14 noviembre, 2014

Monasterio de Santo Domingo de Silos

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Valle de Tapadillo. Mediados del Siglo XI

Habiendo atravesado el desfiladero de la Yecla arañado por el arroyo de El Cauce, Don Rodrigo Díaz de Vivar y su amada Jimena avistan el monasterio de Silos del que tanto habían oído hablar a su familia.

¬—Jimena, finalmente consiguió mi padre que el rey don Fernando confiase la protección del denostado monasterio de San Sebastián de Silos a Domingo Manso.

— ¿El mismo Domingo desterrado por el rey don García de Navarra y La Rioja?

—Su honradez y su lealtad hacia Dios convencieron al rey nuestro señor.

— Como abad estaba realizando una importante labor en San Millán de la Cogolla, más mucha mano le hará falta para cumplir este cometido.

-¡Cuánto mi padre amado ha rogado para que se le encomiende a él la obra1
Lo que se encontraron distaba mucho del ruinoso y desolador monasterio que esperaban. El tesón y empeño de aquel desconocido religioso riojano habían puesto en marcha la construcción de un ambicioso proyecto que dejaría una impronta definitiva en el curso de la historia del arte y de España.

—¿Decidnos padre, qué está previsto alzar en esta zona?

—Arrancamos la fábrica de un claustro que favorezca la oración de monjes y fieles.

—No se conocen por Castilla estas trazas tan osadas.

— Dios lo vea con agrado, hemos confiado en maestros muy sabedores de las labores al uso de la piedra más allá de Pirineos e incluso en el occidente de nuestro Reino.

– ¿Y para cuándo planean rematar la obra?

– No peque usted de impaciente, se trata de un proyecto ambicioso, no se trata simplemente de levantar el patio y su circundante columnata, no, además cada capitel será delicadamente decorado con decenas de bajorrelieves. Simultaneamos esta obra con la ampliación de la iglesia…

– Perdone, que le interrumpa, pero me intriga saber qué dependencias ocuparán aquel espacio de enfrente.

– Aquel lado está destinado a la sala capitular, el scriptorium y la biblioteca. Precisamos de un lugar que albergue una pequeña donación muy especial que acabamos de recibir: libros.

– ¿Libros?

– ¡Libros, don Rodrigo! Los primeros que llegan al monasterio.

– Poco más de un par de lustros al cargo del monasterio y ya ha puesto a la comunidad en boca de todo el reino, padre Domingo. Se merece todos mis respetos.

– Espero no equivocarme si confío en que usted se merece todas mis oraciones.

– Suficiente adobo del alma, adobemos ahora el estómago.

– Precisamente puedo ofrecerle un fantástico vino de Valdevegón con el que nos han obsequiado nuestros hermanos de San Pedro de Cardeña.

– ¡No se puede pedir más para fundir el cabrito que nos espera!

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Tal fue la emoción que pocos años después de ese encuentro y antes de su destierro, Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa decidieron donar al monasterio de Silos dos villas de su propiedad con la esperanza de conseguir la protección de la Virgen y media docena de santos. El abad Domingo Manso, luego Santo Domingo, no atestiguó esta herencia en vida del caballero pues murió de anciano tres años antes.

Quién sabe si fue gracias a esta entrega y fe en la divina providencia, que por los siglos se recodará al Campeador, mio Cid Rui Diaz.

*****

Casi mil años después, el mismo arroyo de El Cauce atraviesa el mismo desfiladero de la Yecla, hoy convertido en Parque Natural. Y sigue siendo el mismo el claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos. Siguen alzadas apuntando al cielo sus columnas coronadas por sus sesenta y cuatro capiteles, impertérritas ante las razzias de Almanzor, ante el afán renovador que se llevó por delante la iglesia románica y ante la desamortización que extirpó la vida monástica durante unas décadas.

Una borrachera del románico más puro como no se puede disfrutar en ningún otro lugar. Los característicos arcos de medio punto apoyados sobre las modestas columnas de fuste liso que son ensalzadas con capiteles decorados con las imágenes más recurrentes de la imaginería románica: escenas historiadas, motivos vegetales y bestias, ya sean reales o fantásticas. Casi cien metros de paseo bajo el alfarje mudéjar de finales del siglo XIV y junto al delirio escultórico que decora con profusión los capiteles y las esquinas.

Por encima, una segunda planta gemela de la primera, con menos pericia escultora pero que ayuda a acrecentar la burbuja de aislamiento trascendental y espiritualidad que envuelve al visitante que se adentra en Silos ya sea éste creyente o incrédulo.

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Para intoxicarse por completo del fervor silense, los monjes ponen la hospedería a disposición de los seglares varones, devotos o no, para pasar unos días inmiscuidos plenamente en la vida monacal. Una estancia de entre tres y ocho días de aislamiento gracias a un muro de silencio que prácticamente solo resulta quebrantado por el monódico canto gregoriano y por el de alguno de los buitres que pueblan la Yecla. Un retiro semejante al que vivió el poeta Gerardo Diego y que inspiró los tantas veces declamados versos dedicados al ciprés que se erige en el centro del claustro:

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.