30 noviembre, 2011

Perdidas irreparables: El Cristo de Mena

cabeceras_Recuadro

Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Figura_1-Quema-de-conventos-de-Saenz-de-TejadaDentro de los Recuadros de la Historia introducimos un tema general más, el referente a las pérdidas irreparables del Patrimonio Histórico por causas naturales y antrópicas,

En la revista SECURITECNIA, número 379, de octubre de 2011, se publicó un extraordinario dedicado a la “Seguridad en Museos y Patrimonio Histórico”, contando con la colaboración entusiasta de PROTECTURI. Entre los artículos, muchos de ellos de prestigiosas voces del arte y de la seguridad, se “coló” uno del presente autor titulado: “Desastre en el patrimonio histórico: impacto de su pérdida”, sintetizando en breves líneas las agresiones que han tenido a lo largo de la historia, el legado de nuestros mayores, el cual debemos entregar lo más íntegro posible a las generaciones venideras. Algunos de los lectores han sugerido que bien podría ser un buen punto de reflexión en los recuadros que casi semanalmente se publican en esta revista virtual.

Al intentar ser divulgativo, no se puede desde esta líneas, llevar a cabo investigaciones profundas sobre las pérdidas irreparables que se han sucedido a lo largo de los siglos, teniendo que recurrir a las realizadas por distintos escritores que han evocado esa tragedia.

Figura_2-Cristo-de-MenaComo se indica en el título, en este Recuadro se narrará la destrucción del Cristo de la Buena Muerte de Pedro de Mena, considerada por muchos la mejor escultura del mundo de Cristo muerto, existiendo otros entendidos en arte que aducen que en cuerpo y rostro, podría considerarse una figura perfecta, reflejándose en ella un cuerpo al que acaba de abandonar la vida, pero que adolece de unos brazos desmesuradamente cortos, sin conocerse fielmente, si así los realizó su autor o fueron añadidos con el paso de los años, por pérdidas de los originales.

La bibliografía sobre la desaparición del Cristo de la Buena Muerte, llamado tradicionalmente el “Cristo de Mena”, no es muy numerosa, basada casi toda ella en fuentes periodísticas de 1931, año en que se produjo la catástrofe, y últimamente el periodista y director de publicaciones del diario SUR de Málaga, Pedro Luis Gómez, ha editado una estupenda novela titulada: “La cenizas de Cristo (El enigma de Mena)”, que aunque basada en hechos históricos, deja entrever como un “futurido” (o futuro deseado) que algún día aparezcan todos los trozos de la imagen, principalmente su rostro, para deleite, contemplación y sentimiento religioso de todos.

Excepción merece la “Historia Documental de la Cofradías y Hermandades de Pasión de la ciudad de Málaga”, referencia obligada para el estudio de la Semana Santa Malagueña, escrita por el padre Andrés llorden y el escritor Sebastián Souvirón, reeditada en edición facsímil en 2005; y “La destrucción del patrimonio eclesiástico en la guerra civil. Málaga y su provincia”, de José Jiménez Guerrero, editado por la editorial Arguval en este mismo año de 2011.

El diario SUR anualmente publica en fascículos dentro del periódico un libro, que se renueva cada año, al que titula “Pasión del Sur”, destacándose entre ellos para el presente Recuadro, el editado en el año 2006 y en el cual se investiga sobre “La Semana Santa desaparecida”. También del mismo diario, es una fuente obligada, el libro “Málaga. Historia de un siglo”, publicado conjuntamente con Unicaja.

También es de destacar, por tratar de los luctuosos sucesos de 1931, la novela “Las vestiduras recamadas”, de González Anaya, editada en Barcelona en 1932.

Por último cabría nombrar a la “Historia de la Cruzada Española”, colección de libros laudatorios para el régimen de la posguerra civil, pero que relata de forma muy pormenorizada los saqueos y destrucciones en el patrimonio religioso, al advenimiento de la República.

Por supuesto, en este repaso de fuentes documentales, los propios autores anteriores recogen las periodísticas de la época, de las cuales, hoy en día, pueden consultarse las hemerotecas de ABC, La Vanguardia y otros periódicos, que la ponen a disposición de cualquier interesado, a través de Internet.

El novelista González Anaya nos transporta a la lejana Semana Santa de 1931, celebrada pocos días antes de la proclamación de la 2ª República, pero aunque existe crispación en al ambiente político y social, las celebraciones religiosas se suceden con relativa tranquilidad.

“El tercio ha mandado de África tropas de sus banderas para el desfile; y cuatro legionarios, en las esquinas del lecho fúnebre, le guardan. Efigies de bronce o de piedra, los cuatro permanecen en sus posturas tan inmóviles como el Cristo”. (Las vestiduras recamadas, pág. 163)

Figura_3_Dolorosa_de_Pedro_de_MenaAnaya nos presenta en su novela a Francisco Palma, renombrado artista, y que seguramente sería el padre de Francisco Palma Burgos, que en la década de los cuarenta, esculpió el Cristo muerto que hoy recorre las calles de Málaga y al que todo renombran como “Cristo de Mena”. La escena del Crucificado yacente, custodiado por los legionarios y los devotos pasando para contemplarlo:

“¡Es el mejor Crucificado que vi jamás! Recuerdo algunos de ejecución maravillosa, como el de Benvenuto, que se venera en el trascoro escuarialense; y el de la Seo, en Zaragoza; y el de Montañéz, en Sevilla, que es de los mejores que he visto; y el de Gregorio Hernández, en Compostela. Y ya no son las gubias, con los pinceles, conozco los más bellos que hay en el Prado: el de Velázquez, tan de fama; el de Goya, que no me gusta; los del greco, Murillo y Alonso Cano − l que formó con su carácter a este sin par Pedro de MENA − y el de Tiépolo, y otros célebres que no acuden a mi memoria. ¡Ninguno, amigo Palma, ninguno de ellos, me parece tan soberano como este ejemplar!” (Ob. Cit. pág. 164)

Narrar, tal como lo hace Anaya la destrucción del Cristo de la Buena Muerte, causa verdadero dolor. El escritor vivió aquellos días de forma presencial y nítida las escenas en su retina, las transcribió a papel que publicó al año siguiente.

“No obstante sus titánicos forcejeos, los del camarín no consiguen volcar la cruz. Únicamente, la inclinan hacia fuera sobre los pernos. Entonces, el gigante que los azuza, ebrio de furor, gira el brazo y asesta rudo golpe sobre la talla. Rota por el ensamble de la rodilla, salta una pierna de la efigie.
Dando alaridos dolorosos, cual si fueran sus propios huesos los que acababan de romperse, el escultor se precipita tras el sagrado miembro de la escultura”
(Ob. Cit. págs 284 y 285).

Sobrecoge la escena, porque demuestra la destrucción irracional del hombre, que días antes contemplaba tranquilamente la imagen en las calles de Málaga y poco después, espoleado por proclamas incendiarias, se convierte en fiera para destruir el patrimonio histórico de un pueblo.

Anaya es un novelista malagueño que vivió intensamente aquellos días trágicos, de cuyas resultas nació la novela, la cual debe considerarse como fuente histórica de gran veracidad, dada la inmediatez del autor a los acontecimientos. En la historia de España, se ha tomado como fuentes históricas, los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós y de hecho los sitios de Zaragoza, Gerona y Cádiz, las andanzas de los guerrilleros y la carga de caballería de los coraceros en la batalla de Bailén, las consideramos como si así hubiera acaecido. Sin embargo el autor narró dichas escenas, tomando como referencia otras fuentes coetáneas, no asó en su última serie, con los títulos (entre otros) de la “España trágica”, “Amadeo I”, “La primera República”, “De Cartago a Sagunto” y “Cánovas”, las cuales son fuentes veraces porque los hechos fueron vividos por el autor, bien es verdad que su ideología obliga a tamizar diversas afirmaciones y comentarios.

Pero veamos otras referencias a esa pérdida irreparable:

Figura_4_Ecce_Homo_Pedro_de_MenaEn la colección “Historia de la Cruzada Española de Liberación”, a la que por supuesto, aunque los autores fueron coetáneos de los acontecimientos, se encuentran subjetivados por una opción política, no se le puede negar la categoría de fuente de credibilidad y veracidad. Cuando inicia la narración de los acaecimientos en Málaga, expone: “Fue en Málaga donde la tragedia alcanzó proporciones de catástrofe, donde el salvajismo fue más feroz y las pérdidas más irreparables” (el subrayado es nuestro) (Tomo III, pág. 330 y siguientes).

Interminable sería enumerar las “pérdidas irreparables” causadas en la imaginería, pintura y escultura eclesiástica malagueña, por lo que nos centraremos en el Cristo de la Buena Muerte.

Pedro de Mena nació en Granada en 1628 y murió en Málaga sesenta años más tarde. Fue hijo del afamado escultor Alonso de Mena y discípulo de Alonso Cano. De profunda fe religiosa. Se volcó en el arte cristiano, de tal manera que es probable que no hiciera nunca una escultura fuera de este género.

A instancias de su gran amigo el provincial de los dominicos de Málaga, talló hacía 1658 una imagen de Cristo muerto, de tal forma que de ella diría Ricardo de Orueta, uno de los más importantes críticos de arte de la primera mitad del siglo XX: “Pocas veces conseguirá el arte andaluz morbidez más suave, contornos más puros y proporciones más ajustadas y más hermosas”. Habría que añadir que Pedro de Orueta, republicano y afín a don Manuel Azaña, no compartía la destrucción indiscriminada que se produjo en España, y aunque asumió responsabilidades políticas, las abandonó en septiembre de 1936 cuando el partido comunista oocupó la cartera de cultura. Gracias a Orueta, se salvaguardaron muchas obras de arte durante la cruenta guerra civil.

Los tasadores de seguros, lo valoraron en más de un millón de pesetas, siendo apetecida la obra por algunos museos extranjeros, los cuales se interesaron por él. El obispo Spínola rechazó la venta, contándose como anécdota que lo hizo con estas palabras: “No tenéis en vuestro país, con ser tan rico, dinero bastante para comprarlo”.

Algunos devotos, ante la quema de iglesias y conventos, procedieron a ocultar las imágenes más importantes de la iglesia de Santo Domingo, haciéndolo detrás del retablo del altar mayor, pero sucedió que uno de los asaltantes portaba una barra de hierro, rompiendo el frontal del altar con la misma, apareciendo los brazos y la cabeza del Cristo, lanzándose sobre él algunos sujetos que desgraciadamente la historia no proporciona sus nombres.

De este individuo hay diversas descripciones, todas ellas coincidentes, como un hombre alto, casi gigantesco, con una gabardina de color blanco o similar y portando una gran barra de hierro.

Algunas personas intercedieron por las imágenes ante los bárbaros, pero sus súplicas cayeron en saco roto y con el Cristo de la Buena Muerte desaparecieron las imágenes de la Virgen del Pozo, del siglo XV y las de San Miguel y el Cristo de la Columna del siglo XVII, así como altares, artesonados y todo lo que había de valor en el recinto sagrado.

Figura_5_Mater_Dolorosa_Pedro_de_MenaDe entre las filas de los asaltantes, apareció un obrero con su blusa y con una pistola en la mano, amenazando a todo aquel que se atreviera a tocar a la Virgen de la Esperanza y al Señor del Paso, que hoy en día son veneradas en Málaga, gracias a aquel anónimo sujeto.

Por su parte Pedro Luis Gómez, en su obra “Las cenizas de Cristo (El enigma de Mena)”, centra el interés de su obra en que la pérdida puede que no sea irreparable y que el rostro del Cristo de la Buena Muerte, fue salvado de las llamas por algunos hermanos de la cofradía y escondido para que no fuera descubierto. Gómez, extraes de las crónicas periodísticas posteriores a los hechos, las manifestaciones de personas que aseguran que no vieron destruir a la imagen rota de Mena, a diferencia de otras esculturas de la misma iglesia de Santo Domingo.

En la novela se narra la supuesta aparición de la imagen, pero dejemos hablar al autor:

“¡Mira, mira, mira!”, grita Rafael dirigiéndose a su amigo Juan y señala hacia un lado de un montón de telas apiladas. Apartan bruscamente los restos de cortinas y túnicas con gran nerviosismo y una tremenda prisa, y allí aparece, ante el silencio de los protagonistas, el rostro del Cristo, el impresionante rostro del Cristo de la Buena Muerte, destrozado por los golpes, los mismos que no había podido ocultar la tremenda imagen de serena belleza que Pedro de Mena consiguió impregnar en su máxima obra.
De buenas a primeras un estremecedor silencio recorrió el lugar: el tiempo parecía haberse detenido para Juan, Rafael y Andrés. Allí en medio de aquel patio, rodeados de restos de todo tipo, arrodillados, mirando, fijos, sin moverse, aquel resto de la escultura del Cristo de la Buena Muerte, que había aparecido debajo del montón de túnicas, trapos y demás ropajes. Como les explicó Félix que había ocurrido. Allí estaba, pese a todo, el Cristo de Pedro de Mena. Yacente y semidestruido, pero allí estaba. Era el Cristo de Pedro de Mena.
La cabeza de la venerada y preciada imagen estaba muy deteriorada, así como la barbilla y el pecho. No tenía nada del brazo izquierdo, y había perdido casi la totalidad del derecho. El Cristo conocido en sus orígenes como “De las cinco llagas”, nacido del genio y gusto de Mena en 1661, estaba destrozado, pero estaba…
(Pág. 61 de Las cenizas de Cristo).

Figura_6_Iglesia_de_Santo_Domingo_de_Malaga¿Convicción en la “resurrección” del Cristo de Mena? Tal vez el novelista y afamado periodista, así en su interior lo cree, y en boca de uno de los protagonistas de su obra, se dice: “El enigma de Mena seguirá siempre sin resolver…”

Las pérdidas irreparables de la Cultura no tienen autores nominales. Es la propia Historia la causante de ellas. Son los hombres que la escriben con su quehacer día a día. Son los políticos que en un afán de captar votos, incendian las mentes de sus oyentes, sin que ellos crean que se puede llegar a tanto.

Nuestra Ley del Patrimonio Histórico, habla de su protección y de su difusión y disfrute. El arte es arte y no tiene partidismo de ningún tipo, unas veces será venerada por los creyentes de una religión, pero para el resto es arte, no un objeto que hay que destruir porque es como hacerlo con un oponente.

A lo largo de los Recuadros de “Pérdidas irreparables” veremos no solamente que el hombre es el destructor del arte, sino que hay otras causas, entre ellas la propia naturaleza, la cual no perdona jamás.

Dr. Rafael Vidal
Málaga, 7 de noviembre de 2011 (día en que cumplió 64 años)


Relación de Fotos:

Figura 1: Dibujo alegórico de la quema de conventos del director artístico de la “Historia de la Cruzada Española de Liberación”, Saenz de Tejada.
Figura 2: Imagen real del Cristo de Mena.
Figura 3: Virgen Dolorosa de Pedro de Mena.
Figura 4: Ecce Homo de Pedro de Mena.
Figura 5: Mater Dolorosa de Pedro de Mena.
Figura 6: Iglesia actual de Santo Domingo de Málaga.