29 abril, 2014

Oteaderos de corsarios

oteadero

En los siglos XVI y XVII dormir a orillas del Mediterráneo conllevaba un riesgo innegable de despertar cautivo en Berbería. Para precaverse de Barbarrojas y Cachidiablos se erigió una cadena defensiva de torres atalayas desde las cuales los torreros encendían hogueras o lanzaban humadas en señal de peligro. Contando con delatores, los malos arribaban de noche y desembarcaban al alba. Y cuando acudía presta la caballería tras el toque de rebato, el bandidaje ya se había consumado.

Acercarnos a las torres llamadas de almenara supone hacerlo a enclaves estratégicos desde los que pueden admirarse espectaculares vistas. En esta ruta peninsular tomaremos como referencia la España corsaria, de Ramiro Feijoo. Aunque en sí es un regalazo, quien quiera puede bajársela (www.ramirofeijoo.com) dejando una pequeña donación vía Paypal.

1. El magnetismo del cabo

Estas costas fueron pasto sempiterno del pirateo berberisco, como demuestra el colorista desfile de filaes de moros y cristianos, que tiene lugar, en Moraira, el 15 de junio. Una vez en la preciosa cala apiscinada de El Portet (no es mala idea llegar a pie en 15 minutos desde el Portichol) hay que embocar, en fuerte pendiente, las calles Puerto Lápice, Puerto del Sol y Port de l’Alcúdia (en esta última existe una mínima zona de aparcamiento). En 45 minutos desde la playa (160 metros de desnivel en cerca de un kilómetro), siguiendo el sendero local V51, tocamos la sillería de la atalaya del Cap D’Or (1565), mandada erigir, como todas las de estas costas, por Felipe II a instancias del afamado ingeniero Giovanni Battista Antonelli.

Erguida sobre un poblado íbero suma 26 metros de perímetro de mampostería enfoscado con mortero y en su parte alta se muestra erizada de ménsulas. Sus cañones fueron rescatados del fondo de El Portet. A sus pies se contacta visualmente con el castillo de Moraira, la torre del campanario de la iglesia fortificada de Teulada, el peñón de Ifach y el cabo de La Nao.

De regreso, nos desviamos a la cueva de la Cendra, bostezo horadado de atractivo visual, a 40 metros sobre las olas y junto a vías de escalada. ¿Hace una paella María Elena en el restaurante El Portet?

2. Emboscada entre pinos

A medio camino entre el puerto de Barbate y Los Caños de Meca, elevada a cien metros de altura, se halla la torre del Tajo (1588), entre manchas de pinos de repoblación y junto a una proyección costera de tipo vertical como no hay otra en Cádiz, hábitat de estorninos negros y palomas bravías.

La forma más corta de llegar consiste en aparcar en el punto kilométrico 19,5. Queda después una media hora de paseo (1,6 kilómetros llanos) hasta la torre desde la que se avisaba a las almadrabas de los bancos de atunes, lo mismo que se impedía que los bandidos se aprovisionaran de agua en los caños. Acercarse al mirador con balaustrada de madera situado delante del torreón equivale a hacerlo al corazón del Parque Natural La Breña y Marismas del Barbate, con vistas a veces factibles a Tánger. Torreón de 13,5 metros de alto que abre sábados, domingos y festivos, de 11.00 a 14.00 (entrada, 2 euros), siempre y cuando el tiempo acompañe. En ese horario se puede, y se debe, subir al terrado por la escalera de caracol, tras quedar boquiabiertos con su bóveda de siete metros.

Los sábados se realizan visitas de puesta de sol y, a partir de mayo, de luna llena. También se combina la excursión a la torre con la observación nocturna tanto de estrellas como de camaleones. Incluso se llegan a programar cursos de yoga y recitales. Consultar las actividades en el Facebook de Arcosur Medioambiente.

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3. Proteger al Papa Luna

La de Badum, de planta circular y 11 metros de alto, es emblema dominador junto al mar castellonense. Su misión: dar aviso de las razzias al castillo del Papa Luna. A 3,3 kilómetros de Peñíscola giramos a la izquierda para tomar la pista de tierra -hormigonada en las cuestas- que un par de kilómetros después nos eleva 109 metros hasta la cima desarbolada del cantil. La sierra de Irta tiene una fuerza de convicción inmediata al tratarse del más amplio tramo de litoral virgen de la costa mediterránea peninsular española. Aún conserva el matacán y los ventanucos, así como el lema del escudo de Carlos V, bajo el águila bicéfala: no puede ser más explícito, Siembra alarma y protégeme. Está prevista su rehabilitación.

A lo lejos, señaladas por el viejo cuartelillo de carabineros, las calas de Russo y El Pebret asombran desde la melancolía y la distancia de sus blancas arenas, enclavadas en un sector de reserva marina. Se desaconseja continuar hacia Alcossèbre por el mal estado de la pista. Portar agua y sombrero.

4. Custodio del manantial

La Marina de Cope es como un condenado en el corredor de la muerte urbanística, sentencia suspendida por el efecto paralizante de la crisis inmobiliaria. Todo ello hace más interesante, si cabe, la excursión a la vieja torre almenara. Salir de Águilas y después de rebasar la localidad de Calabardina se encuentra el desvío señalizado.

Más que torre debió de ser todo un fortín defensor de la almadraba, la ganadería de la zona, la ermita. No en vano tenía que evitar, a ras de mar y carente de defensas naturales, las aguadas de los buques corsarios casi a nivel del mar, en la ensenada de la Fuente. De ahí que fuera arrasada en varias ocasiones desde su erección en 1573. A la puerta original -en altura, como todas- se accede actualmente por una escalera de caracol colocada en la fachada. Al ser objeto de vandalismo, el acceso ha sido prohibido.

Qué revelación, descubrir el tramo reconstruido de revellín o muralla triangular que da idea la su posición estratégica al costado del cabo Cope, que luego podemos recorrer durante unos 20 minutos. Los días de mala mar el recreo visual se extiende al magnífico conjunto de dunas fósiles que rodea el recinto. Siguiendo la costa a pie llegaremos en 6 kilómetros a las cuevas-vivienda de cala Blanca (Lorca).

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5. Fotografiando a las cabras montesas

Había que salvaguardar las playas de Cantarriján y La Herradura de las incursiones piráticas, y qué mejor que hacerlo desde la cima del cerro Gordo. Para subir primero hay que tomar la antigua nacional 340, en el punto kilométrico 305 del moderno trazado, renunciando a introducirse en el túnel de dicho cerro Gordo. Un par de kilómetros después dejamos el coche en el mirador del cerro y emprendemos una caminata de 300 metros hasta la torre (Almuñécar cuenta con cinco torres vigía), entre pinos carrascos y sotobosque mediterráneo en el que predominan especies arbustivas como el esparto, el lentisco, el tomillo y el romero; no es raro poder fotografiar la cabra montés en el paraje natural de los acantilados de Maro-Cerro Gordo.

Por las vistas hay que recurrir al superlativo (llevar prismáticos), más aún cuando cae el sol y sobrevuelan el paraje las gaviotas y demás aves que anidan en estos escarpes de 232 metros de altura. A un lado se llega a divisar el cabo Sacratif; al otro, la costa malagueña hasta el faro de Torrox y puede que incluso Torremolinos.

Después se impone bajar a tomar el sol (o una caña) en los chiringuitos de la playa de Cantarriján, con sector naturista.

6. El oteadero de Ibiza

Primero salimos de Denia en dirección al barrio de Las Rotas, plataformas pétreas donde la falta de arena se compensa con el buceo y la tranquilidad que ello nos depara. Dejamos el coche en el párking y mirador junto al restaurante Mena, y nos disponemos a subir 132 metros de desnivel empezando por la Vía Láctea (una calle). Tras menos de un kilómetro de pendiente rumbo a la cima del Montgó daremos con la torre del Gerro (siglo XVI). Este cilindro de peculiar forma –gerro significa jarra- y escudo imperial nos encara frente al cabo San Antonio y a su valiosa reserva marina. Dicen que estos acantilados son el mejor oteadero de Ibiza, sobre todo en los meses fríos. El cuerpo troncocónico de cuatro metros consta de dos puertas -con matacanes- en sus flancos. Como el resto de la red defensiva litoral, carece de puerta a ras del suelo: se subía por una escalera de mano que luego recogía el guardián.

Se aplaudan o no los crepúsculos en la terraza del bar Helios –lo revela el novelista Manuel Vicent-, el caso es que la especialidad de Denia siempre fueron las puestas de sol.

7. Nueva vida como un faro

Varias torres vigías cumplen funciones farísticas. Ocurre en Conil de la Frontera con la torre de Roche; en Almuñécar, con la punta de la Mona, y en Níjar, con la torre de los Lobos, emplazada en la cima del cerro de la Polacra.

Yendo desde San José, y rebasado el desvío a Rodalquilar, se aprecia a la derecha el vial, sin rótulo alguno, a la torre. Luego, desde la barrera que impide continuar en coche, restan 2,3 kilómetros de subida por asfalto entre un mar de esparto. Conviene aprovechar las primeras horas del día y así gozar de la luminosidad radiante del Mediterráneo. Botellín de agua y sombrero.

Esta torre de vigilancia pertenece a la tipología troncocónica y sección circular propia del siglo XVIII. El boquete practicado a la altura del terreno -un atropello puesto que las entradas se practicaban a una altura equivalente a tres pisos-, fue aprovechado en la rehabilitación farera para fijar una puerta. La vida moderna añadió un escudo ministerial que produce el efecto de un anacronismo. El plano focal de la óptica alcanza 281 metros, lo que le confiere el orgullo de ser “el faro en activo más elevado de España y del Mediterráneo”, según el farero-escritor Mario Sanz.

Como premio al esfuerzo, la cumbre permite adueñarse de toda la costa central del parque natural del Cabo de Gata. Prevalece el asombro ingenuo y primitivo de quien mira a levante la punta Javana y la playa de San Pedro; a poniente, el solemne cerro de los Frailes.

8. La Marquesa, una santa laica

En el espacio de interés natural Tamarit-Punta de la Mora no hay lugar para decepciones. Consta de 3 kilómetros de costa ornada con los mejores atributos medioambientales, a tan sólo siete kilómetros de uno de los más significativos complejos petroquímicos del Mediterráneo. Todo aparece dominado por la torre-vigía (1562), encaramada sobre el promontorio que ocupa el cámping Punta de la Mora (la dirección permite el acceso a pie a cuantos lo soliciten).

Luego podemos atravesar el bosque de la Marquesa, quien tiene mucho de santa laica para los tarraconenses, al rechazar un cheque en blanco a cambio de urbanizar este paraje virginal. Aparece después la cala de Roca Plana o Calabecs, muy indicada para quedarse maravillado con el escenario.

A unos 400 metros a pie podremos bajar con cuidado por el amarillento talud de cala Fonda, o Waikiki, especialmente indicada para los naturistas que huyen del chiringuiteo.

Otra opción, ver la torre y el castillo de Tamarit desde cala Jovera, no pierde peso.

9. En la reserva integral

Partiendo de Roses hacia cala Montjoi, por una serpenteante carretera de montaña (limitación a 40 kilómetros por hora), la mirada descansa sobre el cabo Norfeu, que simula un Gibraltar a la costabravense. Por pista de tierra transitaremos después por un paisaje ampurdanés de una calidad ambiental y estética muy elevada: el Parque Natural del Cabo de Creus. Dejamos el desvío a la agradable cala de la Pelosa (con chiringuito), y aparcamos a la entrada del cabo Norfeu, donde habrá que proseguir a pie por el sector de costa declarado reserva integral. Por todo resplandece el carácter agreste de una línea de costa con farallones moldeados por la energía cinética de las olas. A unos 200 metros visualizaremos fácilmente la torre de guaita (vigía), puesto que esta lengua de tierra está desarbolada, rica en orquídeas, lentiscos, madreselvas y plantas medicinales. Según cuenta Josep Pla, la torre fue sufragada por la ciudad de Barcelona. Solo conserva parte de su fábrica. Desde ella se extiende un amplio arco geográfico que abarca la visión del golfo de Roses e incluso las islas Medes. Es éste territorio del halcón peregrino.

A la ida o a la vuelta, cerca en cualquier caso de Roses, merece subir en un pispás al dolmen de Creu d’en Cobertella, el más grande de Cataluña.

guadalmesí

10. Corrientes y vendavales

Como señala Ramiro Feijoo, en pocos sitios como este puede uno sentir “el influjo maligno, por irresistible, del Estrecho”. Pocos lugares antaño tan manifiestamente comprometidos, tan necesitados de defensa. Huerta Grande (Tarifa) ejerce de centro de visitantes de los parques naturales del Estrecho y de Los Alcornocales, y en él puede adquirirse la Guía de Aves del Estrecho de Gibraltar (15 euros). De Huerta Grande arranca la pista que nos introduce en la potencia visual del Estrecho. Siguiendo hacia el cortijo La Hoya (con cabañas destinadas mayormente al turismo ornitológico, 609 53 44 26), se deja el coche junto a la caseta de los molinos aerogeneradores, con idea de marchar a pie 600 metros hasta el mirador Cerro del Tambor.

A unos 8 kilómetros de Huerta Grande entramos en la aldea de Guadalmesí, situada junto a la altiva torre vigía que impedía las aguadas de los piratas a la vez que conectaba Tarifa con Gibraltar. Por el mal firme, puede que haya que dejar el coche unos 200 metros antes de llegar a la torre. Conserva el matacán de ladrillo y dos puertas-ventanas en la parte superior; los torreros estaban armados con un par de falconetes. Junto a la torre hay un observatorio, con un panel explicativo con siluetas de rapaces en vuelo, para ser testigos de la migración de las aves planeadoras. La curiosidad sube de tono en el acantilado para, en bajamar, contemplar la plataforma de abrasión.

Por Guillermo Esaín en El País.