16 diciembre, 2014

Pigmalión y Galatea

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Autor: Jean-Léon Gérôme
Cronología: ca. 1890
Técnica: Óleo sobre lienzo
Localización: The Metropolitan Museum of Art. New York

El siglo XIX se ha convertido en una de las etapas más cambiantes de la historia del arte. Un siglo que comenzaba mirando hacia el pasado e inspirándose en el Partenón y terminaba levantando la Torre Eiffel como símbolo de la modernidad, nos puede dar una idea de lo contradictoria y cambiante que llegó a ser esta época.

Acostumbrados hasta entonces a que los grandes estilos dominasen los siglos. Esta centuria se caracterizaba por algo bien distinto, una etapa de estéticas fugaces, opuestas pero coetáneas en el tiempo. En él llegaron a convivir el neoclasicismo, romanticismo y realismo. Un contexto en el que se entremezclaban miradas totalmente diferentes, unas encontraban en el pasado sus mejores respuestas, otras en la expresión del sentimiento o la representación de la realidad.

Y mientras que el debate de las nuevas estéticas estaba abierto, poco a poco se iba abriendo una inevitable brecha hacia la modernidad.

Los efectos de las grandes revoluciones, la liberal y la industrial, no hicieron otra cosa que modificar el mundo. Y el panorama artístico que siempre está atento a lo que ocurre a su alrededor no hará otra cosa que reflejar los profundos cambios del siglo.

Entre ellos hay un cambio directo en el arte, hasta entonces el clero y la nobleza eran sus únicos clientes, pero ahora irrumpía en la escena la burguesía como importante consumidora de arte, cambiando el movimiento y los gustos del mercado artístico.

Todo ello contribuyó a la constante transformación de los ideales de belleza. Donde no sólo la belleza sino la precisión técnica, la verdad, la realidad, la expresión o la innovación se convirtieron en los principales valores por los que luchar. Un momento artístico a la par complejo e interesante, pero tan frenético que en su desarrollo dejó durante algún tiempo olvidadas a grandes figuras que, prefirieron no alejarse de su estilo o esencia ante el rápido cambio de los gustos y las modas.

Este fue el caso de Jean-Léon Gérôme, uno de los pintores franceses más reconocidos de su época, aunque la fama le acompañó en su larga carrera ésta no impidió que recibiese numerosas críticas y que con el tiempo se olvidase su figura por la mayoría.

Orgulloso de su estilo pictórico, su defensa le llevó a estar rodeado de la polémica, mientras que la pintura académica se encontraba en sus horas más bajas, el no dudaría en seguir a su lado ante los ataques de realistas e impresionistas. Pese a ello el maestro francés nunca se separó de su estilo, Gérôme no era el clásico pintor académico, y fue capaz de seguir la tradición pero creando nuevos mundos pictóricos.

Su pasión sencillamente era pintar, con su singular iconografía y sus temas eruditos lograba atrapar al espectador, convirtiéndola en un testigo de las historias que ocurrían en todas las épocas desde la Antigüedad clásica hasta la época más actual y cercana. Lo que le hacía diferente es que prefería centrarse en lo anecdótico de la historia pero recreándola con todo lujo de detalles y así acercar los grandes acontecimientos al espectador.

Considerado uno de los pintores más importantes del periodo académico, destacó por ser pintor y escultor, pero después también sobresalió por ser el maestro de una larga lista de estudiantes.

Había nacido en Vesoul en 1824, con apenas dieciséis años llega París para estudiar en la Académie Julian, donde un prestigioso maestro el pintor Paul Delaroche se ocupará de guiar sus primeros pasos en la capital francesa. Junto a él asimila rápidamente su estilo académico pero sin dejar atrás las influencias de otro de los grandes del momento, Jean-Auguste-Dominique Ingres, incorporando a su obra su cuidadosa factura y su preocupación por la luz.

Una estancia de un año en Italia le acerca de forma directa a las antigüedades romanas y a la arqueología, abriéndole un nuevo mundo que el curioso pintor decide dar vida en su pintura. En 1847 Gérôme presenta en el Salón Oficial “La pelea de gallos”, una composición de género de la Antigüedad tratada de forma colorista y delicada, por esta obra recibirá una medalla de tercera clase, y a partir de aquí comienza una carrera de éxitos profesionales y gran reconocimiento social.

Realiza varias expediciones a Egipto y Oriente Próximo atraído por lo romántico y literario del mundo árabe. Influyendo en sus escenarios, al mismo tiempo que enriquece su repertorio. La meticulosa atención que pone en las vestimentas, objetos decorativos y arquitecturas, hacen de estas composiciones teatrales verdaderos documentos etnográficos que acercan una cultura exótica y novedosa al público occidental.

Gérôme se interesa desde muy pronto por la escultura pero no se consagra a ella hasta 1878. Ayudándose de los descubrimientos arqueológicos del momento concibe sus obras para ser policromadas y de esta forma las piezas parecen cobrar vida. En los años ochenta y noventa el propio taller del artista es un tema recurrente en sus creaciones, son muchas las referencias entrelazadas entre la obra pictórica y la escultórica, de ahí que uno de sus temas predilectos sea “Pigmalión y Galatea”.

Entre 1890 y 1893, hará varias obras pictóricas y esculpidas sobre este tema, la historia se relata en las Metamorfosis de Ovidio. Todas muestran el momento en que la escultura de Galatea cobró vida gracias a la diosa Venus, en cumplimiento de la voluntad de Pigmalión. Este lienzo es una de las tres versiones conocidas que se cree que probablemente inspiraron una de sus esculturas de mármol policromado.

El maestro francés llegó a realizar tres versiones de la misma obra, en cada una de ellas Galatea aparece en un ángulo diferente, dando la idea de que al juntar los tres cuadros lograríamos ver a la figura desde todos los puntos de vista, como si la estuviéramos rodeando.

“Pigmalión y Galatea” es una de las más bellas historias de la mitología, recreada por numerosos pintores, escritores, músicos y escultores. Pigmalión fue un importante rey de Chipre, sabio y bondadoso, que destacaba por ser un gran escultor. El rey se pasaba gran parte de su tiempo creando hermosas esculturas y al final pensó que no se casaría y que dedicaría todo su amor a la creación de las más bellas figuras.

Un día decidió crear la más hermosa de sus obras, una mujer ideal, cuya belleza fuera inigualable. Trabajó día y noche esculpiendo la estatua de una joven, a la que llamó Galatea, tan perfecta y tan hermosa que se enamoró de ella perdidamente y por ello le suplicó a la diosa Venus, que diera vida a su amada estatua.

La diosa, que estaba dispuesta a atenderlo, le hizo una señal pero el rey no la entendió y se fue a su casa muy decepcionado. Cuando por fin regresó a su taller, se acercó a su obra lleno de tristeza pensando en ella ya como en un sueño imposible, la besó en los labios y al hacer esto no sintió el frio marfil, sino los cálidos labios de una mujer, sorprendido quiso abrazarla y besarla de nuevo lleno de pasión y fue en este preciso instante cuando Galatea cobró vida, se volvió de carne y hueso y se enamoró perdidamente de su creador. Finalmente se casaron y tuvieron una hija llamada Pafo, ambos reinaron felizmente y se convirtieron en los más fieles seguidores de Venus.

Gérôme escogió el momento de la transformación, cuando se funden en un beso, y aunque sus piernas son de marfil y siguen pegadas a la base, Galatea ya ha cobrado vida mientras que el abrazo de su amado nos ofrece también cierto movimiento a la escena.

La armonía de la obra se logra a través de una mezcla de relaciones perfectas que establece entre la línea, el color y la luz. y con este juego consigue que la belleza del cuerpo femenino – con todo lujo de detalles – se convierta en el protagonista del cuadro.

El dibujo y la línea condicionan por completo la composición pero aun así el color está perfectamente estudiado para dirigir la mirada del espectador hacia los elementos principales del lienzo. Prueba de ello es el claro contraste de las tonalidades claras para resaltar la belleza del cuerpo de Galatea frente a los oscuros colores del Pygmalión, como el azul y marrón que consiguen resaltar a un más la delicadeza del cuerpo femenino. Un cuerpo que está tratado como si fuera una escultura antigua.

La perfección y armonía de una escultura clásica que cobra vida a través de la luz que baña por completo la figura y el juego de líneas en el modelado que le aportan un movimiento envolvente. Llama la atención su increíble forma de tratar la piel, una delicada piel sin poros, con un acabado perfecto y suave que consigue que la luz resbale por todo el cuerpo, dando una sensación increíble de luminosidad, convirtiéndose en un escultor que moldea la piel.

Es por ello que la luz elegida sea una luz directa, homogénea sin veladuras ni humos, que nos ayudan a disfrutar del atractivo del cuerpo nítidamente perfilado. En el cuadro no solamente la estatua cobra vida, sino que la vida también se ve reflejada en las dos máscaras que son testigos de la transformación, que son el reflejo de la expresión de la sorpresa y – como no podía ser de otra forma- sobre ellas se encuentra Cupido a punto de tirar su flecha, símbolo del inicio del amor.

Gérôme llegó a ser uno de los pintores más emblemáticos del academicismo francés y uno de los grandes creadores de imágenes del siglo XIX. Su carácter independiente con el paso del tiempo sólo le sirvió para ser despreciado por su enfrentamiento con los impresionistas y por ello llegó a ser olvidado en Europa. Sin embargo el artista francés continuó su propio camino, y aunque tachado por no acercarse a la modernidad, el no dudó en utilizarla. De esta manera se familiarizó con la nueva creación fotográfica y recurrió a ella para componer algunos de sus cuadros y – sobre todo – aprendió a aprovechar el medio para dar a conocer y vender su obra.

Los cuadros de Gérôme tuvieron desde 1859 una notable difusión gracias a los grabados y a las reproducciones fotográficas.

Persona muy erudita, elegía cuidadosamente los temas con la intención de crear imágenes que fácilmente se convierten en iconos visuales de la cultura, fue uno de los primeros creadores en utilizar la escenografía de manera soberbia para las reconstrucciones de la antigüedad y de sus percepciones de Oriente. Sus obras sobresalían por el estudiado aspecto cinematográfico, algo que con el paso del tiempo atrajo a Estados Unidos llegando a inspirar escenas de las grandes producciones cinematográficas de temática histórica.

Por Laura Pais Belin.