15 abril, 2014

Los soldados malditos: El día en que la barbarie costó la disolución al Tercio Viejo de Cerdeña

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En determinadas ocasiones, un pequeño borrón de tinta puede dar al traste con un texto perfectamente impreso. Eso, desgraciadamente, es lo que sucedió el verano de 1568 –en plena «Guerra de los 80 años»- cuando el Tercio viejo de Cerdeña (uno de las más antiguos de la Historia de nuestro país) fue disuelto después de que sus hombres quemaran varios pueblos de Heiligerlee (al norte de los actuales Países Bajos) en represalia por su resistencia al paso de las tropas hispanas. Aquel día, toda la ira del Duque de Alba cayó sobre los militares de esta unidad, los cuales quedaron marcados para siempre; casi malditos en un ejército en el que la disciplina era una de sus principales normas.

Para conocer la importancia de este regimiento es necesario remontarse en el tiempo hasta el SXVI, fecha en que, según varios historiadores, nacieron los temidos Tercios españoles. Corría en aquellos años una época difícil para el monarca Carlos I (V para los alemanes), un rey sobre el que había recaído la responsabilidad de defender los territorios hispanos de Milán, Nápoles y Sicilia (todos obtenidos por riguroso testamento). Difícil tarea para un hombre cuyos dominios estaban siendo amenazados por los gabachos, ávidos de rapiñar tierra española.
Los soldados malditos: El día en que la barbarie costó la disolución al Tercio Viejo de Cerdeña

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Superado en varios frentes, Carlos ordenó crear las que, a la postre, se convertirían en las unidades más temidas del ejército español. Para ello, reorganizó la infantería hispana que se encontraba en aquellas regiones con un objetivo claro: estacionarse en el lugar y defender aquellos territorios de los franchutes –primero- y los otomanos –después-. Así, nacieron los primeros Tercios (el de Nápoles, el de Sicilia y el de Lombardía), los cuales recibirían posteriormente el honorable apelativo de «viejos».

A su vez, en aquella época se formó también el Tercio de Cerdeña, una unidad cuya fecha de formación es, a día de hoy, discutida. «Se dice que una disposición imperial de 1543 redistribuyó las fuerzas españolas destacadas desde antiguo en Italia en tres tercios, uno para el reino de Sicilia, otro para el de Nápoles y otro para el Estado de Milán o ducado de Lombardía, pero la verdad es que esos tres Tercios dejan fuera a Cerdeña, de la que Carlos I era también rey, y que tuvo un Tercio desde el principio», afirma en declaraciones a ABC el general de Infantería e historiador José María Sánchez de Toca y Catalá, coautor de «Tercios de España. La infantería legendaria».

El Tercio, en la «Guerra de los 80 años»

Esta unidad no tuvo que esperar mucho para recibir su primer gran encargo. Concretamente, este se produjo en 1566, año en que una parte del imperio hispano -las provincias protestantes de los Países Bajos-, se aliaron al grito de la independencia contra el nuevo rey Felipe II. Sin embargo, con lo que no contaban era con la poca paciencia del monarca, quien, hasta el casco de rebeldes para arriba y herejes para abajo, inició la «Guerra de los 80 años» enviando a la zona un contingente de 10.500 soldados al mando de su general más sanguinario: Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel –más conocido como el Gran Duque de Alba por estos lares-. En ese ejército se incluyó el Tercio viejo de Cerdeña.

Los soldados de este regimiento fueron, así, unos de los primeros con bandera imperial en combatir contra los protestantes al norte de los actuales Países Bajos. Por entonces, esa era una de las zonas más comprometidas para darse de bofetadas, pues los protestantes habían establecido allí un ejército de 6.000 infantes. Para contrarrestar esta movilización, el Duque de Alba despachó al lugar una decena de compañías del Tercio viejo de Cerdeña al mando del Maestre de Campo Gonzalo de Bracamonte (unos 2.000 hombres), las cuales se unieron a varias banderas alemanas fieles a Carlos I a las órdenes del conde de Arembergh.

La situación se recrudecería en mayo de 1568, pues el contingente español se encontró repentinamente con una parte del ejército protestante a la altura de la ciudad de Heiligerlee. No obstante, los enemigos se habían hecho fuertes cerca de una abadía ubicada en una posición privilegiada sobre la que repartir buenos arcabuzazos entre los imperiales, por lo que atacarles frontalmente se convertía en una locura.

Un combate desastroso

¿Combatir o esperar refuerzos? El líder del Tercio español lo tenía claro. «Gonzalo de Bracamonte comenzó a criticar la tardanza del conde de Arembergh en presentar batalla. El conde sabía lo inapropiado de un ataque, pues era conocedor del terreno y de lo desventajosa de su posición, ya que la zona que debían atravesar sus hombres en el ataque presentaba multitud de zanjas, resultado de las labores de extracción de turba de los naturales», señala Juan Giménez Martín en su obra «Tercios de Flandes».

La insistencia y los reproches hartaron al alemán, que, ávido de demostrar a los hispanos que iba bien cargado de gónadas, ordenó formar a las tropas para el ataque lo más rápidamente posible. Al parecer, ese fue demasiado tiempo para unos 600 arcabuceros del Tercio de Cerdeña, los cuales vieron la victoria tan fácil que, sin esperar a que sus aliados formaran, iniciaron la carga contra las posiciones enemigas arcabuz, pica y espada en ristre.

«Y así, ciegos con el deseo de ella (de la batalla) acometieron con poco recato por los atolladeros, donde metidos los doscientos coseletes, atascándose con los muchos fosos, no pudiendo aprovecharse de las armas ni tener fuerzas para ofender con ellas, fuera del desorden con que iban, fueron en muy breve tiempo rotos y muertos todos los que en aquel lugar entraron (por) las picas del mayor escuadrón del enemigo, ayudado de su arcabucería», destaca Bernardino de Mendoza –cronista de la época- en sus «Comentarios de las guerras de los Países Bajos». Fue, en definitiva, una masacre.

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Viendo como eran derrotados sus compañeros y los centenares de cadáveres que cubrían el campo de batalla, los de Arembergh agacharon sus orejas alemanas y se rindieron a los protestantes. Por su parte, los supervivientes del Tercio de Cerdeña (unos 1.000 soldados) giraron sobre sus pies y pusieron botas en polvorosa al grito de «¡Sálvese quien pueda!» o «¡Muerto el último!». Así, huyeron durante varias jornadas con el enemigo pisándoles los talones. No pintaban bien las cosas para los hombres de Felipe II.

Tras varias lunas, el cansancio se convirtió en el principal enemigo de los centenares de soldados del Tercio de Cerdeña rezagados, quienes, a sabiendas de que si eran encontrados por los militares enemigos serían pasados a cuchillo sin piedad, decidieron pedir cobijo en los pueblos cercanos. Craso error, pues los campesinos no les recibieron de la forma más amable. «Cuando los soldados sobrevivientes buscaron refugio en las aldeas, los campesinos los entregaron a los rebeldes o los asesinaron directamente», explican Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca en su libro «Tercios de España. La infantería legendaria».

La cruel venganza que costó un Tercio

Aquella masacre quedó olvidada por el ejército imperial, pero era una afrenta imborrable para el honor de los soldados del Tercio. Por ello, meses después, los de Cerdeña se tomaron la justicia por su mano y repararon su honra a base de venganza y sangre. «Poco después, cuando el tercio recuperó Heiligerlee, los enfurecidos soldados incendiaron los pueblos donde habían asesinado a sus camaradas, sin que ningún capitán moviera un dedo para reprimirlo», señalan los expertos españoles en su obra.

Esta masacre acabó con la paciencia del Duque de Alba que, ya molesto por la huida de la unidad en la batalla de Heiligerlee, tomó la determinación de acabar con el Tercio de Cerdeña. Para ello, primero llamó a su presencia al Maestre de Campo y a todos sus Capitanes y los degradó con carácter inmediato –un grave problema para los soldados de la época, ya que veían reducido su sueldo drásticamente y su vida militar quedaba marcada para siempre-. A su vez, y con ira, dejó patente que actuaría con todo el peso del mando sobre ellos en el caso de que le provocaran de nuevo.

Pero lo peor aún estaba por llegar. «Dos días después, Alba hizo disolver el Tercio frente a todo el ejército. Los alféreces rasgaron las banderas y rompieron las astas, los capitanes quemaron sus bandas y los sargentos sus partesanas, mientras muchos de los soldados lloraban de vergüenza al contemplar la ceremonia que ponía fin a una unidad distinguida en mil combates», finalizan Laínez y Sánchez de Toca. Aquel día, el Tercio viejo de Cerdeña fue aniquilado y su historia quedó maldita para siempre.