17 marzo, 2015

Prado-Reina Sofía: explosión de arte

Desde que a primeros de año se supo que el Kunstmuseum de Basilea, la pinacoteca municipal más importante del mundo, estaba dispuesto a prestar sus famosos tesoros artísticos a los dos principales museos nacionales españoles, el Pardo y el Reina Sofía, la expectación fue creciendo en progresión geométrica. No era para menos, y ayer esa expectación llegó a su punto más alto con la presentación de las tres exposiciones que, a lo largo de seis meses (entre mañana y el 14 de septiembre), resultarán una visita obligada para los amantes del arte.

Los diez picassos prestados al Prado, verdadero recorrido abreviado por la trayectoria del genio, ocupan ya la galería central, su zona más noble, junto a los grandes maestros de la Historia. Los mismos maestros que sirvieron de inspiración al artista más importante del siglo XX: Velázquez, El Greco, Tiziano, Tintoretto, Rubens, Veronés, Goya… Todo ello en un montaje en el que, como en un juego de espejos, la belleza de los lienzos de Picasso parece multiplicarse de manera infinita. Carmen Giménez, conservadora de los museos Guggenheim y profunda conocedora del autor malagueño, apenas podía reprimir ayer las lágrimas en su recorrido por la galería central. “Es uno de los momentos más emocionantes que he contemplado en mi vida”, comentaba.

Dado lo insólito del préstamo suizo, también la presentación formal de las exposiciones tuvo un formato diferente. Para la ocasión, los directores del Prado y del Reina Sofía, Miguel Zugaza y Manuel Borja-Villel, respectivamente, optaron por un acto conjunto en las salas del segundo centro junto a los generosos prestadores de las obras. Se ha insistido hasta la saciedad en que el préstamo es gratuito, y allí estaban para corroborarlo Bernhard Mendes Bürgi, director del Kunstmuseum Basel y comisario; Matthias Hagemann, presidente de Im Obersteg Foundation and Collection, y Guy Morin, presidente del consejo del cantón de la ciudad de Basilea.

Cerca de donde reposa el Guernica, este último recordó la pasión que sus conciudadanos han sentido siempre por Picasso y recordó el referéndum con el que su población logró que dos de sus obras más queridas —Arlequín sentado (1923) y Los dos hermanos (1906)— fueran compradas por el Ayuntamiento a Rudolf Staechelin por 8,5 millones de francos (7,9 millones de euros). Aquella petición de referéndum estuvo acompañada de manifestaciones callejeras en las que se enarbolaban pancartas donde podía leerse All you need is Pablo.

Los 10 picassos del Prado han sido ordenados como si de una auténtica ofrenda a un dios se tratara, en palabras de Miguel Zugaza. El director del Prado afirmaba ayer: “Muy pocos artistas son capaces de mantener un diálogo natural con sus maestros”. El altar eucarístico que propone el pintor en su cezanniano bodegón Panes y fruteros se cruza con el Entierro de Cristo de Tiziano. El gótico cubismo de El aficionado se proyecta sobre los muy verticales grecos del retablo de María de Aragón. El monumental Arlequín sentado medita sobre la Historia de Cristo y el centurión de Veronés. Las vigas del techo del retrato de Dora Maar, las mismas del estudio donde Picasso pintó el Guernica, se cruzan con la cámara oscura del taller de Velázquez en el Alcázar de Madrid. Las mitologías hedonistas y expresivas del Picasso último prolongan la danza vital de los desnudos de Rubens al final de la galería.

Cerca del Prado, en la sede del Reina Sofía, el préstamo suizo se desdobla en dos deslumbrantes exposiciones. En la planta baja del edifico Sabatini, un centenar de obras procedente de la colección medular del Kunstmuseum de Basilea se va sucediendo despertando la sorpresa del espectador.

Bajo el título Fuego blanco, un homenaje a la legendaria obra de Barnett Newman firmada en 1960, las piezas maestras del arte contemporáneo se van sucediendo como si ante los ojos del espectador se hubiera posado un gigantesco manual con los trabajos señeros del pasado siglo y parte del anterior. De nuevo, Picasso sirve de arranque junto a Braque y Juan Gris para ilustrar la esencia del cubismo. A los postulados de este movimiento le siguen la estética maquinista y la rotundidad de un lienzo como Dos figuras. Desnudos sobre fondo rojo (1923), de Fernand Léger.

Atentos a la evolución del arte en todo el mundo, los coleccionistas suizos, propietarios titulares de las obras depositadas en el Kunstmuseum, no se pararon en tendencias históricas como la abstracción de Kandinsky, las experiencias de la Bauhaus de Josef Albers o el constructivismo de Antoine Pevsner. La colección tiene una parte importante de artistas suizos como Klee o Hödler, y una impactante selección de trabajos de Giacometti. Paradas obligadas del recorrido son dos obras de Jasper Johns de 1962 (Out the Window y Figure 2), un warhol del mismo año (Optical Car Crash) y tres esculturas de Donald Judd.

Dentro del último arte contemporáneo, la lista resulta apabullante. Pero si hubiera que escoger una pieza, puede que la más sorprendente sea el video-autorretrato de Steve McQueen Illuminer (2002); en él se puede contemplar durante 15 minutos al artista envuelto en sábanas bajo un colorido en tonos oscuros que varía según se escuchan las noticias sobre la primera Guerra del Golfo.

La tercera y última exposición está situada en la cuarta planta del edificio Sabatini. Allí conviven unas 70 obras maestras de las colecciones de Im Obersten y Rudolf Staechelin, dos conjuntos que forman parte del museo de Basilea, pero que se exponen apartadas del resto. Ambos empresarios, amigos de juventud, empezaron a coleccionar arte en torno a 1914. De nuevo Picasso con un cuadro de doble cara (Mujer en el palco y La bebedora de absenta, fechadas en 1901) Kandinsky, Soutine, Chagall, Cézanne, Manet, Renoir y, a partir de julio, el ¿Cuándo os casaréis? de Gauguin, la pintura recientemente adquirida por la Autoridad Museística de Qatar por 300 millones de dólares (283 millones de euros), el récord pagado hasta hoy por una obra de arte.

João Fernandes, subdirector del Reina Sofía, define la exposición como “un auténtico sueño”. “Es la colección que nos gustaría tener de manera permanente en un museo de arte contemporáneo como el nuestro. Y, para los visitantes, es lo que se conoce como una exposición-chocolatina. Disfrutas, aprendes y tiene premio. Nada le gusta más a la gente que reconocer la obra maestra que tiene delante. Y estas las hemos visto casi todas en los libros de texto y en catálogos de importantes exposiciones. La gente las conoce… pero hasta hoy, para verlas, había que viajar a Basilea”.

Nina Zimmer, conservadora jefa del museo suizo, se deshace en alabanzas hacia la forma en que los trabajos están expuestos y reconoce que en Madrid se pueden apreciar mucho mejor que en su emplazamiento tradicional. Eso sí, Zimmer está convencida de que cuando, pasado un semestre retornen a Basilea, el rehabilitado museo que las espera las haga destacar con todo el esplendor que merecen.

Por Ángeles García en El País.