10 noviembre, 2014

Madrid recobra Torre Arias

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La periferia madrileña es un cofre de sorpresas. La más desconocida se oculta tras un largo tapial de la calle de Alcalá, muy cerca de Canillejas. Dos columnas toscanas de piedra y una potente cadena de hierro anuncian un enclave principal. Se trata de una enorme quinta, con bosque de miles de árboles, jardines, huertas, arroyos, puentes y palacio de torreones almenados. Ha permanecido cerrada a la vista del público de a pie durante la mayor parte de su existencia, que se remonta a las postrimerías del siglo XVI.

Hasta el pasado viernes, la enorme finca nobiliaria, de 18,640 hectáreas, ha estado a punto de ser cedida a la Universidad de Navarra para instalar allí su filial madrileña. Pero la operación inmobiliaria, impugnada duramente por un vecindario bien organizado, ha resultado fallida. Ahora, al declinar el Opus Dei la posibilidad de asentar su universidad en la Quinta de Torre Arias, que así se llama hoy el predio, regresa a su carácter público. No obstante, un plan municipal especial de julio de 2014, que modificó el Plan General de Ordenación Urbana, mantiene abierta la posibilidad de que surja otro futuro interesado en gestionar las instalaciones, por lo cual vecinos, partidos de la oposición e instituciones cívicas piden la derogación del mismo.

La inicial victoria vecinal, protagonizada entre otras organizaciones por la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos, Ciudadanía y Patrimonio, Comisiones Obreras, Izquierda Unida y Podemos, permitirá el disfrute público de sus numerosos encantos patrimoniales, ecológicos y medioambientales, hasta ahora inaccesibles, y cuya puesta en valor y mantenimiento los vecinos esperan que sea seguida por el gobierno local.

Enclavada en un paraje alto, bien ventilada y regada por el arroyo Tarzón, paralelo al viejo Camino de Alcalá, la finca original perteneció a los condes de Villamor, cuyo linaje se extinguió sin sucesores. Un criollo andino, García de Alvarado, dotó a su propiedad en 1602 de un palacio dos plantas y forma cuadrada, rematada por un torreón.

Cuadras, gallineros, pajares y hornos completaban las dotaciones de la posesión, erigida como una finca de labor al uso de la época.

En el arranque del siglo XVIII, el palacio y su torre, confiscadas a su dueño, conde de Frigiliana, albergaron la efímera morada madrileña del archiduque Carlos de Habsburgo.

El pretendiente austriaco a la Corona de España la perdió a manos de Felipe de Anjou en una cruenta guerra cuyo desenlace consolidaría como rey al futuro Felipe V de Borbón.

Sin embargo, los nobles y aristócratas que cortejaban a Carlos llegaron a realizar en ella un simulacro de juramento y coronación del frustrado pretendiente. Por un cambio de titularidad, la finca pasó a pertenecer a la poderosa duquesa de Osuna dos décadas después. En 1748, al morir ella, sus herederos declinaron mantener la costosa posesión.

Por entonces, la finca mostraba dos accesos, el principal de ellos versado hacia el Camino y hoy calle de Alcalá, singularizado por dos columnas de estilo toscano a modo de gran dintel, así como dos pilares para sujetar una cadena de hierro, signo que señalaba entonces el haber sido cruzada por persona de estirpe real, como ha escrito el arquitecto e historiador de la Arquitectura madrileña Miguel Laso de la Vega.

La heredad pasó a ser adquirida en 1850 por el acaudalado Manuel Acuña y Dewite, X marqués de Bedmar, un burgués cosmopolita abierto a las modas procedentes de Europa y muy próximo a los negocios inmobiliarios de Isabel II que traería consigo el esplendor de la quinta, que con exquisito buen gusto remozó. Bailes, saraos, celebraciones y ceremonias se sucedieron durante tres décadas y en los salones de su palacio, lujosamente decorados con pinturas y esculturas, se escribieron las mejores crónicas de sociedad de la época. La excelente yeguada del marqués sería otro de sus timbres de distinción, amén de una pionera cancha de tenis, otra de crocket y un juego de pelota que Bedmar mandó instalar en su posesión, después de haberle dado a la quinta y a su palacio la fisonomía que hoy presenta: un edificio rectangular, de ladrillo y piedra de Colmenar, de unos 200 metros de fachada, con dos plantas y tres alas, con una torre central amansardada en plomo, rematada por un reloj parisiense. En el confín meridional se extiende una pradera arbolada en forma de patio, en cuyo contorno, jalonado por tinajones manchegos para el aceite o el grano, numerosos portones partidos de las caballerizas surcados por maderas en aspa recuerdan la importancia de la antigua yeguada. Hasta 19 familias llegaron a trabajar en la finca. “El penúltimo guardés era conocido en el barrio de Canillejas con al apodo de Pelofino”. Así lo recuerda el vecino Paco Laguna.

Dos amplios invernaderos provistos de un precursor sistema de cierre y apertura para ventilación o abrigo de las plantas; caceras, albercas, pozos, fuentes de bronce y de rocalla también; cuatro puentes para vadear los dos arroyos que surcan la finca, recuerdan la riqueza en agua del predio; abundan lilos, mimbreras y arbustos, además de setos de boj y antiguas zonas ajardinadas, así como un arbolado donde proliferan los cedros, árboles del amor o de judas, junto con decenas de chopos, acacias, pinos y plátanos, entre otras especies.

La actuación de una subcontrata, el pasado verano, para adecentar la quinta de Torre Arias antes de su fallida cesión, ha dejado un triste rastro de tocones recubiertos de hiedra, al ceñir el apeo a la zona media de cada ejemplar. Hasta 130 camiones cargados de leña salieron de la finca.

Propiedad municipal a cambio de poder urbanizar

La propiedad de la quinta de Torre Arias pasó al Ayuntamiento de Madrid en 1986. El trato era cederla al municipio, “a condición de que el espacio se empleara como parque público y para servicios a la ciudad”, a cambio de una recalificación de sus parcelas que llenó el contorno de urbanizaciones. Desde entonces, sin embargo, la quinta había permanecido cerrada.

El concejo consintió que la anterior propietaria la habitara hasta su muerte, acaecida en 2012.

En Torre Arias queda mucho por hacer: un puñado de jardineros municipales acomete desde el comienzo de octubre las tareas de adecentarlo para la visita del público, que ya es posible previa concertación telefónica los jueves por la tarde y los domingos por la mañana.

Algunos viejos edificios e instalaciones, en ruinas, van a ser demolidos. Pero, como subraya Juan Antonio Aguilera, la asociación Ciudadanía y Patrimonio “ha pedido la declaración de la quinta como Bien de Interés Cultural”.

Por Rafael Fraguas en El País.