14 mayo, 2010

Napoleón: sus primeros años

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Rafael Vidal

Doctor en Historia por la Universidad de Granada

img_recuadro_napoleon_01Trazar en breves líneas una semblanza o una biografía de Napoleón es tarea casi imposible, dada la riqueza del personaje. También es difícil presentar una parte, aunque sea recóndita, de su carácter, porque si existe profusión de literatura sobre una persona histórica, es precisamente la figura del emperador la que se lleva la palma. Por poner el ejemplo de mi biblioteca, al mirar la estantería con libro que tengo delante de mi mesa, visualizo una biografía ilustrada de André Maurois, dos tomos de André Castelot y otras más reducidas de Stendhal y Dimitri Merejkovsky, pero algunas más se encuentran en los distintos estantes, fuera del alcance de mis ojos. Aparte de las anteriores, veo un voluminoso tomo con la correspondencia de Napoleón y otro, una joya de mi biblioteca con la correspondencia del general Bonaparte al Directorio en su primera campaña de Italia en 1796, editado en París en 1821, libro al que tengo gran aprecio y en el que está basado un artículo, escrito en 1981, sobre el tema y en donde narro las batallas de Montenotte, Millesimo y Dego, las tres iniciales victorias como comandante en jefe de un ejército y que le abrieron las puertas de Italia.

Napoleón fue un genio del arte de la guerra, un “revolucionador”, palabra compleja, no aceptada en el diccionario, pero muy extendida entre los que nos dedicamos a la historia militar, asignándose dicho epíteto a aquellos generales que aportaron tales novedades en el combate, que al aplicarlas daban indefectiblemente la victoria al que las usaba.

De todos es conocido el famoso “orden oblicuo” de Epaminondas, general tebano, allá en la antigua Grecia. Hasta entonces, cuando se enfrentaban dos ejércitos, lo hacían en dos líneas paralelas y el que más resistiera o lograra reducir más filas de soldados contrarios, alcanzaba la victoria. Epaminondas, forma con sus tropas una especie de martillo y cuando se encuentra cerca del enemigo, ordena avanzar un ala, el más fuerte, y retroceder la otra, abatiéndose sobre un sector del despliegue del contrario, de esta forma consigue desbaratar ese sector y profundizar hacia la retaguardia, para caer sobre el resto, que al sentirse rebasados, huyen de forma desordenada o se retiran a nuevas posiciones.

Algunos “revolucionadores” ha habido, contándose entre ellos a Gonzalo Fernández de Córdoba, el “Gran Capitán”. Napoleón aportó al arte de la guerra, aspectos que aún hoy en día perduran o al menos han perdurado hasta escasas fechas: en el plano orgánico, la especialización de las divisiones, su integración en un cuerpo de ejército, gran unidad intermedia de mando, como se define doctrinalmente y la potenciación de un cuerpo auxiliar del mando, el Estado Mayor; en el plano operacional, la visualización del centro de gravedad del despliegue del adversario, cuya caída le origina la derrota, el eficaz emplea de la reserva, principalmente de caballería, no empleada exclusivamente para superar una situación comprometida, sino para profundizar la brecha abierta en el despliegue contrario, aprovechar el éxito momentáneo y alcanzar la victoria total con la destrucción del ejército enemigo, y por último la utilización de la artillería en masa y como arma del general en jefe.

Napoleón ingresó con diez años en la Escuela Militar de Brienne, centro creado por Luis XVI, en donde estudiaban y convivían, jóvenes de la más alta nobleza de Francia, junto con otros, procedentes de familias pobres, aunque nobles, como la del futuro emperador.

Bourrienne, compañero suyo de aquellos años y su biógrafo, recogió importantes aspectos de los cursos escolares. Por ejemplo, define a Napoleón como el mejor matemático de la escuela, aunque sus dotes para las letras eran del montón, lo que no fue óbice para que engullera todos los libros de la vasta biblioteca y que fuera el primero de su clase, puesto que como posteriormente diría: “no podía soportar la idea de no ser desde luego el primero de la clase”.

Esta base científica y cultural, le provoca que cuando llegue a la magistratura de Primer Cónsul y posteriormente a Emperador, sea el monarca occidental que más normas técnicas, entre ellas el sistema métrico decimal, implantara como uso común en las relaciones entre los hombres. Otro “invento”, poco conocido, fue la utilización de los cubiertos, entre ellos el tenedor, para comer, es decir que el “sentarse” a la mesa, tal como lo vivimos en la actualidad, es un descubrimiento 1 de la época napoleónica.

Al poco de cumplir quince años, nuestro joven Napoleón, es seleccionado de entre los alumnos de la escuela, para ingresar en la Escuela Real de París, para cursar la carrera militar del elitista cuerpo de artillería.

El general Carlos Von Clausewitzs, en su tratado “de la Guerra”, al analizar la forma que deben de estudiarse los fenómenos históricos, indica que hay que situarse mentalmente en la época en que sucedieron los hechos. A este respecto, cabe reseñar que no existían las escuelas de ingeniería ni de arquitectura, civiles y que los avances científicos nacían de las escuelas de matemáticas, artillería e ingenieros militares. El autor de estas líneas pertenece a las 258º promoción de artillería ¿hay alguna escuela en España que puede presumir de tal cronología? y mucho más, si se piensa, que esta promoción egresó (verbo casi olvidado) de Segovia en 1970, lo que quiere indicar que en la actualidad la promoción que estudia en tan importante centro científico, se acerca a la tricentésima.

img_recuadro_napoleon_03En la Escuela de Artillería, Napoleón estudia matemáticas, gramática, historia, geografía, dibujo, alemán, fortificación, manejo de armas, esgrima y equitación, dedicando su tiempo libro a “devorar” la biblioteca, arrasando con todos sus libros de historia y política. En las calificaciones y poco antes de salir teniente de Artillería, uno de sus profesores escribe: “Napoleone de Bounaparte. Reservado y trabajador, prefiere el estudio a cualquier otra diversión, se complace en la lectura de buenos autores; muy aplicado en las ciencias abstractas; poco curioso de las demás; conocedor a fondo de las matemáticas y de la geografía; silencioso, amante de la soledad, caprichoso, altanero, sumamente inclinado el egoísmo, poco hablador, enérgico en sus réplicas, con mucho amor propio, ambicioso y aspirante a todo; este joven es digno de que se le proteja”.

Luis XVI firma su despacho de teniente, refrendado por el mariscal Ségur.

El hecho de ser retraído no le impide llevar una vida social, la que por la fortuna de sus bienes le permitía y de hecho, nada más recibir los entorchados de oficial, se presenta ante “sus amigas”, las hijas de la señora Permon, de cuya vida futura poco se sabe.

A Napoleón se le recuerda con poco pelo, con tendencia a la obesidad y con una incipiente barriga, muy distinto a la figura que tenía en aquellos años mozos y que escasos cuadros de la historia así nos los representan.

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