23 agosto, 2010

Luis Veldrof, aposentador mayor y conserje del Real Palacio.

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Laura Pais Belín

Localización: Museo del Prado.
Autor: Vicente López Portaña.
Cronología: h.1823-1825
Técnica: Óleo sobre lienzo.

imagen_joya_10El siglo XIX español se recordará por ser una época marcada claramente por la inestabilidad política, que traerá consigo cambios constantes y continuos. Una de las épocas más dramáticas de la Historia española, un momento de guerras y creaciones de nuevos gobiernos, una lucha tenaz por el poder político entre conservadores y liberales. Y unido a sucesivas transformaciones sociales, pero también se convirtió en un periodo de renovación. Todo ello corresponde a un momento de transición entre una época histórica y otra, que con el tiempo dará como resultado la modernización de España y el inicio de la Edad Contemporánea.

En cuanto a las artes, será también un periodo complejo, repleto de renovaciones y cambios. En el que surgirán nuevos estilos pero que siempre estarán marcados por la tradición española, sobre todo la del Siglo de Oro, y las nuevas influencias exteriores, debido muchas veces a las influencias de artistas foráneos que venían a trabajar a la corte española.

Así el primer tercio del siglo, durante el reinado de Fernando VII, la actividad pictórica se desarrolla en un ambiente artístico muy ambiguo, ya que mientras que algunos artistas mantienen la estética dieciochesca, otros vuelven sus ojos al neoclasicismo francés, pero tampoco podemos olvidar que es la etapa creativa final de Francisco de Goya.

Podríamos decir que el principio de siglo se caracteriza incluso por cierta penuria artística, producto de la inestabilidad política que sufrió la nación, pero que tuvo en toda una serie de artista y en el género del retrato un resurgir indiscutible del mundo artístico español. Un universo artístico que se va asentar  sobre ideas generadas en décadas precedentes, donde la Corte se mantendrá como foco de actividad y referencia obligada, porque marcaba las pautas de comportamiento artístico, dirigido a través de la Academia de San Fernando, academia que guiaba el resto de las instituciones docentes de España. Con todo ello Madrid será el centro artístico principal durante el reinado de Fernando VII y la corte supondrá el mayor cliente de obras de arte.

En cuanto al género del retrato, hasta el momento había sido un género secundario a la sombra de la pintura de historia y costumbrista, pero a lo largo del siglo, gracias a determinados artistas se le dotó de mayor auge y prestigio convirtiéndose en el gran  género de la centuria.

Unido al género del retrato y al mundo de la corte de la época es obligado hablar de la figura de Vicente López. Contrafigura de Goya por el carácter de sus retratos, pero genio preparado y brillante, se convirtió en el artista más requerido y constante de la primera mitad del siglo. Cuando ya era un maestro reconocido en palacio, conseguirá estar fuertemente ligado al mundo de la corte ya que después de la invasión francesa y al regreso de Fernado VII a España, el rey sustituiría a Goya como pintor de corte, por la figura de Vicente López, por el que sentía predilección.

Formado en la tradición del barroco dieciochesco mostrará su evolución dentro de una personalidad muy definida, virtuoso al extremo y poseedor de una técnica depurada, destacaba por sus grandes cualidades artísticas en lo que se refiere  al preciso dibujo y al perfecto manejo del color.  Ya que era capaz de unir a un dibujo riguroso el colorido alegre y las calidades materiales de la escuela española.

Pertenecía al seno de una familia humilde de artistas, sus excelentes aptitudes para el dibujo en edad temprana, fueron dirigidas por su abuelo, un modesto pintor de temas religiosos. Pero que gracias a él conseguiría que ingresase en La Academia de San Carlos de Valencia, logrando destacar con una obra a los trece años por la que obtuvo una beca de estudios en Madrid. Tras permanecer en Madrid trece años, influyéndose de pintores de la época como Francisco Bayeu, Salvador Maella y Mengs. Volvió a Valencia, pero ya había retratado a Carlos IV y posteriormente a Fernando VII. Y será el sentido realista de estos retratos lo que haga que el rey lo elija como pintor de cámara en 1815, desplazándose nuevamente a Madrid donde no sólo fue el pintor preferido del rey sino en el pintor de moda de la nobleza y la alta burguesía madrileña.

Precisamente será en el retrato donde sin duda, el artista valenciano alcanzará sus más altas cimas, convirtiéndose en el grueso de su producción, colocándose a la cabeza de una escuela de pintores que, a lo largo de la nueva centuria, van a encontrar en este género su gran reconocimiento.

Entre el amplio número de retratos de ministros y funcionarios reales que realizó el artista como Pintor de Cámara de Fernando VII e Isabel II destaca por su calidad técnica el de “Luis Veldrof, aposentador mayor  y conserje del Real Palacio” 1823-1825.

Pintor cortesano y academicista por excelencia, consigue crear un estilo muy personal al relacionar extraordinariamente las características de la pintura academicista con la tradición de la pintura barroca valenciana. Cuadros como éste son una auténtica lección de pintura, virtuoso al extremo conjuga magistralmente en esta obra, un dibujo preciso, con un colorido encendido junto con el acabado de superficies brillantes, y es capaz también de trasmitir las calidades materiales y la personalidad del retratado.

En cuanto al personaje retratado, Luis Veldrof está estrechamente unido al mundo de palacio, entró desde muy joven al servicio de la Real Casa. Nombrado mozo de  Guardarropía del entonces Príncipe de Asturias. Veldrof acompañó al futuro Fernando VII, en su exilio en Bayona. Tras la derrota de Napoleón y el regreso del monarca, fue nombrado en 1815 conserje del Real Palacio, y un año después aposentador del Real Palacio, con cuyo uniforme y llave distintiva lo representó López en este retrato.

El retratado, de tres cuartos, destaca sobre un fondo neutro con cortinaje, con un increíble encuadre compositivo nos muestra al personaje que luce el vistoso uniforme de gala de su cargo palatino.

Fiel observador de los detalles anatómicos, interpretó con notorio realismo las arrugas del rostro, el brillo de la mirada, las coloraciones de las venas o el poderío de las manos del aposentador real.

En este lienzo podemos apreciar la observación minuciosa de los detalles y el refinamiento técnico del pintor. Así la fidelidad realista casi obsesiva que López demuestra en todos sus retratos queda aquí especialmente patente en la diferente tonalidad de la piel del rostro de Veldrof, de tez más blanca en la parte superior de la frente, por ir habitualmente protegido del sol con el bicornio, y también lo demuestra a la hora de representar la riqueza de los bordados en oro de la casaca y el chaleco o en el ojal de la casaca como resalta la cruz de una Junta Provincial de la guerra de la Independencia.

Pero no sólo representaba el aspecto superficial como muchas veces se le achacaba, sino que la fidelidad extrema en la representación de las características físicas, acertaba en muchos casos a devolver una imagen nítida de su personalidad.

Como es el caso de este retrato donde se muestra la serenidad, honradez y fidelidad de un hombre que dedicó su vida al traba jo en Palacio.

Al mismo tiempo la figura del aposentador Luis Veldrof tiene una significación muy especial para el Museo del Prado, ya que era el funcionario que firmaba las órdenes de salida de los cuadros elegidos por el propio Vicente López de entre las Colecciones Reales que estaban distribuidas por los distintos palacios de la Corona para pasar a formar parte de los fondos del Real Museo de Pinturas.

Al contrario de lo que generalmente vino a ocurrir en su momento, Vicente López no persigue en obras como ésta un ideal estético, sino que por el contrario trata de mostrar la visión exacta del retratado, aislándola en el lienzo. A través de la plasmación de un entorno certero, un encuadre estudiado y una penetración psicológica que alcanza siempre la parte noble del retratado, éste es el gran logro del artista. Por lo que sus cuadros nunca pueden parecer vacíos, porque responden a una significación social, pero sin perder el carácter humano del retratado.

Ya que al mismo tiempo sus retratos son obras que reflejan una época, nos hablan de los gustos imperantes, de las modas, de las costumbres, pero también de política, de economía, de condiciones sociales, en fin de toda una época y una vida. Porque sus obras son retratos para mirar más allá, puesto que artista y retratado conforman una obra en la que cada detalle insinúa y revela la personalidad de ambos.