15 febrero, 2013

Lucrecia, de Lucas Cranach el Viejo

Autor: Lucas Cranach el Viejo
Cronología: 1534
Técnica: Óleo sobre tabla.
Localización: Colección Museo de Bellas Artes de Bilbao

El Renacimiento es el fenómeno cultural con el que se inicia la Edad Moderna, un término que significaba volver a nacer o instaurar de nuevo. Desde una perspectiva ideológica suponía una renovación y superación de la mentalidad medieval, actualizándose a través del Humanismo, una corriente ideológica y cultural que se imponía entre los intelectuales y escritores de la época.

Un momento en el que sin renunciar a la tradición cristiana el elemento religioso perdía su protagonismo frente a la afirmación de los valores del mundo. Lo que desembocó en una etapa dinámica llena de experimentación que traerá consigo el cambio rotundo del panorama político, económico y científico.
Hablar de Renacimiento es hablar de Italia pero no podemos olvidar que en el resto de Europa, aunque de manera totalmente diferente, se desarrollaba este fenómeno.

En Alemania el gótico final había alcanzado un extraordinario florecimiento así que no podemos hablar de un estilo renacentista hasta finales del siglo XV. La tradicional fragmentación de los estados alemanes en multitud de principados influyó en el mundo del arte, y nos encontramos ante una evolución artística complicada ya que a la división política de los diferentes pueblos germánicos, debemos unir la división religiosa marcada por los ideales de la Reforma. Todo ello contribuyó al desarrollo de multitud de escuelas con estilos y características distintas, manteniendo como único rasgo común su tono dramático y expresionismo anticlásico.

Los artistas que habían sido educados en las técnicas de los primitivos flamencos y en la observación de lo concreto, mantuvieron ciertos elementos de su formación y de su llamado realismo burgués. Comprendieron los principios del arte italiano y los adaptaron y aplicaron según su tradición, logrando de esta manera una pintura que se caracterizó siempre por una personalidad singular.

A diferencia de otras zonas europeas no buscaban el renacer de las formas del arte clásico sino que sus manifestaciones artísticas estaban directamente relacionadas con el espíritu renovador que invadía la región, una época convulsa donde los cambios políticos y religiosos son los protagonistas y en todos ellos el arte jugaría un papel fundamental.

Una de las figuras claves que marcó la transición entre el siglo XV y XVI fue Lucas Cranach el Viejo, siempre fiel a su estilo, su obra fue capaz de dejar atrás la impronta gótica de sus comienzos para dar paso a una sensualidad cercana al manierismo alemán.

Pintor y grabador creó un prolífero taller, fue pintor aclamado en la corte, retratista y fiel amigo de Lutero, por lo que su arte muchas veces expresaba el espíritu de la Reforma. Hombre muy activo en la sociedad de la época llegó a ejercer importantes cargos municipales. Pero sobre todo destacó por crear un estilo muy personal de técnica perfecta, artificio extremo, expresionismo sincero y belleza delicada.

Poco sabemos de su infancia o inicios, pero se cree que estuvo vinculado al mundo artístico. Cranach cuyo nombre original pudo ser Lucas Müller o Sunder nació en 1472 en Kronach, en la Alta Franconia, ciudad de donde tomaría su nombre. Su padre era también pintor y junto a él comenzó su aprendizaje. Se sabe que durante los años, de 1500 a 1504 realizaría un viaje de estudios por el Danubio y Viena, estableciéndose finalmente en esta ciudad donde frecuentó los círculos humanistas en torno a la Universidad, será en esta época donde situamos sus primeras obras conocidas.

Una primera etapa en la que ya sobresalió por su meticulosidad, realismo y férrea disciplina. Pero también por la gran cantidad de actividades a las que se dedicaba, en ocasiones aparecía como pintor de interiores reproduciendo altares o retratos, otras veces realizaba diseños en madera o creaba grabados en placas de bronce.

Desde el año 1505 lo situamos en Wittenberg donde fue requerido por el elector Federico III como pintor de corte, puesto que conservó hasta 1550. En el año 1508 hará un viaje de misión diplomática a la corte del emperador Maximiliano en los Países Bajos, un hecho relevante para su estilo, dejándose llevar por las influencias allí aprendidas, se percibirá a su regreso una suavidad en los modelados de sus figuras.

Desde su destacado puesto en la corte entablaría una gran amistad con Lutero, al que retrataría en múltiples ocasiones. En este momento sus obras no sólo expresaban el espíritu de la Reforma sino que sus grabados con un alto contenido propagandístico fueron fundamentales para la creación de una iconografía protestante.

Hasta 1508 no comenzó a firmar sus obras y cuando lo hacía ponía sus iniciales y una serpiente alada como anagrama. Muy pronto organizó un activo taller, que trabajaba con gran rapidez produciendo cientos de obras y convirtiéndose en un centro artístico de primera orden en la Alemania renacentista, donde trabajarían numerosos alumnos, incluidos sus dos hijos.

Artista comprometido con la época que le tocó vivir se caracterizó por ser un pintor atormentado en sus obras religiosas llenas de expresionismo y trágica composición, llegando a tener clientela tanto católica como luterana. Aunque una de sus especialidades serán los retratos, no sólo de corte sino también de sus amigos humanistas, todos ellos en un estilo naturalista muy personal.

Pero será realmente en la corte donde su estilo evolucione hacia una forma de crear mucho más caligráfica y decorativa. Y donde los temas de sus obras se amplíen, como las pinturas de caza. Pero unido a las lecturas humanistas comenzó a pintar temas mitológicos o clásicos con marcada intención satírica o moral, en los que cobraban gran protagonismo sus desnudos femeninos. Delicados y lineales mantenían una base gótica muy particular que los separaba por completo de la plenitud del desnudo italiano. Creando de forma consciente un prototipo de desnudo o canon femenino muy particular, estilizado, preciso en sus detalles y de delicada sensualidad, poseedores todos ellos de una enigmática belleza.

Este es el caso de la historia de “Lucrecia” que le sirve como pretexto para pintar uno de los desnudos más bellos de su producción.
Lucrecia, fechada en el año 1534 y firmada con el anagrama del pintor, es una obra original autógrafa, sin intervención de su taller. En la que el maestro alemán representa un tema profano, propio del fervor humanista de la corte y la aristocracia. Y uno de los temas predilectos del artista, llegando a ejecutar en su taller más de sesenta versiones.

Lucrecia era un personaje perteneciente a la historia de la Antigua Roma, coetánea del último rey romano Lucio Tarquinio el Soberbio, según la narración de Tito Livio tenía fama de ser una mujer honesta y bella, casada con un noble romano. Pero el hijo del rey, Sexto Tarquinio se prendo de su hermosura y honestidad, y aprovechando que su marido estaba ausente, intentó seducirla y ante la negativa de la dama la violó. Al día siguiente Lucrecia confesó la deshonra a su padre y marido, e inmediatamente después que los dos hombres jurasen su venganza, y ante su presencia, se quita la vida clavándose un puñal. Sería su hermano quien lavó la afrenta matando al culpable. Este hecho provocaría el fin de la monarquía romana y la posterior proclamación de la república.

En la obra de Cranach, Lucrecia se nos muestra con el virtuosismo técnico y la delicadeza cargada de sensualidad, que caracterizaban todos sus inconfundibles desnudos. Para la composición el maestro elige una figura de tres cuartos, semidesnuda y recortada sobre un fondo neutro y oscuro que hace destacar aun más la pureza de su hermosura.

Eligiendo de forma consciente el no utilizar paisaje en el fondo, ni ningún elemento decorativo que desvíe la mirada de su figura. Resuelve la composición con un toque certero de luz que resbala por todo su cuerpo, concentrando toda nuestra atención en la belleza pálida de su anatomía.

En esta pieza podemos ver su meticulosidad técnica, que se caracterizaba por un esmero detallismo de su pincelada. Lograda con el empleo de numerosas capas de óleo, aplicadas una sobre otras mediante finísimas veladuras y transparencias. De esta manera era capaz de mostrar de forma minuciosa los diferentes objetos del cuadro. Como el rico aderezo del cuello, el collar que cuelga sobre su pecho o la daga que porta en su mano derecha, piezas todas ellas que muestran que no sólo la posición social de la retratada sino la maestría del artista en la representación de elementos de orfebrería.

Destaca con la misma fuerza su capacidad a la hora de mostrar las cualidades táctiles, como consigue el acabado de la textura y la pesadez del manto rojo de terciopelo, frente a la finura y transparencia del delicado velo que resalta aun más la sensualidad del desnudo.

Con un dibujo tenaz y perfecto marca de forma envolvente el ritmo ondulante de la silueta, obligándonos a recorrer con la mirada todo su cuerpo hasta detenernos en la belleza cálida y fascinante de su rostro, que nos atrapa de forma directa por conseguir la mezcla perfecta de pureza y ensoñación. Sin olvidar la fuerza de la mujer romana que sacrificó su vida por defender su honra.

Este maravilloso óleo sobre madera de haya perteneció durante generaciones a una colección española. Se trataba de la familia del marqués de Rafal, exiliado en Viena a comienzos del siglo XVIII por dirigir el levantamiento de Orihuela a favor del archiduque Carlos durante la Guerra de Sucesión. Cuando se produce la Paz de Utrecht, regresó desde su exilio y con él llego la obra de Cranach a España que sería colocada en su palacio de Orihuela. A finales del siglo XIX el cuadro fue trasladado a Madrid, allí permanecería desde entonces exceptuando los años de la Guerra Civil, que permaneció en Figueras con los cuadros del Museo del Prado.

En el año 2012 será adquirida por el Museo de Bellas Artes de Bilbao, incorporando de esta manera una pintura destacada de un artista hasta ahora no representado en la selección de sus obras maestras. En los últimos años el museo había perseguido una incorporación relevante para la colección de arte antiguo. Y de esta manera enriquecer sustancialmente la representación de los pintores del Renacimiento del norte de Europa, ya que el museo cuenta con ejemplos relevantes de primitivos flamencos y holandeses coetáneos al maestro alemán.

Una pieza que se suma al reducido conjunto de obras originales de este autor conservadas en museos españoles

Lucrecia con su belleza inmortal y su delicadeza técnica, muestra el estilo inconfundible de un artista que creó como género propio sus desnudos femeninos, piezas que atrapan al espectador por su sensualidad sofisticada o por su deliciosa fantasía y carnalidad pero que nunca dejan indiferente. El maestro alemán siempre innovador, fue creador de un lenguaje formal propio que lo situó entre las grandes figuras del Renacimiento Alemán, junto con Alberto Durero, y ese mismo encanto personal es el que fascinó con el paso de los tiempos y el que sigue sorprendiendo y atrayendo al público en la actualidad.

En los últimos años de su vida Lucas Cranach el Viejo acompañó al exilio al elector Juan Federico I; primero a Augsburgo y más tarde a Weimar, en donde moriría en 1553. Artista consagrado en vida y gran amante de su profesión dejó tras de si una gran cantidad de obras marcadas por el sello indiscutible de su meticulosa expresividad, y un taller que no sólo le sobrevivió sino que continuó creando versiones de sus obras décadas después de su muerte.