1 octubre, 2018

Los pasadizos ocultos de la Sevilla sefardí

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Las Casas de la Judería, un auténtico barrio señorial interconectado por callejuelas subterráneas y antiguos adarves que son un vergel desconocido para la ciudad

Cuentan que los judíos que fueron expulsados a la periferia de la ciudad tras la Reconquista construyeron pasadizos subterráneos que interconectaban de forma clandestina sus casas entre sí y con la sinagoga, de San Bartolomé a Santa María la Blanca, así como un entramado de callejuelas laberínticas. Una ciudad oculta en la zona sefardí que aún se conserva en lugares como Las Casas de la Judería. Se trata de un barrio entero escondido, un hotel formado por casas señoriales que conservan su arquitectura original y el trazado de sus calles.

El duque de Segorbe lleva treinta años comprando estas viviendas y agregándolas al complejo, que es el mejor ejemplo del gueto construido por los judíos hasta 1492. La hija del duque, Luna Medina, recibe a ABC en la Casa del Jurado, que hace las veces de lobby del hotel. Se trata del último inmueble agregado, ubicado entre la iglesia de Santa María la Blanca y el palacio de Altamira. El duque lo compró a la familia Pujol. Se trata del edificio donde estaba el Jurado, el lugar en el que se hospedaron los primeros indios procedentes de América en el Viejo Continente. Desde allí, se inicia una ruta por el laberinto de la Judería, 27 casas conectadas por pasadizos que existían y otros de nueva construcción, con 40 patios.

Luna Medina hace de guía. Primero, el Adarve Perdido, un callejón oculto que desemboca en un patinillo. Este adarve ya existía pero nunca fue una calle oficial de la ciudad. «La iglesia de Santa María la Blanca tenía una puerta que daba a esta callejuela», que conecta con la Casa de los Zúñiga. Allí vivían los marqueses de Dos Hermanas.

Siguiendo por un pasillo laberíntico se llega a la Casa del Relojero. Aquellas viviendas que no tenían una familia asociada, llevan por nombre la profesión a la que se dedicaba su dueño cuando se hizo el primer catastro de Sevilla. Y, justo en ese lugar, vivía el relojero el barrio. Enfrente, la del Tallista. En medio, el Corral de las Flores, que hacía las veces de apeadero de los Zúñiga. Continuando por otro sinuoso pasillo, de un corral a otro: el de la Vaquería. «Mi padre cuenta que, cuando era niño, aquí había vacas, y por eso su nombre», cuenta Luna. Se trata de un corral de vecinos, donde se ha respetado la arquitectura popular. Más adelante está otra casa, propiedad de la hermandad de la Caridad y alquilada por el hotel. En este laberinto, desde la Casa de los Zúñiga, junto al callejón Dos Hermanas, casi sin darse cuenta uno está en el lado opuesto: la calle Archeros. La casa en cuestión tiene una puerta de hierro que da a la calle, dando imagen de que es independiente. Pero es sólo para el uso del personal del hotel.

Junto a ella, una placita: el Pozo del Adarve y, al lado, la Casa de la Dama, un edificio de pisos cuyo patio estaba tapiado. Al abrirlo, según cuenta la hija del duque de Segorbe, aparecieron unas columnas debajo que se han conservado. Ahora, la Casa de los Padilla, la más antigua de todas, que conserva la cota de Sevilla en la época. Sus pilares son columnas de mármol de carrara, en cuyos capitales aparecen los escudos de armas de la familia. La vivienda da a un patio, que es un vergel, con una preciosa fuente de piedras multicolor, que se puede observar desde la calle Verde. De ahí, a la Casa de los Veinticuatro, perteneciente a un caballero de la orden. El duque incorporó al patrio de este edificio una fuente que perteneció a otra casa ya derruida de la zona. Vecino de los Veinticuatro era Mose Bahari, un rabino de la sinagoga, que la poseyó.

Y llegamos al túnel. Bajo la calle Verde, paralela a Santa María la Blanca y formando una manzana con Dos Hermanas y Archeros, hay un pasadizo secreto, inapreciable desde el exterior. El túnel es la arteria principal de este barrio convertido en hotel. Sus constructores aprovecharon que bajo estas casas señoriales había unas fresqueras de ventilación. En este callejón subterráneo descubrieron restos de la muralla romana que colindaba con la Puerta de la Carne. En el túnel, donde ahora hay un spa, hay dibujado un plano del laberinto de Las Casas de la Judería, y decoración romana.

Cuentan que cuando hicieron las obras en Santa María la Blanca se descubrió un túnel subterráneo que conectaba, al menos con Mateos Gago, aunque podía ir incluso más allá. Precisamente, cuando el año pasado se realizó la investigación arqueológica en la parroquia del Sagrario, descubrieron dos túneles ocultos bajo el Patio de los Naranjos de la Catedral, que hacían las veces de aljibes en la época islámica.

Una ciudad subterránea

Muy cerca, el Archivo de Indias está conectado con la Casa de la Cilla mediante un túnel subterráneo que pasa por debajo de la calle Santander. Allende la antigua muralla, cuando el duque de Montpensier habitaba el palacio, hoy conocido como de San Telmo, mandó construir un túnel que conectaba con el muelle de Nueva York, donde siempre había preparado en el embarcadero un navío en caso de huída.

Otro pasadizo subterráneo que existen en Sevilla es el que el historiador José María de Mena, recientemente fallecido, comprobó que seguía en pie. Una leyenda dice que a mediados del XIX, una esclava que servía a una familia en la calle Abades escapó por unas galerías y, al perseguirla, los murciélagos apagaron las antorchas y retrocedieron sobre sus pasos. Nunca más se supo de la esclava.

Entre otros pasadizos subterráneos es conocido el Callejón de las Brujas, en Argote de Molina, donde está el restaurante Don Raimundo. Aquel espacio formaba parte de unas antiguas calderas romanas, que quedaron en desuso con la llegada de los visigodos. También, aunque no confirmado, la creencia popular habla de dos túneles que conectaban las dos orillas del río: uno desde los Humeros y otro desde el Hospital de las Cinco Llagas al Monasterio de la Cartuja.

Noticia original de ABC Sevilla

Foto: Vanessa Gómez