8 septiembre, 2011

Picasso y la sombra de una mujer que sonríe (Diario Sur)

Hace un siglo, al calor del robo de la Gioconda del museo del Louvre, Picasso y el poeta Apollinaire se vieron ante la justicia envueltos en este caso y en el del hurto de unas estatuillas ibéricas.

Esta es una historia que tiene un siglo, una historia de delitos, de sospechas y de mentiras, de audacia y de cobardía, en la que se mezclan franceses, italianos, argentinos y un malagueño. Una historia de poetas, pintores, aventureros, estafadores, ladrones, periodistas y policías, en la que se mezclan toscas estatuillas ibéricas y el retrato de una mujer que sonríe.

La donna è mobile
En la raíz de todo, un pintor, un rey, un emperador y una mentira. Que se resumen en que Leonardo da Vinci pinta el retrato de una dama que quizás sea Lisa Gherardini (en la actualidad, se estudia el ADN de sus restos exhumados en una iglesia de Florencia), que será adquirido por el rey Francisco I de Francia en fechas cercanas a la muerte del pintor en el país vecino. Que la obra maestra de Leonardo termine expuesta en el parisino Museo del Louvre será lo que conduzca a un albañil italiano, Vincenzo Peruggia, a creer que fue el expolio practicado por Napoleón el que arrebató la pintura a su patria. Al menos, será la explicación que dé a la policía cuando sea detenido en 1913. Tras el robo, movía los hilos un turbio estafador argentino, Eduardo Valfierno, que lo convenció para perpetrar el robo el 21 de agosto de 1911. La finalidad del argentino era vender seis hábiles copias del cuadro, realizadas por el falsificador francés Yves Chaudron y a trescientos mil dólares cada una, haciéndolas pasar por el original. Mientras la policía francesa se esforzaba por deshacer el embrollo, el poeta Guillaume Apollinaire y el joven Picasso se vieron envueltos en esta historia de delito y de redención.

Un psicópata encantador
El responsable de esta implicación, el villano de estos hechos, se llamaba Honoré-Joseph Géry Pieret, un «persuasivo psicópata bisexual», buscón y narcisista según el biógrafo de Picasso John Richardson, que además lo describe como «boxeador, fullero, camello, jockey, chulo, chantajista y criminal convicto». Fernande Olivier, la compañera de Picasso en esos años, era más benévola, pues lo encontraba «una especie de loco, agudo, inteligente, bohemio». En ese año de 1911, Pieret, tras pasar cuatro años en el Oeste norteamericano, había reaparecido en París para pasmo de todos. Fornido, presuntuoso, rubio, alto, ataviado con un sombrero de vaquero, pronto, según Richardson, «se jactó ante Apollinaire, con quien se puso en contacto nada más llegar, de que era ‘asquerosamente’ rico, de que tenía grandes monedas de oro, una mina de billetes y un cargamento de cobre». Tras fracasar en negocios quiméricos e incluso amenazar con el suicidio, el desquiciado Pieret consiguió ser empleado como secretario personal del poeta, una tarea que simultaneará con una a la que ya se había dedicado justo antes de emigrar a Estados Unidos: la de ladrón de piezas de arte en el Museo del Louvre, estatuillas ibéricas que el propio ladrón creerá fenicias y que instalará en lugares muy visibles de la casa de Apollinaire. Tan aterrado como fascinado por el personaje (se aducirá un posible suministro de drogas, la atracción sexual y el repertorio inagotable de historias que inventa), Apollinaire, que recibe de su secretario la propuesta de robar juntos en el Louvre, teme volver a casa por miedo a encontrarse con quien le ofrece vivir al borde de los múltiples abismos, y tras unas vacaciones junto al Canal de la Mancha, opta por expulsarlo en una fecha que es, precisamente, la del robo de la Gioconda.

En una carta al ‘Paris-Journal’, el 29 de agosto de 1911, Pieret, a la vez que entrega en la redacción una cabeza ibérica robada y recogida de la casa de Apollinaire, cuenta cómo había robado, en 1907, algunas esculturas del museo que estaba siendo duramente criticado por la facilidad del robo de la Gioconda. En ese relato fanfarrón, narra la venta de una de las piezas a Picasso, que recibiría una segunda escultura tal vez como regalo: «Vendí la escultura a un amigo parisino. Me dio poco dinero; creo que fueron cincuenta francos, y los perdí esa misma noche en una sala de billar». Para ese momento, el propio periódico que acogía las jactancias de Pieret ofrecía 50.000 francos por la devolución del cuadro, sin hacer más preguntas. Reflejo de ese anonimato que ofrece el periódico es que las cartas de Pieret se publican firmadas como ‘El ladrón’ al que el diario describe como alguien «de entre veinte y veinticinco años, de excelentes modales, con un cierto encanto americano, cuyo semblante, mirada y comportamiento revelan un buen corazón y cierta falta de escrúpulos».

Un paseo nocturno
Al verse reflejados en la prensa como los receptores de piezas robadas por Pieret, Apollinaire y Picasso comenzaron a tener miedo. Fernande, la compañera de Picasso, narra en sus memorias la reacción de los dos amigos: «Parece que estoy viendo a los dos, aterrorizados, como niños arrepentidos, pensando en huir al extranjero. Gracias a mí, no se dejaron llevar por el pánico y decidieron quedarse en París y deshacerse lo antes posible de las comprometedoras esculturas. ¿Pero cómo? Al final decidieron meterlas en una maleta y tirarlas al Sena por la noche. Cenaron atropelladamente y, tras una larga espera, hacia la medianoche se fueron a pie y con la maleta; volvieron agotados a las dos de la mañana; traían la maleta con las estatuillas dentro. Habían dado vueltas y vueltas sin encontrar el momento adecuado, sin atreverse a deshacerse de ellas. Pensaban que les seguían, barajando en su imaginación miles de posibilidades… Aunque yo compartía sus temores, aquella noche estuve fijándome en ellos. Estoy segura de que, quizás involuntariamente, actuaban un poco: hasta el punto de que, mientras esperaban el momento de cometer el delito, aunque ninguno de los dos sabía cómo, pensaron en ponerse a jugar a las cartas -sin duda como habían leído que hacían los bandidos-. Al final Apollinaire pasó la noche en casa de Picasso y al día siguiente se fue al Paris-Journal, donde devolvió las malditas estatuillas con la promesa de que guardarían el secreto».

El 6 de septiembre, el periódico cuenta que les había devuelto las estatuillas «un misterioso visitante, artista aficionado, de buena posición económica, cuyo placer mayor es coleccionar obras de arte». La descripción concuerda con Apollinaire más que con Picasso. Al día siguiente, el poeta es denunciado a la policía mientras Pieret huye hacia Marsella con 160 francos en el bolsillo que su antiguo jefe le ha dado para que desaparezca. Durante su huida, envía una nueva y confusa carta al periódico en la que se confiesa autor del robo de la Gioconda. El día 7, dos inspectores de la policía francesa registran el domicilio de Apollinaire, donde atestiguan la relación de éste con Pieret. Detenido en la prisión de la Santé, según Richardson, «pasó de proclamar histéricamente su inocencia a proclamar histéricamente su culpabilidad -la suya y la de Picasso». Apollinaire fue debidamente inculpado y encerrado en una celda. La policía esperó un día y después anunció que estaban «sobre la pista de una banda de ladrones internacionales que han venido a Francia para saquear nuestros museos». Al ser interrogado, Apollinaire, en busca de la exculpación, afirmará que había intentado persuadir en vano a Picasso para que devolviera las piezas al museo, pero que el malagueño se había negado porque, según la declaración policial de Apollinaire, «había deteriorado las estatuas al intentar descubrir ciertos secretos del arte clásico y a la vez bárbaro al que pertenecían».

El careo y las lágrimas
Picasso tiene razones para temer lo peor. El día 8, a las siete de la mañana, la policía le fue a buscar. Según Fernande Olivier, «un agente vestido de paisano, mostrando una tarjeta de la Prefectura, se presentó y ordenó a Picasso que le acompañara para comparecer ante el juez de instrucción, a las nueve. Picasso, temblando, se vistió apresuradamente; fue necesario ayudarle; el miedo le había hecho perder la cabeza y no era para menos. […] Una vez llegados a la Prisión Central, Picasso fue introducido en el gabinete del juez de instrucción, donde se encontró con un Apollinaire pálido, deshecho, sin afeitar, con el cuello roto, la camisa abierta, sin corbata, enflaquecido y con la cabeza gacha. Detenido desde hacía dos días, asediado de continuo como un criminal, había confesado lo que querían que confesara. […] Muy impresionado, Picasso, temblando como estaba, se sintió perdido; el corazón se le disparó. […] No pudo declarar tampoco más que lo que el juez quería que declarara. Además, Apollinaire había confesado tantas cosas falsas y verdaderas al mismo tiempo que con ellas sólo había conseguido comprometer definitivamente a su amigo. […] Por lo visto, lloraban los dos ante un juez bastante paternal que apenas si conservó su severidad ante su infantil dolor».

Pierre Cabanne ofrece una visión que no es positiva: «El careo entre Apollinaire y Picasso en presencia del juez fue un verdadero desastre: el pintor, aterrado por las preguntas del magistrado, se desconcertó e hizo recaer las sospechas sobre el poeta, que tampoco estuvo muy brillante. Tanto el uno como el otro eran extranjeros y tenían un miedo cerval de que los pudieran expulsar de Francia. Los amigos de Guillaume hicieron circular una petición solicitando su puesta en libertad, al tiempo que Géry Pieret, en fuga y libre, escribía al juez para testificar la inocencia del poeta. Ante el espectáculo de Apollinaire aniquilado, deshecho en lágrimas como un niño, y Picasso, preso de pánico, el juez comprendió que ambos habían sido víctimas de un timador».

El cuervo y el adiós
Puesto a disposición del juez de instrucción en calidad de testigo, Picasso será puesto en libertad. Apollinaire deberá esperar al día 13 para obtener la libertad provisional. Según Olivier, «el asunto se terminó por un sobreseimiento, al decidir el juez que había prescripción, aunque, al parecer, la prescripción no es posible en delitos de esta clase, los cuales son juzgados como crímenes de Estado». Mientras tanto, Pieret siguió en libertad, dedicándose al robo y la estafa en Egipto. El día que moriría Apollinaire en París, el 11 de noviembre de 1918, un amigo del poeta recibió una carta ominosa de Pieret. En ella decía: «Hace unos días estaba sentado junto a una ventana abierta cuando de repente entró un cuervo en la habitación. Sentí que me traía un mensaje de Guillaume Apollinaire. Estoy preocupado por él y te ruego que me digas si aún vive».

La experiencia de los jueces y el presidio dejó marcados a los dos amigos, que en los meses siguientes a su liberación padecieron melancolías, inapetencias y manías persecutorias. En juego había estado, para Apollinaire y Picasso, no sólo la prisión, sino la expulsión de Francia. A fin de cuentas, uno era un emigrante polaco y con sangre judía, y español con amistades anarquistas el otro. Para borrar el deshonor, Apollinaire optará por alistarse voluntario en la Primera Guerra Mundial y, a la postre, morir a causa de las heridas, y de la neumonía, el día que se firmaría el armisticio. Picasso, cuando la guerra mundial fuera otra, y en su patria le aguardaba un tirano al que había ridiculizado, y otro era el amigo judío detenido, y muerto en la cautividad, optaría por el silencio, por el miedo. Tal vez por la esperanza. Por el recuerdo de estos días de rejas y amenazas de hace ahora cien años.

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