18 junio, 2010

Polémica en Francia: ¿por qué parece tan fácil robar un museo?

Obras cerca del público, vigilancia personal y edificios antiguos explican esa fragilidad.

Hace casi un mes, un hombre rompió una ventana y un candado, se paseó por las salas del Museo de Arte Moderno de París y se llevó cinco lienzos por un valor de 110 millones de dólares. Para el mundo del arte francés, todavía afectado por los 20 robos registrados en museos durante 2009, la pregunta es evidente: con tanto dinero invertido en seguridad, ¿cómo se explican estas incesantes y muchas veces millonarias violaciones a los museos?

Según especialistas consultados por LA NACION, los robos son la consecuencia de una combinación de factores: la disposición de las obras en los museos, las prioridades en materia de seguridad (al determinar contra qué o quién se protegen las obras) y la arquitectura de las salas.

A diferencia de los países asiáticos -que exponen sus obras en vitrinas y que por ello dedican mayor atención a mejorar los sistemas de alarma-, en Europa, sobre todo en Francia, los museos buscan acercar sus exposiciones al público: las esculturas se exhiben en medio de las salas, vulnerables al tacto, y casi nada separa un cuadro de su espectador.

Para el director general del International Council of Museums (ICOM), Julien Anfruns, si bien la sensación es más agradable para el visitante, esta elección es más riesgosa para las obras y obliga a los museos franceses a disponer de una mayor vigilancia humana (sólo el Louvre emplea 1200 agentes). Con 55 millones de visitantes por año, las probabilidades de equivocarse en esa vigilancia son también más altas. Y las complicidades, más factibles.

Colecciones vulnerables
“La política de seguridad de un museo obliga a reflexionar primero sobre la filosofía que se quiere transmitir. La complejidad, justamente, es proteger colecciones que se vuelven vulnerables por el hecho de ser exhibidas”, explica Anfruns.

Creada en 1946, la ICOM reúne 137 países y una red de 28.000 profesionales de museos. Entre sus propuestas en seguridad está priorizar los riesgos: qué se quiere proteger, contra qué o quién, y por qué. Y en esa elección radica también el problema. “Si, como protección, un museo decide atar muy fuertemente el cuadro a la pared, la medida será efectiva en caso de robo porque dificultará la tarea de los ladrones. Pero, en caso de incendio, será más engorroso salvar ese cuadro”, ilustra Anfruns.

En París y, sobre todo, en el resto de Francia, muchos de los 130 museos fueron instalados en edificios imponentes, pero antiguos y vulnerables a los robos. Para el fundador de Art Theft Central, un blog muy reconocido sobre delitos contra el arte, Mark Durney, integrar la protección en la arquitectura puede ser una solución. Por ejemplo, alejando las entradas y salidas de las salas, como hicieron la Tate Modern de Londres, o el Isabella Stewart Gardner de Boston. “El equipo de seguridad logra controlar visualmente la circulación de los visitantes y un robo se vuelve una tarea difícil: la única manera de acceder a las salas es por los ascensores o por las escaleras centrales”, detalla.

Pero la relación entre la seguridad y el público es delicada. “El interés de los museos es organizar exhibiciones cada vez más grandes, ya que, a mayor público, más ingresos. La seguridad está por debajo de todo ello porque no conlleva ganancias. No hay más visitantes sólo porque el museo sea más seguro”, añade Durney.

Para la directora francesa de Art Loss Register, la compañía con la mayor base de datos internacional de objetos de arte robados o perdidos (300.000), hay una clara falta de seguridad en los museos, y toda Europa está afectada por esa carencia. “Hoy es más fácil robar un museo que un banco”, acusa Aline Le Visage. Y precisa: “Es también una cuestión de proporciones. No es que en Francia haya fallas más importantes. Este país, al igual que Italia, es extremadamente rico en lo que a patrimonio artístico se refiere”.

En el ministerio de Cultura francés existe, desde hace 20 años y luego de un robo, una “misión seguridad”, dependiente de la Dirección del Patrimonio. Para el comisario Guy Tubiana, de ese grupo, la dificultad radica en que los museos son lugares abiertos, contrariamente a los bancos: “Los delincuentes pueden visitar diez veces el museo, si lo desean, hasta conocer bien las instalaciones, y luego, por la noche, hacer un mapa del lugar”.

El director de la Oficina Central de Lucha contra el Tráfico de Bienes Culturales, dependiente de la policía francesa, detecta un patrón común: “Los robos se producen, en general, cuando los cuadros no están en su lugar habitual, cuando se trata de obras que fueron desplazadas para una exposición temporaria”, reflexiona Stéphane Gauffeny.

Hace una semana, el Museo de Arte Moderno de París reabrió sus puertas, sin pistas de las obras robadas y, según se dijo, con “seguridad reforzada”.

UNA SITUACION DESIGUAL EN LA ARGENTINA

En la Argentina, la situación de la seguridad en los museos es desigual, con instituciones bien protegidas y otras muy frágiles, en buena medida por deficiencias presupuestarias. “Es una situación despareja, con dos y hasta tres rangos de calidad en seguridad”, dijo a LA NACION Alberto Petrina, director nacional de Patrimonio y Museos de la Secretaría de Cultura. Entre los mejor protegidos, mencionó el Museo Nacional de Bellas Artes, el de Arte Decorativo, el Histórico Nacional (reforzado recientemente después de algunos robos resonantes), el Sívori, el Fernández Blanco, el Caraffa de Córdoba y el Castagnino de Rosario.

La_Nacion