24 febrero, 2014

Los nuevos Monuments Men

monumetn001.jpg
-No tienen el glamour de las estrellas de cine, pero su coraje salva joyas del patrimonio cultural. Son simples soldados con historias de película

A Matthew Bogdanos le gusta citar al general británico de finales del siglo XIX sir William Butler: «La nación que insista en demarcar con línea gruesa al hombre que lucha y al hombre que piensa se encontrará con que su lucha la harán idiotas y que su pensamiento lo harán cobardes». Bogdanos es un coronel en la reserva del cuerpo de Marines de Estados Unidos. En la Guerra de Irak, cuando estaba al frente de un grupo de fuerzas especiales antiterroristas, decidió por su cuenta proteger el Museo Nacional de Irak y perseguir a sus saqueadores.

Bogdanos es el mejor ejemplo de los Monuments Men de hoy en día, militares que han arriesgado el pellejo para preservar bienes culturales. Si en la película de Hollywood, basada en una historia real, se trata de académicos o comisarios de arte metidos a soldados, ahora suele ocurrir a la inversa: son militares con un interés por el patrimonio cultural que cultivan en su formación o en pleno combate.

«Soy un griego-americano de primera generación. Crecí en Nueva York. En mi entorno, el gusto por las civilizaciones antiguas y la arqueología era habitual», explica Bogdanos a ABC desde su despacho en la fiscalía de Nueva York, donde ahora trabaja. Enrolado en los marines desde 1977, estudió Clásicas en la Universidad de Columbia, pero su formación humanística era más un interés personal que algo relacionado con su carrera militar. En 1988, dejó el cuerpo de marines para empezar su carrera como fiscal en la Gran Manzana. En ese puesto se ganó el sobrenombre de «pit bull», por su tenacidad en la persecución del delito.
Tras los ataques del 11-S, los marines le volvieron a reclutar para la lucha global contra el terrorismo. «Mi participación en la preservación del patrimonio cultural fue accidental, cosa del destino. En Irak me destinaron a Basora, a liderar un grupo de fuerzas especiales antiterroristas. A las 36 horas de llegar, me enteré de lo que estaba pasando con el saqueo del Museo Nacional de Irak, en Bagdad. Y decidí actuar», recuerda Bogdanos.

«La filosofía del Cuerpo de Marines es “mejor rogar perdón que pedir permiso”, explica Bogdanos, que se saltó el procedimiento administrativo para este tipo de casos. Se fue corriendo a Bagdad, organizó un equipo de catorce hombres, protegió el museo y se embarcó en una implacable búsqueda de los objetos robados. Utilizó todos los medios a su disposición -anuncios en radio, megáfonos, octavillas- para llamar a la población a devolver piezas, y también algunos que no le pertenecían: «Declaré una amnistía para aquellos que restituyeran piezas, algo para lo que no estaba autorizado», reconoce. En dos meses, recuperaron 2.000 piezas. Y, en los siguientes cinco años, un total de 6.000, entre otras las célebres vasija de Warka y máscara de Warka, también conocida como la «Mona Lisa sumeria».

Falta de apoyo de la Unesco

De su experiencia, el peor recuerdo es la escasa colaboración de la comunidad arqueológica internacional. «Con algunas excepciones, negaron su ayuda por motivos políticos. Me decían “Estoy en contra de esta guerra”. La Unesco negó cualquier tipo de apoyo», asegura Bogdanos, aunque reconoce que esta actitud ha cambiado en los últimos años.

El saqueo del Museo Nacional de Irak y otras catástrofes, como la destrucción de los Budas de Bamiyan por parte de los talibanes en Afganistán, tuvieron un fuerte impacto mediático. Desde entonces, cada vez hay más militares que hacen esfuerzos por preservar el patrimonio cultural. No siempre tienen el heroísmo romántico que Hollywood atribuye a los personajes de George Clooney, Matt Damon o John Goodman en «Monuments Men», pero su importancia es la misma.

Un ejemplo es el capitán Jesse Ballenger, destinado cerca de Hatra (Irak) con la 153ª Brigada de Artillería del ejército de EE.UU. en 2006. Con la colaboración de oficiales iraquíes, consiguió convencer a los mandos para proteger la fortaleza helena que fue invadida por el imperio sasánida en el año 247. Con la mente puesta en los ingresos futuros que el turismo arqueológico podría suponer para la zona, Ballenger diseñó una valla tanto para las ruinas como para las zonas aún no excavadas.
Otro capitán, Cole Calloway, se preocupó por preservar joyas arqueológicas como la ciudad acadia de Nuzi (siglo XV AC), los tesoros del museo de Kirkuk y el zigurat de Aqar Quf. La recuperación de este último como dinamizador turístico fue responsabilidad del capitán Benjamin Roberts, jefe de pelotón de Ingenieros y máster en Preservación Histórica por la Universidad de Georgia.

En Afganistán, el lugarteniente coronel Daniel Brewer fue clave en recabar apoyos logísticos y financieros en 2010 para salvaguardar el complejo de templos budistas de Mes Aynak.

Formación cultural

Al esfuerzo personal de algunos militares se ha unido la presión desde grupos civiles para que la preservación del patrimonio cultural tenga mayor recepción en las fuerzas armadas. Uno de ellos es el Combatant Command Cultural Heritage Action Group (CCHAG), que persigue formar y concienciar a los mandos y tropas en asuntos culturales. Fundado por los arqueólogos Laurie Rush y James Ziedler, el CCHAG ha concebido un programa tan simple como brillante: ha distribuido 40.000 barajas de cartas (uno de los pasatiempos favoritos de los militares en servicios) entre las tropas destacadas en Afganistán e Irak.

Cada naipe incluye información sobre tesoros culturales. «Espero que la película “Monuments Men” traiga más concienciación sobre este tema, aunque es triste que necesitemos a Hollywood. La clave es que haya más formación sobre patrimonio cultural en las academias militares», asegura Zeidler desde su despacho en la Universidad de Colorado.

Bogdanos coincide en la necesidad de inculcar conocimiento a las tropas: «Un soldado puede ver tres rocas apiladas, y podrían ser los últimos restos de la muralla de Ur. Antes de proteger los bienes culturales, hay que ser capaz de reconocerlos».

Todos están de acuerdo en que la gran emergencia hoy está en Siria, donde todos sus bienes culturales reconocidos por la Unesco están en zonas de conflicto y donde el saqueo de antigüedades ha sido devastador. Hasta allí no ha llegado todavía ningún Monument Man.

por JAVIER ANSORENA, ABC