17 febrero, 2016

Ofelia

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Autor: John Everett Millais

Fecha: 1851-52

Localización: Tate Britain. Londres

Técnica: Óleo sobre lienzo

 

La muerte de Ofelia se convirtió en un tema recurrente en la pintura del siglo XIX,  reiteradamente abordado por los miembros de la llamada “Hermandad Prerrafaelita”, un movimiento artístico, exclusivamente británico, nacido  en Londres a finales de la década de los años cuarenta.

Por aquel entonces la pintura inglesa estaba a punto de estancarse, los caminos del arte se encontraban excesivamente encorsetados en las normas académicas y dirigidos por los convencionalismos de la sociedad victoriana. En un acto de rebeldía tres jóvenes estudiantes de la Royal Academy, Hunt, Millais y Rossetti, fundan la cofradía prerrafaelita. Una nueva organización donde el arte plástico y  la literatura aparecían estrechamente combinados con la que  ambicionaban crear una nueva pintura, libre y auténtica. Querían dejar atrás la influencia del modelo renacentista, tan defendido por la Academia,  buscando nuevas referencias en el arte  anterior a Rafael, de ahí el nombre elegido para el grupo.

De esta manera, el arte medieval y en particular él de los primitivos italianos, se proclamaron como modelo de pureza y  libertad. Sus cuadros, siempre coloridos, solían ir acompañados de múltiples símbolos y referencias literarias, religiosas y poéticas, así como de un preciso realismo en los detalles que pretendía lograr una imitación perfecta de la naturaleza.

Debemos añadir que, más allá de una clara reacción a la enseñanza académica, se unía la crítica a la época que les tocó vivir, un tiempo dirigido por la industrialización, el progreso y la modernidad. Por ello pretendían utilizar su arte para despertar conciencias en una sociedad guiada por el mercantilismo.

Y, aunque la cofradía se disolvió rápidamente,  sus ideas siguieron nutriendo la vanguardia inglesa, durante cerca de cincuenta años.

En su momento a John Everett Millais se le consideró el más dotado técnicamente de todos los pintores del grupo. Había nacido en Southampton en 1829, se decía que  comenzó a pintar con 4 años y  a los siete mostraba ya un gran talento para el dibujo. Su familia decidió trasladarse a Londres para que él estudiara allí y, con tan sólo 11 años, era admitido en la Royal Academy, el centro de enseñanza  de pintura más prestigioso de la época.

Durante su permanencia en esta institución, conoció a sus compañeros de hermandad con quienes muy pronto compartió sus inquietudes artísticas y con ellos decide formar el grupo.

Fue considerado por el crítico e historiador John Ruskin como el verdadero sucesor natural de Turner. Muy agradecido con el crítico, Millais quiso demostrar su reconocimiento con la elaboración del cuadro  con el retrato del  personaje shakespeariano de Ofelia. En el momento de su presentación la obra tuvo una increíble acogida entre el público y la crítica, pero es curioso que finalmente no fuese del agrado del crítico.

Realizó una obra totalmente prerrafaelista donde se mezclaba a la perfección un tema literario cargado de símbolos complejos, acompañado de un naturalismo meticuloso y colores tornasolados.

Al igual que sus compañeros, Millais empleó una fórmula diferente para pintar sobre el lienzo, producto de su propia invención. Utilizaba los colores puros sobre fondo blanco todavía húmedo, logrando de esta manera colores brillantes y translúcidos aportando a la composición un gran realismo.

En su búsqueda de un colorido luminoso, semejante al de la pintura del Quattrocento, desarrolló una técnica pictórica precisa. Aplicaba por encima del dibujo, previamente trazado en el lienzo, una fina capa de pigmento blanco, que dejaba visible el dibujo. Posteriormente, sobre esta capa húmeda, se aplicaba la pintura con pinceles pequeños y minuciosa lentitud. Así lograba que el color tuviese en sus cuadros el brillo y luminosidad que buscaba. Trabajaba de una manera detallista y meticulosa.

Como fundador de la cofradía, mostraba gran interés por la naturaleza y la importancia de representarla con exactitud. A la hora de elaborar la obra comenzó pintando el paisaje, el río, las plantas, las flores, siguiendo unos estudios realizados por él mismo al aire libre durante el verano y el otoño de 1851.

Recorrió buena parte del cauce del río Hogsmill, al sureste de Inglaterra, hasta encontrar una localización cuya vegetación se ajustase a la descrita en Hamlet. Ya que, tal y como defendían los prerrafaelitas, pintaba directamente del natural, intentando captar de cerca el detalle. Pensaban que, en lugar de recurrir a la memoria esta forma de pintar  era fundamental para liberar la mente de esquemas preestablecidos.

Su objetivo era mostrar la autenticidad de los motivos elegidos. Un factor importante en la preferencia por la pintura al aire libre fue el deseo de captar el color tal como aparecía en la naturaleza.

Posteriormente, sobre ese fondo natural perfectamente recreado, pintó la figura de Ofelia. Para ello se sirvió de la joven y bella modelo Elisabeth Siddal, esposa de Rossetti y musa del grupo. A la que hizo posar muchas horas durante el invierno sumergida en una bañera con agua tibia que calentaba por debajo con lámparas de aceite, para evitar que el agua se enfriase y perjudicase su salud.

El maestro capta el preciso momento de paso entre la vida y la muerte en el personaje de Ofelia. Asombra la serenidad de su rostro, sobre todo si se tiene en cuenta que el tema de la pintura es la muerte. Nos muestra un rostro único, con la mirada perdida en el infinito y la boca entreabierta exhala el último suspiro de vida mientras que sus manos se tienden hacia el espectador de forma delicada y sus ropajes se desdibujan confundiéndose con el agua y la flora del río.

La postura elegida del cuerpo abre la mirada hacia los setos y las flores de la charca,  porque prácticamente todo en esta obra se reduce a la representación de la Naturaleza, que se extiende a las propias ropas de Ofelia creando un gran tapiz bordado lleno de detallismo e inusual belleza.

Millais, debido a la importancia que supuso para los prerrafaelitas la atención rigurosa a la naturaleza, lo tuvo en cuenta para la recreación de  la obra, ya que las flores, árboles y plantas que Shakespeare hace recoger a Ofelia en su delirio tienen todas ellas un significado oculto, ese mismo trasfondo simbólico con el que los pintores prerrafaelitas caracterizaban sus lienzos.

El sauce y las ortigas indicarían dolor, llanto, tristeza. Las margaritas, inocencia y fidelidad. El lirio, la virginidad; mientras que las orquídeas expresan lo contrario, la sexualidad. Los ranúnculos, peligro. Los pensamientos, el amor no correspondido y  las amapolas aluden a la que Hamlet le regaló. En conclusión es la representación a través de símbolos, de la unión del amor y la muerte.

Cada hoja, cada flor y cada planta, al igual que el agua tranquila y clara en la que flota el cadáver, muestran hasta su más mínimo detalle. Pintado con una obsesiva minuciosidad el paisaje que la rodea crea un espacio cerrado, envolvente, como si quisiese proteger  su cuerpo sin vida. Un alarde de realismo pictórico hasta entonces inusual para los objetos menos definidos de los fondos. Y todo ello unido a un formato abovedado del lienzo que sugiere poder llegar a ser un escenario teatral.

La armonía de los colores está acorde con el tema, siendo suaves y apagados a excepción del rostro y manos de Ofelia, que muestran una mórbida luminosidad.

Es por todo ello una obra que inquieta y fascina a partes iguales. El resultado es una composición cargada de poesía, en la que encontramos el naturalismo solicitado por los prerrafaelitas, alejándose de las tendencias académicas del arte oficial, tanto en los estilos como en los temas, pero con una delicada belleza que va mas allá del puro realismo y rigurosidad técnica.

Su Ofelia está considera una de las obras maestras del movimiento. Sin embargo, al transcurrir el tiempo Millais se ancló en el academicismo, renegando incluso de sus compañeros, llegando a ser académico. Pero nunca podremos olvidar que, como nunca nadie había hecho hasta entonces, Millais fue capaz de convertir en pintura los versos de Shakespeare.

Leyendo el fragmento del gran maestro podemos sentir el peso de cada una de sus palabras en cada una de las pinceladas del pintor prerrafaelita.

 “Inclinado a orillas de un arroyo, elévase un sauce, que refleja su plateado follaje en las ondas cristalinas. Allí se dirigió, adornada con caprichosas guirnaldas de ranúnculos, ortigas, margaritas y esas largas flores purpúreas a las cuales nuestros licenciosos pastores dan un nombre grosero, pero que nuestras castas doncellas llaman dedos de difunto. Allí trepaba por el pendiente ramaje para colgar su corona silvestre, cuando una pérfida rama se quebró, y, junto con sus agrestes trofeos, vino a caer en el gimiente arroyo. A su alrededor se extendieron sus ropas, y, como una náyade, la sostuvieron a flote durante un breve rato. Mientras, cantaba estrofas de antiguas tonadas, como inconsciente de su propia desgracia, o como una criatura dotada por la Naturaleza para vivir en el propio elemento. Mas no podía esto prolongarse mucho, y los vestidos cargados con el peso de su bebida, arrastraron pronto a la infeliz a una muerte cenagosa, en medio de sus dulces cantos”