio de San Lorenzo de El Escorial y del palacio de Aranjuez; las grutas fueron sometidas hace unos años a un estudio arqueológico y una rehabilitación por la empresa Geocisa, con miras a su apertura al público. Sin embargo, todavía permanecen cerradas.

Felipe II dispuso establecer allí mismo, junto al palacete campestre y no lejos de las grutas, un jardín de plantas aromáticas y medicinales, cuya rectoría encomendó a Gregorio de los Ríos, uno de los primeros tratadistas y sistematizadores de la jardinería euromediterránea. El rey decidió asimismo decorar entonces el pabellón de los Vargas, hoy en obras, con las pinturas por él coleccionadas del singular y esotérico artista flamenco Hyeronumus Van Aecken, El Bosco, entre otras, El jardín de las Delicias y El sueño. Este hecho, así como la proximidad del jardín donde se cultivaba para el rey láudano con el que combatir sus dolores de gota, ha permitido barruntar que el monarca descifraba las claves ocultas de aquellas pinturas tras ingerir el alucinógeno. En una correspondencia de Felipe II con la princesa Isabel Clara Eugenia —datada en Lisboa donde él se vio obligado a residir una larga temporada—, el rey confiesa a su bienamada hija la “profunda y melancólica añoranza” que sufre por su adorado jardín madrileño.

Con el tiempo, el palacete llegaría a albergar hasta 112 pinturas, de autores como Alberto Durero, Brueguel, Juan Carreño de Miranda y Lucas Jordán. Las pinturas cuelgan hoy de distintos museos, desde el Prado hasta el monasterio de El Escorial o el Palacio Real. Precisamente, dada la contigüidad del pabellón al Real Sitio madrileño, distintos monarcas sembraron la Casa de Campo de instalaciones agropecuarias, ermitas, lagos, fuentes, suntuosos laberintos y jardines ornamentados con estatuas áulicas, como la majestuosa efigie ecuestre de Felipe III, esculpida por Juan de Bolonia, que hoy se encuentra emplazada en el centro de la Plaza Mayor. También allí estuvo enclavada la imponente fuente del Águila, hoy descabezada e instalada en los jardines de María Cristina de San Lorenzo de El Escorial. En este mismo pabellón de los Vargas residió en 1808 con una actriz, amante suya, el “rey impostor” José Bonaparte, temeroso de sufrir un atentado en el cercano Palacio Real, al que quiso conectar esta residencia mediante un túnel, más el puente del Rey, que encomendaría al arquitecto Juan de Villanueva. Pese a la historicidad que el paraje alberga —gracias también a la intervención del arquitecto Sabatini— Madrid le dió la espalda durante cuatro siglos. Por ello, recuperar la estructura primigenia del palacete puede dar testimonio cabal de su espléndido pasado.

Por Rafael Fraguas en El País.