3 junio, 2014

Pinceles en la línea del frente

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No extraña que los grandes movimientos artísticos de las primeras décadas del siglo XX se agrupen bajo una palabra cargada de significado militar: las vanguardias. En los campos de batalla la vanguardia la ocuparon los soldados; en la creación, aquellos que distorsionaron el arte tal y como se conocía hasta entonces. Cubismo, expresionismo, futurismo y dadaísmo son los grandes movimientos que nacen y crecen en torno a la Gran Guerra y la huella bélica se dejó sentir entre sus practicantes. A algunos les ordenaron ir al frente, pero la mayor parte se alistó de manera inconsciente y entusiasta. Muchos perecieron, otros volvieron con heridas terribles y los más retornaron a la vida cotidiana marcados para siempre por aquella terrible experiencia.

En un artículo firmado por Apollinaire en Le petit Messager en marzo de 1915, se daba detallada cuenta de la situación en la que se encontraban algunos de los que decidieron tomar las armas: Georges Braque estaba destinado en El Havre como suboficial; Fernand Léger servía en un tren encargado del aprovisionamiento; Derain era motociclista en el norte de Francia; Albert Gleizes luchaba en el frente; el escultor Raymond Duchamp era cabo mayor en Saint-Germain; el pintor Laboureur trabajaba como traductor para el ejército inglés; el futurista italiano Ugo Giannattasio y el polacoaustríaco Kisling se encontraban en los regimientos de infantería extranjeros, y Édouard Férat, en un hospital.

¿Por qué esa necesidad vital de implicarse directamente en la guerra, de luchar cuerpo a cuerpo? La magnífica exposición histórica que se puede ver en el Guggenheim de Nueva York, dedicada al futurismo, apunta muchas claves para entender el afán de los artistas por empuñar las armas. Ahí se cuenta que durante los años previos al estallido del drama estaban emergiendo en toda Europa movimientos artísticos con una vitalidad y ganas de ruptura desconocida hasta entonces.

En el caso de los futuristas hay que tener en cuenta que el contexto de crecimiento económico y la agitación social italiana eran un terreno abonado para despertar simpatías hacia aquellos jóvenes defensores de las máquinas, la velocidad y la violencia como única manera de conseguir las cosas. Tanto en el caso de los futuristas como en el de los cubistas, vorticistas o expresionistas, la guerra evidenció unas contradicciones a las que muchos no supieron hacer frente. En el remate del recorrido de la exposición futurista, se ve cómo muchos acabaron contaminados por el fascismo y otros decidieron encaminar sus pasos hacia campos más seguros como la fotografía o la publicidad.

Muchas cosas cambiaron con el final de la Gran Guerra. París comienza a perder su protagonismo en favor de Nueva York. Algunos de los artistas no alistados se agruparon en Zúrich y en torno al Cabaret Voltaire lanzan un peculiar alegato en contra de todas las guerras. El cuestionamiento de todo, la provocación y la burla eran sus únicos principios. Entre este grupo se encontraba Marcel Duchamp, que dejaría boquiabierto al mundo con una insólita pieza: un urinario, un objeto fabricado en serie con el que inventó el ready-made y transformó para siempre el concepto de arte.

Pero esa es una guerra muy distinta.

Por Ángeles García en El País