17 febrero, 2014

Los monasterios toman la palabra

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Venga hombre confiéselo. Le doy mi palabra de que a mí también se me ha pasado por la cabeza. Retirarse a un monasterio, experimentar la soledad y el recogimiento, disfrutar del silencio, consagrar el día a la lectura, al paseo o a la meditación. Caminar sin prisa entre una geografía de piedras milenarias, deleitarse con el paisaje, el arte o la estética de su arquitectura. Hablar a la nada. Vivir unos días sin alharacas y con cierta austeridad. Recoger los frutos de la huerta, hornear el pan, levantarse al alba, acostarse sin el telediario y no mirar nunca la hora. Abrir un paréntesis. Desconectar del mundo. Reparar el cuerpo arreglando el alma. Parar. Parar aunque solo sea para arrancar con más fuerza.

Con o sin vocación y más allá de las creencias de cada cual, quien más, quien menos ha pensado en entregarse unos días al insustituible placer de vivir como un monje… sin los sacrificios que comporta la ‘profesión’ (ni ayunos, ni celdas sin calefacción, ni colchones como piedras, ni sábados sin vino… ¿o quizá sí?), pero con ese inquebrantable sosiego que parece regir en todos los cenobios españoles.

Pues bien. Ahora puede hacer ese viaje silencioso a través de las 800 páginas de ‘Monasterios’ (La Esfera de los Libros), donde Miguel Sobrino (profesor de Cantería, escultor, dibujante y escritor) conduce al lector por la biografía de las abadías que se extienden a lo largo y ancho de nuestro país, con sus órdenes cluniacenses, cistercienses, cartujanas, jerónimas, jesuíticas…

El libro, el último de Sobrino, autor también del exitoso ‘Catedrales’, es mucho más que una estupenda guía para visitar los claustros patrios, esos muros que empezaron acogiendo a ermitaños hace más de mil años y que luego se convirtieron en semilla de civilización. ‘Monasterios’ abunda en detalles históricos y artísticos, y en un sinfín de curiosidades, sí. Pero va mucho más allá e indaga en la influencia de los conjuntos monásticos y su actividad interior en el entorno: los monjes que copiaban los libros en el scriptorium contribuyeron a divulgar el saber; los que labraban la huerta o aprovechaban los ríos para abastecerse acabaron mejorando los sistemas de explotación agrícola; al distribuir las celdas alrededor del claustro introdujeron de alguna forma el racionalismo en la arquitectura… O sea, aquellos anacoretas que quisieron perderse del mundo, ayudaron a civilizarlo.

De El Escorial a El Palancar

A lo largo de sus páginas, ilustradas con 500 dibujos del propio autor, aparecen decenas de conjuntos monásticos, desde los más colosales, como el de San Lorenzo del Escorial, de apabullante monumentalidad, a la grandiosa sencillez del Palancar, en Cáceres, considerado el más humilde del mundo. Siguiendo el hilo conductor ofrecido por los monasterios, Sobrino hace una inmersión en nuestros campos y ciudades y deja que sean los propios edificios, su historia y su entorno, los que sugieran asuntos que seguro van a interesar al lector.

“No trataba de redactar una guía de monasterios, ni de hacer una descripción pormenorizada de las obras de arte que guardan, sino de sugerir la importancia de este patrimonio resaltando su papel en la definición del territorio”, explica Sobrino, interesado en que tanto el lector sedentario como el viajero acabe apreciando que los monasterios ofrecen uno de los mejores ejemplos de amistad “entre las obras del hombre y el paisaje”.

El libro comienza con los inicios del monacato, en la alta Edad Media (entre el siglo VII y el X) y concluye repasando el destino último de estas construcciones, muchas convertidas hoy en museos, hoteles, facultades universitarias, parlamentos autonómicos, auditorios, hospitales… lo que ha permitido garantizar su mantenimiento y la conservación de su valioso patrimonio.

Sin prisa

Como no hay cosa más contradictoria que visitar con prisa un monasterio, tampoco este libro es para ser leído de un tirón, sino para saborearlo sorbo a sorbo, capítulo, capítulo. Ora conociendo los secretos de ese monasterio nacido en el vientre de una roca, como San Juan de la Peña (Huesca); ora descubriendo esas historias para no dormir que albergan conventos como el de Santo Tomás de Ávila, tan ligado al temible Tomás de Torquemada. Hasta su muerte en 1498, el fanático azote de herejes vivió entre los muros de Santo Tomás. Allí fue enterrado bajo una sencilla lápida en la sacristía. Pero la historia le tenía reservado un guiño cruel para ponerlo en su sitio. Descontentos con la modestia de su tumba, los ‘torquemadistas’ reclamaron mayor boato para el inquisidor, por lo que se levantó un colosal monumento funerario en su honor que, exactamente dos siglos después de su muerte, quedó reducido a cenizas, con los huesos de Torquemada dentro. Un final que encaja como anillo al dedo en la vida del fraile que a tantos hombres y mujeres mandó a la hoguera.

En su exhaustivo recorrido por los prioratos españoles también se deslizan críticas por el estado decadente en que se encuentran un buen número de ellos, especialmente los que jalonan el Camino de Santiago. “Las ruinas de muchos monasterios siguen adornando el paisaje español y si no han adquirido el papel simbólico que ostentan los castillos es por estar situados en lugares menos visibles, retirados del mundanal ruido”, se lamenta el escritor.

Con su madre

Miguel Sobrino, que ha visitado (y dibujado) todos los monasterios que aparecen en el libro, es un enamorado de su arquitectura, con la que está familiarizado desde pequeño pues sus padres, otros dos entusiastas de las piedras, le llevaban de niño a ver ciudades históricas. “Los primeros monasterios que visité estaban en Asturias, donde pasábamos las vacaciones; pero al ser de Madrid recuerdo la masa imponente de El Escorial y la propia presencia, nunca demasiado llamativa, de los conventos en mis primeros paseos en solitario por el Madrid antiguo”. De hecho, el libro está dedicado a Pepa, su madre “gran lectora y entusiasta compañera de vieja”, que falleció el mes pasado. “Mi madre me llevó por primera vez, cuando yo era adolescente, al que resultó un lugar clave para cimentar mi afición a las ciudades antiguas: Toledo. Mis recorridos con ella por Andalucía, Extremadura o El Bierzo quedarán siempre impresos en mi memoria”.

Sobrino confiesa que es de los que ha disfrutado voluntariamente de días de ‘clausura’ monacal, descansando en las hospederías que ofrecen numerosos monasterios. “Uno sale renovado de esos días de retiro, no necesariamente espiritual. Eso sí: nada de llevar ordenadores, ni móviles, ni tabletas. Si acaso, libros y algún cuaderno para escribir o dibujar. La función hospedera está en el mismo origen de los monasterios: ya San Jerónimo lo defendía como una de las misiones esenciales del monje”, subraya. Otro ejemplo más, por cierto, de la incidencia de estos edificios en el entorno. Ahora solo queda abrir ‘Monasterios’ por cualquier capítulo, dejar que sus piedras perpetuas tomen la palabra y, quizá, sentirse en la gloria. Amén.

Por José Antonio Guerrero en ABC.