17 agosto, 2011

Patrimonio sacro, demasiado riesgo (Diario de León)

«Robar en las iglesias españolas es un juego de niños».

Esa afirmación la hizo en su día el famoso René Alphonse van den Berghe, más conocido como Erik el Belga, uno de los más prolíficos ladrones de arte religioso español en la década de los setenta y principios de los ochenta. Detenido en 1982, fue absuelto en el juicio tras protagonizar innumerables fechorías en edificios religiosos de todo el país. Ya entonces y después, bandas organizadas se dedicaron, y lo siguen haciendo, al expolio del patrimonio religioso, uno de los tráficos más lucrativos, junto al de las drogas y las armas. Hace sólo unas semanas, el robo —de película de humor— del Códice Calixtino en la Catedral de Santiago de Compostela ponía en evidencia la vulnerabilidad y las carencias de conservación y protección del patrimonio incluso en los grandes en los templos.

Se calcula que el patrimonio eclesiástico está integrado por 100.000 inmuebles. Más gráfico resulta afirmar que el 80% del patrimonio histórico-artístico nacional pertenece a la Iglesia católica, o que el 70% del suelo habitable de Santiago de Compostela está en manos de la Iglesia.

Los robos, de menor cuantía pero siempre importantes, en iglesias son habituales e incluso han aumentado en los últimos años. Según los datos del Patrimonio Histórico de la Guardia Civil, los delitos en edificios religiosos aumentan progresivamente, con un crecimiento del 40% en 2009 y del 22% en 2010. Castilla y León es la comunidad más castigada. El patrimonio sacro leonés ha sido objeto de más de un centenar de robos en las tres últimas décadas. Robos impunes. Sólo dos juicios y la recuperación de unas pocas piezas alivian el daño. Ante esta situación parece difícil que el arte pueda seguir en las iglesias. La escasez de medidas de protección —se han instalado alarmas en 32 ermitas e iglesias— sólo se debe a la falta de medios. Tanto es así que la crisis obliga a la Junta a suspender su instalación. La Iglesia no tiene recursos para garantizar la seguridad de su patrimonio y nunca los tendrá, lo que hace inevitable la implicación de las administraciones, porque la propiedad del arte trasciende su propia titularidad.

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