13 septiembre, 2010

Prim: magnicidio en el siglo XIX

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Figura_1Recientemente se ha publicado un libro del autor de este Recuadro, segundo de una trilogía sobre el Sexenio Revolucionario Español, período de tiempo que se inició con la revolución de septiembre de 1868, que tuvo como principal protagonista al general Prim y en la se derrocó a Isabel II, y terminó en diciembre de 1874, con el pronunciamiento del general Martínez Campos, proclamando rey constitucional de España a Alfonso XII. El presente Recuadro de la Historia está entresacado del capítulo que trata sobre el asesinato del Presidente del Gobierno: el general Prim.

Para el profesor Emilio de Diego en su obra: Prim. La forja de una espada (editorial Planeta. Barcelona, 2003), el general Prim es uno de los grandes mitos del militarismo político español (figura 1).

Para muchos autores representa un esfuerzo modernizador a través de una óptica catalana, intentando superar los desajustes y los errores del pasado. Prim como militar representaba el orden, un orden en libertad. Además un orden desde una perspectiva de “izquierdas”, porque la mayoría de los militares españoles se sentían como tales, militando en los partidos progresistas y unionistas. Prim entró en la leyenda al ser asesinado en la calle del Turco cuando volvía del Congreso de los diputados a su casa, pero ¿fue Prim un gran militar y un gran estadista?

Figura_2El escritor, y mucho más un biógrafo, se entusiasma con el personaje que investiga, analiza, disecciona y muestra a los lectores, es en cierto modo como un “enamoramiento” por él, que le hace suavizar los errores y ensalzar en demasía los aciertos. Tuve la honra, tanto en mi tesis doctoral, como en el libro “Entre Logroño y Luchana. Campañas del general Espartero”, y en el extenso trabajo biográfico ”Espartero, una figura de leyenda”, de profundizar en la vida de este general que protagonizó la vida española del siglo XIX, llegando a ser referencia casi mítica de la libertad, de la democracia y de la sociedad de varias generaciones, reconociendo, transcurridos unos años de trato intenso y diario con él, que es más que probable que también me haya ocurrido lo expuesto anteriormente, y que otros autores no lo vean con mi favorable óptica. Pues bien, también eso ha ocurrido con los biógrafos de don Juan Prim y Prats.

No es el momento de narrar, aunque sea brevemente, una biografía de Prim, pero cabe reseñar que nace en 1815, de familia burguesa, recibiendo los estudios que en aquella época se daban a un joven de su posición social. En 1833 se inicia la guerra carlista, teniendo él dieciocho años, incorporándose al año siguiente, como oficial, a una unidad de voluntarios catalanes, ascendiendo por méritos de guerra, su valor temerario era el asombro de todos y en pocos años -los que duró la guerra civil-, ya era coronel, aunque no del ejército, consolidando su empleo por méritos políticos, con ocasión de los numerosos incidentes que se sucedieron entre 1840 y 1843. ¿Qué estudios tenía entonces Prim y Prats?, prácticamente los que había recibido hasta cumplir los 18 años, siendo sus conocimientos militares adquiridos mediante la experiencia bélica, que pueden servir para el mando de pequeñas unidades, pero no cuando es exigible el maniobrar con unidades complejas y de varias armas.

Por méritos políticos siguió ascendiendo, de tal manera que en 1848 es ya mariscal de campo, siendo nombrado Capitán general de Puerto Rico, nombramiento que conllevaba, responsabilidades militares, políticas, administrativas y judiciales. Terminado su mando se reintegró a la península, ya metido de lleno en el partido progresista, aunque en esos años le “toca” formación militar, siendo enviado como observador a la guerra ruso-turca que se inició en 1853. Un año permaneció en el extranjero, regresando a España en septiembre de 1854 cuando tres meses antes se había iniciado la revolución que inició el bienio progresista, siendo para el ambicioso y joven general un gran contratiempo, porque se le cerraban expectativas de nuevos ascensos.

No todo estaba perdido y pocos años más tarde, tras muchas presiones sobre el general O`Donnell, consigue ser incorporado al ejército que iba a combatir en África contra el imperio marroquí. Se esperaba que la guerra fuera corta y el enemigo fácil, pero no fue ni una cosa ni otra. Falto de logística y de conocimientos militares, el ejército lo pasó francamente mal, logrando alcanzar el triunfo a fuerza de valor y de miles de bajas, la mayoría por causa de las enfermedades y del hambre.

Pero lo cierto es que ya está Prim en la más alta magistratura del ejército, y ennoblecido por varios títulos, sin que su ambición esté colmada.

No dudamos ni por un momento que Prim, como político, aparte de “amar el poder”, era un hombre bienintencionado y deseoso de impulsar a España desde la situación caótica y descolgada en que se encontraba, hasta alcanzar las mismas cotas sociales, democráticas y económicas de los países más avanzados de Europa. La corrupción política y financiera de los últimos años del reinado de Isabel II hicieron de él un conspirador, visto que por medio de las urnas era totalmente imposible que el partido progresista pudiera algún día alcanzar el poder.

Figura_3Aliándose hasta con el diablo, consiguió una coalición de fuerzas para realizar la revolución de 1868, siendo nombrado Jefe de Gobierno, tras ser elevado el general Serrano, cabeza visible de la sublevación, al rango de Regente del reino (figura 2).

Las hipotecas políticas que había adquirido le fueron pasando factura e inició una especie de huida hacia delante, impulsando de forma muy precipitada, las reformas: estructurales, territoriales, normativas, etc. que España necesitaba, cuando para llevar a cabo todo ello y que fuera asimilado por la población hubiera necesitado años.

¿Qué consiguió como político el general Prim?: la elección de un rey no querido, sabiendo positivamente que de ninguna manera podía ser aceptado por el pueblo y la nobleza española, abocando de esta manera a una situación de intranquilidad y violencia a España; el desencadenamiento de una guerra civil -la tercera carlista-, que desangró de nuevo el solar patrio y que hicieron reabrir heridas que hubiera sido necesario restañar; el auge de una guerra larvada por años de mal gobierno en Cuba y Puerto Rico; la abdicación de Amadeo I, impotente para acertar entre tanto desacierto y la implantación de una República, que en sus once meses de existencia tuvo cuatro presidentes del poder ejecutivo y ninguna cabeza visible como Jefe del Estado; una guerra “chusca”, pero desgraciadamente cruenta, la “cantonal”, hazmerreír del mundo; y por último un golpe de estado, el de Pavía, mirado con alivio por la inmensa mayoría de la población española, respirando por que se iniciara la calma y la tranquilidad, que el hombre que les metió en toda la vorágine, Prim, no supo prever las consecuencias.

El asesinato de Prim a manos de no se sabe quién, le hizo entrar en la leyenda, pero desde luego la misma no debe incluir su reconocimiento como estadista y militar, porque vistos los resultados ni una cosa ni la otra lo fue.

Figura_4Efectuada esta pequeña disección de la figura de Prim, cargada de subjetividad, pasemos a narrar los acontecimientos que culminaron en el atentado de la calle del Turco, que se iniciaron en los primeros pasos para la elección del duque de Aosta como futuro rey de España.

El día 27 de diciembre de 1870, Prim acude al Congreso de los diputados como lo hacía con asiduidad. En el orden del día se incluía un asunto que adquiría una gran importancia para la pervivencia de la monarquía: su asignación civil.

Prim conocía las amenazas que se cernían sobre su cabeza. En primer lugar, el periódico “El Combate”, editado a partir de noviembre del año en curso, en sus primeros números había publicado un artículo contra el general en el que incluso se había escrito “Hay que matarle como un perro”. Días antes del atentado, visitaron a Prim, Ricardo Muñiz y el director de “La Discusión” Bernardo García, que le enseñaron una lista con diez nombres, entre ellos Paúl y Angulo, los cuales era enemigos peligrosos del general y que en alguna ocasión habían proferido amenazas de muerte contra él. Incluso en el propio mes de diciembre, la policía, que no destacaba precisamente por su eficacia, había descubierto y desmontado, dos conjuras para asesinarle.

Aquella tarde, un diputado republicano moderado, el señor García López, se le había acercado y le comentó en voz baja: “Mi general cambie de itinerario”. Pero él no se tomaba excesivamente en serio aquellas amenazas, de hecho estaba acostumbrado a convivir con la muerte. No obstante, aquel día, por consejo de su esposa, la mejicana, doña Francisca Agüero, se había puesto una cota de malla, protección que podía cubrirle de una puñalada e incluso de un tiro de pistola a alguna distancia, pero nada más, a los chalecos antibalas les quedaban muchos años por aparecer.

A la salida del Congreso estaba el diputado Paúl y Angulo, antiguo aliado y ahora enemigo acérrimo del general. Era periodista y uno de los redactores de “El Combate”. Prim al pasar le dijo cordialmente: ¿Por qué no viene con nosotros a Cartagena para recibir al nuevo rey? El otro con gesto malhumorado le contestó: “Mi general, a cada uno le llega su sanmartín”. Otros comentan la escena de distinta forma: Al pasar el general por la salida, algunos parlamentarios, entre los que se encontraba Paúl y Angulo, comentan en voz alta acontecimientos y posibles acciones, con el único propósito de que el general los escuchara, el cual les recriminó su comportamiento, conminándoles con un “¡ojo!, que tendré mano dura”.

Pocos itinerarios se podían utilizar para trasladarse desde el palacio de las Cortes, sede del Congreso de los Diputados, hasta el palacio de Buenavista, en la plaza de la Cibeles, donde actualmente se asienta el cuartel general del Ejército.

En teoría los itinerarios estaban controlados por la policía, pero aquel día no había ninguno, en las declaraciones posteriores se indicó que el general había inconscientemente señalado el itinerario alternativo, con un gesto de su bastón.

La salida del coche del general fue precedida por la de un republicano, un tal Montesinos, el cual mediante un código de luces señaló el inicio del trayecto, recorrido que fue seguido por otras personas que empleaban el mismo sistema, llegando a extrañar a los propios ayudantes de Prim, que iban con él en el coche.

El vehículo tomó la calle del Sordo, hoy de Zorrilla y entraron en la calle del Turco, hoy Marqués de Cuba, y cuando iban a salir a la de Alcalá, otro coche de caballos se interpuso en su camino.

Figura_5El conductor tuvo que hacer alto y en ese momento entre diez a doce sombras emergieron de la oscuridad y rompiendo con sus fusiles los cristales del coche empezaron a disparar a quemarropa. Momentos antes, los ayudantes, Moya y González Nandín, se han dado cuenta de lo que puede ocurrir y llegan a decir  al general: “Mi general, tenga cuidado, échese al suelo”, y poco después se iniciaron los disparos (figura 3).

Prim no se agachó, incluso parece que hizo ademán de levantarse, por lo que los disparos le dieron de lleno. Uno de los asesinos, mientras disparaba, con voz que el propio general dijo que era la de Paúl y Angulo, le gritó: “Prepárate vas a morir”.

Todo ello fue cosa de segundos, porque el conductor arrancó a galope los caballos, arrollando al coche que le había obligado a pararse, atropelló a otro que le impedía el acceso a Alcalá y pasando por Barquillo alcanzó la puerta del entonces ministerio de la Guerra, el palacio de Buenavista, donde se alojaba el presidente del Gobierno (figura 4)

Prim murió a los pocos días. Con la medicina actual hubiera salido con vida del lance. Al mismo tiempo, con su muerte violenta entró de lleno en la Historia de España (figura 5).

El Recuadro representa una versión simplificada del magnicidio, el primero de una serie de ellos que se llevaron por delante a Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato, entre otros, en los finales del siglo XIX y principios del XX. En otros recuadros de la historia intentaremos dar una versión del asesinato del general Prim a través de los comentaristas de prensa. Como curiosidad, según Pedrol Ríus, decano durante muchos años del Colegio de Abogados de Madrid, y que investigó profundamente sobre el tema, no dudó en afirmar que el proceso de Prim ha sido uno de los más voluminosos de la historia judicial española.

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