18 agosto, 2015

Nazi, traficante de arte, protegido del franquismo

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Un historiador rastrea la trayectoria de Ludwig Losbichler, quien se refugió en España tras la Segunda Guerra Mundial para comerciar con cuadros robados

Quienes lo conocieron en Barcelona lo describen como un tipo muy alto, algo encorvado y un charlatán que hablaba varios idiomas. El austriaco Ludwig Losbichler Gutjahr vivía solo, sin pareja, ni hijos. Nacido en 1898 en Waidhofen, llegó a la capital catalana durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando acaba el conflicto, se mueve con soltura gracias a sus relaciones con la policía y autoridades franquistas, lo que le permite contactar con marchantes y traficantes para trapichear con obras de arte. El historiador Francisco Fernández Pardo (Logroño, 1937) —autor de la monumental Dispersión y destrucción del patrimonio cultural español (seis tomos)— retrata la figura de este “gran especulador” en un artículo del número de septiembre de la revista Hispania Nostra.

Antes de pasearse por las Ramblas, Losbichler residió en Casablanca, Tánger y Tetúan en los años treinta. En el norte de África prestó sus servicios a la Gestapo. Cuando en 1944 está a punto de caer el III Reich, Losbichler figura en una lista enviada a Franco por los aliados de más de 100 agentes nazis para ser expatriados a Alemania, señala Fernández Pardo, doctor en Filosofía y miembro de la catalana Academia de Bellas Artes de Sant Jordi. Losbichler es deportado y encarcelado unos meses, pero este gato siempre cae de pie y aparece otra vez comprando y vendiendo pinturas en Barcelona en 1948. “En esto es fundamental su relación con el historiador Josep Gudiol i Ricart”, que dirigió el Institut Amatller d’Art Hispanic, institución privada.

Sin embargo, Losbichler no era el único nazi que traficaba con obras de arte, a pesar de que era ignoto en la materia. Había un nutrido grupo de altos cargos nazis que, bajo el manto protector de las autoridades del régimen, había trasladado a España de forma clandestina “unas 600 obras” sustraídas a marchantes y coleccionistas, sobre todo judíos, de los países conquistados por Hitler… Solo el protagonista de esta historia logró reunir “entre 70 y 120 piezas”, aunque muchas eran de “amigos” que querían darles salida y le buscaban como intermediario. Encontrar comprador en un país que pasaba hambre y con Alemania derrotada no era fácil. Este corredor tenía que moverse entre sombras porque los vientos habían cambiado en Europa. Losbichler había vivido en hoteles de lujo; con el tiempo tiene que cambiar de domicilio a menudo, incluso reside en una “modesta pensión de la calle Punxet”.

La oportunidad de transformarse en un “honesto marchante” en sintonía con la dictadura llegó en 1952, con motivo de la exposición Mostra dei Primitivi Mediterranei, que transitó por Burdeos, Génova y Barcelona, organizada por el alcalde de la ciudad francesa. Losbichler ofrece su “colección” con la esperanza de blanquearla. Nadie se pregunta de dónde han salido aquellas maravillas, como dos tablas del maestro del gótico Pere García de Benavarre que –luego se ha sabido- fueron del marchante judío Hugo Helbing, víctima de la Noche de los cristales rotos, o El encuentro en la puerta dorada, tabla de Jaime Huguet “procedente de una venta ilegal de algún clérigo”; también La Virgen y el Niño entronizados y rodeados de ángeles músicos, del maestro Lluís Borrassá.

Fernández Pardo subraya que en la colección Losbichler también hubo un goya (El cojo de remolinos), un sorolla (Bueyes arrastrando una barca a la playa), incluso traficó con un greco (Crucifixión) y obras de Ribera, El apóstol Santiago; Murillo, La sagrada familia; Zurbarán (San Francisco y Virgen con el Niño) ¡y un Velázquez! (Retrato de Felipe IV). La lista completa sería envidiada por cualquier pinacoteca: Durero, Bellini, David, Rubens, Van Dyck, Rafael y Rembrandt.

Este experto en patrimonio artístico explica que todo se ha sabido por la correspondencia que mantuvo el nazi con el marchante parisiense Germain Seligmann, que tenía galerías en su ciudad y en Nueva York. Unos documentos desclasificados en los últimos años por los servicios secretos británicos y estadounidenses y disponibles en la web Archivos de Arte Americano. Así, en una carta del 24 de febrero de 1969 le pide a Seligmann que viaje hasta Barcelona para ver sus piezas y “abordar estas cuestiones, difíciles de tratar por carta, como comprenderá”. Losbichler exhibe una lista de números que corresponden a obras de arte con precios que oscilan entre los 100.000 dólares a los tres millones, todos con una rebaja del 20%. En su respuesta del 4 de marzo, el galerista le dice con franqueza: “Usted me envió una lista de precios que me deja sin habla […] Por tomar un ejemplo, el número 002, de Louis Le Nain (pintor barroco francés), 200.000 dólares. Por muy maravillosa que pueda ser esa pintura”, subraya, “el precio me parece fuera de lo razonable”. Y Losbichler le contesta el 13 de marzo: “Usted sabe que los precios se han incrementado en los últimos dos años […] La oferta de obras de grandes maestros es escasa porque la demanda es alta. Louis Le Nain es uno de los más renombrados artistas, y el precio sería de 160.000 dólares, incluido un descuento del 20%”. El austriaco le transmite sus dificultades para vender: “Estoy negociando desde hace tiempo algunos objetos muy importantes sin ningún resultado”.

Esa escasez de compradores en España y los altos precios que pedía por sus obras empezaron a pasarle factura. El dudoso origen de sus cuadros le impedía muchas veces encontrar comprador, a pesar de las gestiones que mantuvo con galerías y museos de Suiza y EE UU y los servicios solicitados a expertos que certificaran el valor de lo que ofrecía. Quizás demasiados gastos que le llevaron a entrar en dificultades. Losbichler es entrevistado en La Vanguardia en noviembre de 1978. Dice que su colección vale 1.000 millones de pesetas (hoy 6 millones de euros) y que la tiene distribuida en cajas fuertes y galerías suizas y alemanas, pero que “jamás malvenderá una obra para pagar una trampa”. “Solitario en un gran hotel, capeando facturas y años”, lo describe el periodista.

Sus últimos años pertenecen a las brumas, aunque Fernández Pardo subraya la labor de Brigitte Monti, del Museo de Arte e Historia de Ginebra, para arrojar luz. Monti investigó el origen de cuatro cuadros conservados en los almacenes de la pinacoteca y halló la pista de Losbichler como depositario de las tablas de García de Benavarre desmembradas años atrás del retablo de la iglesia de Peralta de la Sal (Huesca).

Ludwig Losbichler Gutjahr muere en 1989, a los 91 años, en el Institut Frenopátic de las Corts, lo que remite a una probable enfermedad mental. En su testamento no deja herencia a familiar alguno. Unas pocas personas pagan su entierro en el cementerio de Collserola. Una despedida a los Harry Lime en El tercer hombre. Tal vez más que para mostrar sus condolencia, iban en busca de los restos de su tesoro artístico.

Una vida dedicada a estudiar el expolio del patrimonio español

Francisco Fernández Pardo ha dedicado gran parte de su vida al estudio del expolio del patrimonio artístico español. Comisario de exposiciones, este logroñés licenciado en Psicología y doctor en Filosofía pertenece a la Real Academia de Bellas Artes de Sant Jordi. Su enciclopédica Dispersión y destrucción del patrimonio cultural español arranca en la Guerra de la Independencia y cuenta en el último de sus seis tomos, 900 páginas, los dislates cometidos en la Península desde la Guerra Civil hasta la actualidad, “un periodo desolador”. Este historiador del arte dice que la Iglesia, los nobles, los dirigentes y el pueblo llano han sido partícipes de este expolio nacional. Su esperanza es que “algún día haya una regeneración por la cultura, para tomar conciencia del valor de lo que se tiene”.

Por Manuel Morales para El País