21 diciembre, 2010

Palco en el teatro de Renoir

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Laura Pais Belín

Autor: Pierre – Auguste Renoir.
Cronología: 1880
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Localización: Sterling and Francine Clark Art Institute. Williamstown, Massachusetts. Hasta el  6 de febrero, en la Exposición “Pasión por Renoir”. Museo del Prado. Madrid

imagen_renoirHacia 1860 en el marco de la pintura europea numerosos indicios anunciaban que algo  estaba cambiando. Nuevas orientaciones que en la década siguiente concluirán en la formación del grupo impresionista, creado por un conjunto de artistas unidos por similares preocupaciones artísticas.

Fueron entre ocho o nueve años de gran actividad creadora, un grupo que al principio no tendría aceptación, y aunque con el tiempo sobresaldrían por las innovaciones pictóricas que propusieron, su gran logro radica en la dinámica de cambio e innovación que van a imprimir a todo el arte occidental.

Auguste Renoir fue una figura clave en este proceso de renovación que estaba comenzando. Al mismo tiempo revolucionario y un artista con un fuerte peso de la tradición. Su mayor aportación fue llevar las conquistas del movimiento impresionista a la representación de la figura humana, quizá por ello muy pronto se convirtió en uno de los más populares del grupo. Perteneciente a él desde sus inicios, participó ya en su primera exposición en 1876, en la que se presentaron como la Sociedad anónima cooperativa de artistas pintores, escultores, grabadores etcétera. Así comenzaron una serie de exposiciones al margen de los Salones Oficiales. Aunque Renoir siempre intentó mantener su independencia, ya que nunca buscó pertenecer a un grupo opuesto al arte oficial, defendiendo su deseo de mantenerse dentro de la tradición del arte francés. Buscaba el reconocimiento de su obra y veía que el salón era  la vía más adecuada para dar a conocer su arte. Y de forma obstinada, pese a las críticas, durante muchos años continuó presentando allí sus lienzos.

Nacido en Limoges en el seno de una familia humilde sería el cuarto hijo formado por el matrimonio de una obrera y un humilde sastre, cuando tenía cuatro años la familia se trasladó a Paris, destacaría en la escuela por sus dotes para el dibujo. Pronto comenzó sus andanzas como artesano puesto que con trece años será aprendiz decorador en una fábrica de porcelanas. Sentía tal pasión por la pintura que aprovechaba el mediodía para ir al Louvre para observar, copiar y dibujar a los grandes maestros como Tiziano, Velázquez, Rubens o Fragonard. Esta admiración hará que los grandes maestros clásicos se conviertan en sus grandes referentes a lo largo de toda su carrera. Sin olvidar la influencia de los destacados pintores de su siglo Delacroix y Courbet.

A los diecisiete años colaboraba con su hermano mayor pintando abanicos, coloreando escudos o pintando telas de iglesias para los misioneros de ultramar. Por todo ello conseguiría ahorrar para poder matricularse en la Escuela de Bellas Artes, no le convenció la rigidez académica lo que le llevó a acercarse al estudio privado de Gleyre, donde tuvo la oportunidad de conocer a tres de sus mejores amigos Monet, Sisley y Bazille. Era el inicio de una gran amistad y el principio de los postulados impresionista.

De sus inicios en el trabajo de decoración de porcelanas y abanicos, partirán dos de las características en toda su trayectoria que serán la precisión en el manejo del pincel y el uso de un brillante colorido que destaca sobre un fondo de suave blanco. Y es que aunque se mantuvo dentro de las filas impresionistas Renoir siempre mantuvo sus propias ideas sobre lo que para él significaba la pintura y con ello destacó por crear un estilo muy personal.

Mostraba a través de sus pinceladas cualquier escena de la vida real. Se deleitaba abriendo sus ojos ante todo lo que pasaba a su alrededor y disfrutó creando en sus lienzos toda la belleza percibida.
Intentaba mostrar en cada una de sus obras el placer de la vida de la época, en pequeñas escenas llenas de frescura y vitalidad. Nos lo ofreció en el resplandor de la luz que incide en sus desnudos femeninos, pasando por la naturalidad y delicadeza de sus composiciones al aire libre. Sin olvidar el sensual detallismo que muestra en sus retratos y escenas íntimas de la burguesía del momento. Y finalmente convirtió a la mujer en una de las grandes protagonistas de sus lienzos, joven y hermosa siempre es tratada con un gusto decorativo y bello.

Se dedicaría tanto al paisaje como al desnudo femenino y frente a la modernidad de la vida urbana elegida por alguno de sus contemporáneos Renoir elige escena protagonizadas por personajes modestos disfrutando de sus ratos libres, en los que presentaba como nadie la alegría de vivir. Puede que estas sean sus escenas más reconocidas pero también hubo un hueco en su producción para el retrato. Aunque algunos de los pintores impresionistas como Monet se negaban a recibir dinero a cambio de cualquier concesión artística. Renoir realizaría muchos retratos por encargo. Y es que su origen humilde y su formación artesanal le hicieron ver con claridad aquellos trabajos que hacía porque necesitaba mantenerse en la época de penuria económica. Al principio en estos encargos perdía cierta espontaneidad, pero a medida que pasa el tiempo y comienza a tener prestigio, sus retratos son mucho más libres y dejan mostrar la soltura, el detallismo y la delicadeza de su peculiar mirada de los personajes retratados

Podemos casi afirmar que Renoir en parte de estos retratos se convirtió en un fiel cronista de su época. Consigue presentarnos la vida cotidiana de la burguesía parisina, con la elección de estos temas aporta cierto toque de modernidad a sus pinturas.

Un ambiente varias veces reflejado en sus obras serán las noches de ópera en el París de finales del siglo XIX, como muestra este lienzo titulado “Palco en el teatro” conocido también como “En el concierto”.

En este caso utilizará ese contexto como fondo para retratar a la bella esposa y la hija del subsecretario de Bellas Artes, Turquet. La  madre joven y hermosa, ataviada con un escotado y elegante traje negro adornado con guantes blancos, defiende su presencia en el retrato con su intensa mirada hacia el espectador, mientras que apoya su cabeza en la mano izquierda y en la derecha sostiene una partitura. La hija en contraposición a la madre va vestida de blanco está ajena al juego de miradas de su madre con el espectador, lleva un suntuoso ramo de rosas en la mano, donde el artista se recrea utilizando las tonalidades más vivaces del lienzo. Podríamos ver en esta obra una influencia de la factura de Manet en la utilización del contraste de tonalidades blancas y negras, pero a ello Renoir añade un tercer tono el rojo del grueso telón del palco y las flores porque así consigue contrastarlo con los otros dos tonos.

En la composición las figuras reclaman la atención del espectador, el maestro con un riguroso sentido de artesano distribuye por la tela sus masas de color encendidas y muestra la delicadeza de su pincelada en el rostro de las mujeres, tratados como si fueran verdaderas porcelanas.

Puesto que el rostro se trata con una pincelada fina y minuciosa, donde podemos apreciar la facilidad del maestro para el dibujo, sus cuerpos se crean a partir de una pincelada rápida y fluida que dejan mostrar cierto detallismo en los adornos y las flores. Mientras que el fondo se resuelve con pinceladas amplias y sueltas.

El espacio del cuadro no se crea a partir de la utilización de la perspectiva, sino que la profundidad está definida por las gamas de color utilizadas, algunas claras y brillantes en contraposición a otras más oscuras. Y finalmente las protagonistas, las figuras, son las que crean espacio y nos dan el contenido de la obra.

Y en lo que se refiere a la iluminación es totalmente artificial  pero con ello consigue aportar sombras coloreadas a la escena, realizada con una pincelada rápida y fluida.

A lo largo de su carrera sus obras mostraron la vida que le rodeaba, pintada  cuidadosamente con pequeños toques y cada uno de ellos deja en el lienzo una nota cromática, lo más pura posible y la luz del cuadro la conseguía a través de esas notas de color.

Se dice de él que fue el más tradicional del grupo impresionista, que por ello nunca hizo desaparecer por completo el negro de su pateta. Y en lo que se refiere a la técnica el más profesional ya que su pincelada arrolladora y minuciosa conseguía más unidad rítmica que el resto del grupo. Con sus pinturas serenas, amables y dulces consiguió que el público comenzara a aceptar el impresionismo. Renoir siempre disfrutó de su oficio de pintor porque desde sus inicios siempre mantuvo una idea clara, para él la pintura era goce, y así se demostraba en cada uno de sus lienzos.

Las últimas décadas de su vida en las que ya gozaba de un profundo reconocimiento se caracterizaron por los golpes duros. A la temprana muerte de su mujer que le sumió en una gran tristeza se unió el padecimiento de una grave enfermedad reumática que lo postró en una silla de ruedas y poco a poco lo dejó sin movilidad. Pero todo ello no le impidió seguir pintando aunque para ello tuviese que atar sus pinceles a sus rígidos dedos deformados. Trabajó incansablemente hasta sus últimos días, quizá porque Renoir no entendía su vida sin un pincel y una muestra de vida y de color entre sus manos de artesano.