20 junio, 2014

Los caminos de Chillida

peine-chillida

Cuando el escultor Eduardo Chillida (San Sebastián 1924-2002) finalizó Elogio del horizonte IV, una de las obras más significativas del artista y que corona el cerro de Santa Catalina de Gijón, alguien del Ayuntamiento asturiano le propuso trazar una serie de caminos que condujeran a la escultura. Chillida se negó. Quería que cada cual se aproximara a su obra de forma instintiva, sin un camino que les guiara, recuerda su hijo Ignacio Chillida. Y sobre los pasos que dio el escultor, sobre los senderos que transitó y que se suceden en su obra, unas líneas “siempre nunca diferente, pero nunca siempre igual”, la sala Kubo de San Sebastián inaugura esta tarde la muestra Chillida. Bideak / Caminos, el regreso del escultor a su ciudad, tras la gran antológica que le brindó en 1992.

“Te vas acercando, la vas viendo, analizando, pero al final, lo que se impone es que tú la notas estando dentro de ella, por su escala, por lo que sea, no lo sé. Algo pasa ahí que es lo que yo he buscado. Incluso cuando se quiso urbanizar aquello y empezaron a hacer unos caminos, pedí que lo dejaran tal y como estaba, con la flora que había, que permitieran que la gente se arrimase por leyes según las cuales se construyeron siempre los caminos”, dejó dicho el propio Chillida sobre una obra que, como subraya su hijo y comisario de la exposición, fue con la que más cerca estuvo de asir aquello que persiguió a lo largo de toda su trayectoria.

La exposición, compuesta por 130 obras entre esculturas, esbozos, pequeñas reproducciones y fotografías, y hasta el 28 de septiembre, se divide en tres zonas. La primera, en la que se descubre a la persona tras el escultor, muestra el compromiso de Chillida con aquello que le rodea. El escultor diseñó el logotipo de la Universidad del País Vasco y de las primeras organizaciones pro Amnistía en 1977 y el posterior distanciamiento cuando la violencia terrorista no cesó con la llegada de la democracia. Una carta al entonces rey Juan Carlos, en 1977, en la que pedía la excarcelación para “los presos políticos vascos”, otra misiva, en 1996, esta vez dirigida a ETA para que pusiera en libertad al edil del PP Miguel Ángel Blanco.

Caminos, como han subrayado los organizadores de la muestra, que a veces “siguen una misma dirección, otras veces se desvían para regresar a un mismo punto de partida, luego toman uno nuevo y derivan probando una nueva orientación”. Y entre la producción artística de Chillida no hay obras que mejor representen el compromiso del artista como las ideadas para espacios públicos. Como la de Gijón, como Casa de nuestro padre, en Gernika, como Jaula de la libertad, en Trier (Alemania), y así hasta 45. Obras, precisa el comisario de la muestra, de y para todos, no para un coleccionista, para estar encerradas, y que protagonizan el primer espacio de la muestra con fotografías y los esbozos que precedieron a las esculturas.

La exposición continúa en la sala principal con obras como Peine del viento XVII que su mujer, Pilar Belzunce, le pidió que le hiciera y no cejó hasta que lo consiguió, recuerda su hijo. “Le limpiaba el despacho para ponerle a la vista los esbozos que le condujeran a terminar la obra”. Una pieza que con uno de sus brazos dibuja lo que pudiera ser una trompa de un elefante, de seis toneladas, y que ha supuesto un pequeño quebradero de cabeza para los organizadores de la exposición, ya que se tuvo que analizar la estructura del Kursaal para determinar si podía soportar el peso. Este segundo espacio traza el camino de Chillida a través de los materiales que caracterizan sus obras y del diálogo de estas con la arquitectura.

Junto al Peine que se le antojó a su mujer, descansan dos de las primeras esculturas del artista, una en bronce, Ikaraundi (1957), un material extraño en la trayectoria de Chillida, y fruto del encargo de un galerista. “Cuando mi padre vio las obras, varias reproducciones, todas seguidas, le pareció una zapatería, y aunque se estuviese jugando su futuro, le dijo al galerista, que nunca volvería a trabajar de esa forma”, explica su hijo. De la relación de Chillida y los materiales que empleó, una muestra es Escuchando a la piedra IV, una mole de granito procedente de la India, cortado con técnicas artesanales y sobre el que el escultor hizo unas incisiones en su tercio superior, las justas para conservar la esencia del material.

Por último, por tratarse de San Sebastián, y por ser el camino por el que Chillida más tiempo transitó, la muestra dedica una sala al Peine del Viento que el escultor ideó para su ciudad. Una serie de dibujos muestra las diversas formas que el escultor forjó en su cabeza, el devenir de una escultura que primero fue pensada para anclarse sobre el suelo y, posteriormente, sobre tres rocas. Chillida trabajó a lo largo de toda su trayectoria en diversos Peines y, en concreto, el que decidió reglar a San Sebastián tardó 11 años en crearlo.

Y todo Chillida, como destaca su hijo, conduce a Chillida Leku, el sueño del artista, el caserío de Hernani donde su obra dialoga con la naturaleza, pero cerrado desde 2011 a consecuencia de la crisis. “Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar”, versos del poeta Antonio Machado interpretados por Serrat que el escultor junto a sus hijos “cantaba en casa, todos juntos, cuando viajábamos, en coche o en autobús, cuando éramos niños y de no tan niños”.

Por Inés P. Chávarri en El Pais.